miércoles, 31 de julio de 2019

La casa del pasado. Algernon Blackwood (1869-1951)

Cierta noche, una Visión llegó hasta mí, trayendo con ella una antigua y oxidada llave. Me llevó a través de campos y senderos de dulce aroma, donde los setos ya susurraban en la oscuridad primaveral, hasta que llegamos a una inmensa y sombría casa, de ventanas conspicuas y tejado elevado, medio escondido en las sombras de la madrugada. Noté que las persianas eran de un pesado negro y que la casa parecía revestida por una paz absoluta.

—Ésta —me susurró ella—, es la Casa del Pasado. Ven conmigo y recorreremos sus habitaciones y pasillos; pero date prisa, pues no tendré la llave por mucho tiempo y la noche ya casi se acaba. Aún así, por ventura, ¡debes recordar!

La llave produjo un tétrico sonido cuando giró en la cerradura, y cuando la puerta se abrió sobre un vestíbulo vacío, escuché extraños murmullos y llantos, y el roce de telas, como de gente moviéndose en sueños, a punto de despertar. Entonces, un espíritu de gran tristeza vino a mí, empapando mi alma; mis ojos comenzaron a arder y en mi corazón advertí una extraña sensación, como si algo que había dormido durante años se despertara. Todo mi ser, incapaz de resistir, se rindió inmediatamente al espíritu de la melancolía más profunda, y el dolor de mi corazón, mientras las Cosas se movían y despertaban, por un momento se hizo demasiado fuerte para expresarlo en palabras...

Mientras avanzábamos, las débiles voces y sollozos escaparon delante nuestro hacia el interior de la Casa, supe que el aire estaba lleno de manos suspendidas, de vestimentas oscilantes, de trenzas colgantes, y de ojos tan tristes y nostálgicos, que las lágrimas —que ya casi desbordaban de los míos—, se retenían por milagro ante la contemplación de tan intolerable anhelo.

—No permitas que esta tristeza te aplaste —susurró la Visión a mi lado—. No despiertan frecuentemente. Duermen por años y años y años. Los cuartos están todos ocupados y a no ser que lleguen visitantes como nosotros a perturbarlos, jamás despertarían por propia voluntad. Pero cuando uno se agita, el sueño de los otros también se ve perturbado, y también despiertan, hasta que el movimiento es comunicado de una habitación a otra y así finalmente, a través de toda la Casa... Pero, a veces, la tristeza es demasiado grande como para soportarla, y la mente se debilita. Por esta razón, la Memoria les entrega el sueño más dulce y profundo que posee y cuida de usar poco esta pequeña y herrumbrosa llave. Pero, escucha ahora —agregó ella, tomándome la mano—, ¿no oyes, acaso, el temblor del aire a través de toda la Casa, que se asemeja al murmullo de agua cayendo? ¿Y quizá ahora tú... recuerdas?

Aún antes de que ella hablara, yo ya había captado débilmente el inicio de un nuevo sonido; y ahora, en lo profundo de los sótanos bajo nuestros pies, y también desde las regiones superiores de la gran Casa, me llegaba el murmullo y el crujido y el movimiento ligero y contenido de las Sombras durmientes. Se elevaba como una cuerda tañida suavemente de entre las inmensas e invisibles cuerdas pulsadas en algún lugar de las bases de la Casa, y su vibración corría suavemente por sus paredes y techos. Y supe que había escuchado el lento despertar de los Espíritus del Pasado.

¡Ay de mí!, con qué terrible invasión de amargura me sostenía allí, con los ojos inundados, escuchando las tenues voces muertas mucho tiempo atrás... Porque de hecho, toda la Casa estaba despertando; y en ese momento llegó hasta mi nariz el sutil y penetrante perfume del tiempo: de cartas, con la tinta borrosa y las cintas desteñidas; de olorosas trenzas, doradas y castañas, guardadas, ¡oh, tan tiernamente!, entre las flores prensadas que aún conservaban la profunda delicadeza de su olvidada fragancia; la aromática presencia de memorias perdidas, el intoxicante incienso del pasado. Mis ojos se inundaron, mi corazón se contrajo y expandió, mientras me rendía sin reserva a esas antiguas influencias de sonidos y aromas. Estos Espíritus del Pasado —olvidados en el tumulto de memorias más recientes— se apretaban alrededor mío, tomaron mis manos y, siempre susurrando lo que yo hace tiempo había olvidado, siempre suspirando, exhalando de sus cabellos y vestiduras los aromas inefables de las épocas muertas, me guiaron a través de la inmensa Casa, de cuarto en cuarto, de piso en piso.

Pero no todos los espíritus me eran igualmente claros. De hecho, algunos tenían sólo la más débil vida, y me agitaban tan poco que sólo dejaban una impresión indistinta y borrosa en el aire; mientras que otros me observaban casi con reproche con sus apagados y desteñidos ojos, como anhelando retornar a mis recuerdos; y entonces, al ver que no eran reconocidos regresaban flotando suavemente hacia las sombras de sus habitaciones, para volver a dormir imperturbados hasta el día final, cuando no fallaré en reconocerlos.

—Muchos de ellos han dormido por tanto tiempo —dijo la Visión a mi lado— que despiertan sólo a difícilmente. Sin embargo, una vez despiertos te reconocen y recuerdan, aunque tú no logres hacerlo. Pues es la regla de la Casa del Pasado que, mientras tú no los evoques claramente, no recuerdes precisamente cuándo los conociste y con qué causas particulares de tu evolución pasada están asociados, no podrán mantenerse despiertos. A menos que los recuerdes cuando sus ojos se encuentren, a menos que su mirada de reconocimiento les sea devuelta por la tuya, están obligados a regresar a su sueño, silenciosa y desconsoladamente —sus manos sin estrechar, sus voces sin ser oídas—, para soñar un sueño inmortal y paciente, hasta que...

En ese instante, sus palabras se extinguieron repentinamente en la distancia y tomé conciencia de un abrumador sentimiento de deleite y alegría. Algo me había tocado los labios, y un fuego poderoso y dulce se precipitó hacia mi corazón y envió la sangre tumultuosamente por mis venas. Mi pulso latía locamente, mi piel resplandecía, mis ojos se enternecieron, y la terrible tristeza del lugar fue instantáneamente disipada, como por arte de magia. Volviéndome con una exclamación de júbilo, que de inmediato fue tragada por el coro de sollozos y suspiros que me rodeaban, observé... e instintivamente adelanté mis brazos en un rapto de felicidad hacia... hacia la visión de un Rostro... cabello, labios, ojos; una tela dorada rodeaba el hermoso cuello, y el antiguo, antiguo perfume del Este —¡por las estrellas, cuánto hace de ello!— estaba en su aliento.

Sus labios nuevamente estaban en los míos; su cabello sobre mis ojos; sus brazos alrededor de mi cuello, y el amor de su antigua alma vertiéndose en la mía a través de unos ojos todavía fulgurantes y claros. Oh, el feroz tumulto, la maravilla inenarrable, ¡si sólo pudiese recordar!... Aquel aroma, sutil y disipador de brumas, de muchas eras atrás, una vez tan familiar... antes de que las Colinas de la Atlántida estuvieran sobre el mar azul, o que las arenas comenzaran a formar el lecho de la esfinge. Pero, un momento; ya regresa; comienzo a recordar...

Cortina tras cortina se levantan de mi alma, y casi puedo ver más allá. Pero el espantoso elástico de los años, horrible y siniestro, milenio tras milenio... Mi corazón se estremece, y tengo miedo. Otra cortina se eleva y otra perspectiva, que va más allá que las otras, se hace visible, interminable, corriendo hacia un punto rodeado de gruesas brumas. ¡Y he aquí, que ellas también se mueven!, elevándose, iluminándose. Finalmente veré... ya comienzo a recordar… la piel morena... la gracia Oriental, los maravillosos ojos que contenían el conocimiento de Buda y la sabiduría de Cristo, aún antes que aquéllos hubieran soñado con alcanzarla. Como un sueño dentro de un sueño, me cautiva nuevamente, tomando una apremiante posesión de todo mi ser... la forma esbelta... las estrellas en aquel mágico cielo Oriental... los susurrantes vientos entre las palmeras... el murmullo del río y la música de los setos al inclinarse y suspirar en la dorada superficie de arena.

Se difumina un poco y comienza a pasar; luego parece surgir nuevamente. ¡Ay de mi!, aquella sonrisa de dientes resplandecientes... aquellos párpados de venas de encaje. Oh, quién me ayudará a recordar, pues se encuentra demasiado lejos, demasiado oscuro, y yo no puedo recordarlo completamente; aunque mis labios aún se estremecen, y mis brazos se encuentran aún extendidos, nuevamente comienza a desvanecerse. Ya hay una mirada de tristeza, demasiado profunda para expresar con palabras, al darse cuenta de que no es reconocida.... ella, cuya mera presencia pudo una vez extinguir para mí el universo entero... y ella se devuelve, lentamente, tristemente, silenciosamente a su oscuro e inmenso sueño, para soñar y soñar con el día en que la recordaré y que vendrá a donde pertenece...

Me observa desde el final de la habitación, donde las Sombras comienzan a cubrirla y a ganarla de vuelta con sus brazos estirados hacia su sueño de siglos en la Casa del Pasado.

Estremeciéndome, con el extraño perfume aún en mi nariz y el fuego en mi corazón, giré y seguí a mi Sueño por una amplia escalera, hacia otra parte de la Casa. Al entrar en los corredores superiores oí al viento crujir cantando sobre el tejado. Su música tomó posesión de mí hasta que sentí como si todo mi cuerpo fuera un solo corazón, doliente, tenso, palpitante, como si fuera a quebrarse; y todo porque escuché al viento cantar alrededor de la Casa del Pasado.

—Recuerda —murmuró la Visión, respondiendo a mi inexpresada pregunta— que estás escuchando la canción que ha cantado por incontables siglos y para miríadas de incontables oídos. Se remonta asombrosamente lejos; y en ese simple salmo, profundo en su terrible monotonía, se encuentran las asociaciones y los recuerdos de las alegrías, penas y luchas de toda tu existencia previa. El viento, como el mar, le habla a la memoria mas íntima —agregó— y es por eso que su voz es de tal tristeza, profundamente espiritual. Es la canción de las cosas por siempre incompletas, inconclusas, insatisfechas.

Mientras pasábamos por las abovedadas habitaciones, advertí que nadie se agitaba. Realmente no había ningún sonido, sólo una impresión general de una respiración profunda y colectiva, como el vaivén de un mar amortiguado. Mas los cuartos, lo supe inmediatamente, estaban llenos hasta las paredes, repletos, fila tras fila... Y, desde los pisos inferiores, a veces se elevaba el murmullo de las Sombras llorosas al retornar a su sueño, instalándose nuevamente en el silencio, la oscuridad y el polvo. El polvo... oh, el polvo que flotaba en esta Casa del Pasado, tan denso, tan penetrante; tan fino que llenaba los ojos y la garganta sin dolor; tan fragante, que aliviaba los sentidos y tranquilizaba el corazón; tan suave, que resecaba la boca, sin molestar; y cayendo tan silenciosamente, acumulándose, posándose sobre todo, que el aire lo sostenía como una fina bruma y las sombras durmientes lo usaban como mortajas.

—Y éstas son las más antiguas —dijo mi Sueño, apuntando hacia las filas repletas de silenciosos durmientes—. Nadie aquí ha despertado por siglos, demasiados para contarlos; y aún si despertaran no podrías reconocerlos. Ellos son, como los otros, todos tuyos, sólo que son los recuerdos de tus etapas más tempranas a lo largo del gran Camino de Evolución. Algún día, sin embargo, despertarán, y deberás reconocerlos y contestar sus preguntas, pues ellos no pueden morir hasta no agotarse a sí mismos a través de ti, quien les dio la vida.

—¡Ay de mí! —pensé, escuchando y entendiendo a medias estas palabras— cuántas madres, padres, hermanos, pueden entonces estar dormidos en este cuarto; cuántas fieles amantes, cuántos amigos de verdad, ¡cuántos antiguos enemigos! Y pensar que un día se levantarán y me confrontarán, y yo deberé encontrarme con sus ojos nuevamente, reclamarles, conocerlos, perdonarlos, y ser perdonado... los recuerdos de todo mi Pasado...

Me volteé para hablarle al Sueño a mi lado, y toda la Casa se disolvió en el brillo del cielo oriental, y escuché a los pájaros cantando y vi las nubes arriba velando las estrellas en la luz del día que se acercaba.

La casa de la esquina. E.F. Benson (1867-1940)

Hacía tiempo que Jim Purley y yo mismo conocíamos la existencia de Firham-by-Sea, aunque habíamos tenido cuidado de no hablar sobre ello, y durante años nos habíamos acostumbrado a escabullimos silenciosamente de Londres, bien solos, bien juntos, para pasar un día o dos de descanso en aquel delicioso e ignoto pueblito. No se trataba, y lo puedo decir con toda confianza, ni de proteger un instinto secreto ni de ejercer de perro del hortelano, sino más bien de preservar todo su encanto, el cual habría desaparecido si Firham llegara a ser conocido. Un Firham popular, de hecho, habría dejado de ser Firham; y mientras que nosotros hubiéramos sufrido su pérdida, nadie habría podido disfrutar de su ganancia.

Su localización remota, su aislamiento y su vacuidad eran sus cualidades más esenciales; habría sido imposible, o así lo sentíamos los dos, acudir a Firham con un grupo de amigos. La idea de ver su pequeña posada rebosante con un grupo de forasteros, o su curioso campo de golf de nueve hoyos con el pequeño cobertizo de hierro ondulado que hacía las veces de club llenándose de golfistas serios, habría bastado para hacernos desear no volver a jugar allí. Tampoco éramos, por cierto, culpables de egoísmo al conservar para nosotros mismos el secreto de la existencia de aquel recorrido de golf, ya que los hoyos eran cortos y monótonos, y la calle estaba mal cuidada.

Nuestra estancia en Firham era la única razón de que tan a menudo acudiéramos a recorrerlo, perdiendo bolas en arbustos de aulagas y terrenos pantanosos, y considerando un resultado lo suficientemente decente el no emplear más de tres putts en un solo green. Era un mal campo de golf, de hecho, y nadie con sentido común hubiera pensado acercarse a Firham para jugar mal al golf, cuando podía hacerse bien en tantos otros sitios más accesibles. De hecho, la única razón por la que he mencionado el golf es porque, de una manera distante e indirecta, está conectado con los primeros incidentes de la historia que allí se desarrolló y que, para mí al menos, destruyó la segura tranquilidad de nuestro pequeño y remoto refugio.

Llegar a Firham desde Londres, excepto si se conducen unos doscientos veinte kilómetros, es un proceso lento, y tras dos transbordos el tren acaba por dejarte nada menos que a diez kilómetros del destino final. Tras eso, una carretera repleta de cambios de rasante que termina en un gran declive te saca de las colinas de Norfolk para llegar a los extensos llanos robados al mar, protegidos de la invasión marina por diques y grandes bancos. Desde la cima de la última colina se tiene la primera impresión del pueblo: sus casas de ladrillo con tejados de teja brillando como si fueran ascuas candentes a la luz del atardecer, como si se tratase de una pequeña isla anclada en una inmensa extensión de verde, y, un par de kilómetros más allá, el azul difuso del mar.

Apenas se pueden ver un par de árboles en aquel amplio paisaje, y los que hay están atrofiados e inclinados por el imperante viento de la costa. La mayor parte de la zona está compuesta de campos sin rasgos distintivos, divididos por diques de drenaje y puntuados por escasos grupos de ganado. Un perezoso riachuelo, bordeado por cañaverales y maleza dispersa, entre la que cacarean las pollas de agua, pasa justo al lado del pueblo, antes de ser atravesado, un par de cientos de metros más adelante, por un puente y una esclusa. A partir de allí se ensancha formando un estuario, repleto de agua brillante durante la marea alta y de bancos de lodo durante la marea baja, y atravesando hileras de dunas, repletas de matas de hierba, hasta llegar al mar.

La carretera que desciende de las tierras altas del interior atraviesa estas marismas reclamadas al océano y, tras casi dos kilómetros de viaje solitario, entra en el pueblo de Firham. A derecha e izquierda se pueden ver un par de cottages apartados, encalados y con el techo de paja, cada uno de ellos con su correspondiente jardincillo en el frente y quizá una red de pescador extendida sobre el muro para secarse. Pero antes de que formen nada que pudiera llamarse calle, la carretera realiza un giro inesperado y anguloso, y en un instante se encuentra uno en una plaza que, de hecho, forma el pueblo entero. A cada lado de este espacio amplio y adoquinado hay una hilera de casas.

A un lado está la oficina de correos, la estación de la policía y una docena de pequeñas tiendas en las que se pueden comprar los más rudimentarios útiles de supervivencia: hay un panadero, un carnicero, un estanco... Al otro lado se eleva una hilera de pequeñas residencias, a medio camino entre quintas y cottages, mientras que en el extremo más alejado hay una iglesia gris y rechoncha con su vicaría, resguardándose ambas tras una valla verde y más bien deteriorada.

En el extremo más cercano está El Hogar del Pescador, el modesto hostal en el que siempre nos alojamos, flanqueado por otras dos o tres casas de ladrillo, de las cuales la más alejada, justo en el lugar en el que la carretera vuelve a abandonar la plaza, es la casa de la esquina alrededor de la cual versa esta historia.

La casa de la esquina era un objeto de ligera curiosidad para Jim y para mí, ya que mientras el resto de casas de la plaza, tanto tiendas como residencias, mostraban una apariencia ordenada y bien cuidada, con cierto aire de prosperidad aunque a escala reducida, la casa de la esquina presentaba un marcado y curioso contraste. La desdibujada pintura de la puerta estaba cuarteada y repleta de burbujas, el escalón del umbral de la entrada nunca se blanqueaba y aparecía parcialmente cubierto por una invasión de musgo, como si apenas se utilizara.

Sobre las ventanas, en el interior, se podían apreciar unas desteñidas cortinas, y una trepadora de Virginia, que se desparramaba sin ataduras sobre el descolorido frontal de la casa, caía sobre los cubiertos cristales como cae el pelo de un terrier sobre sus ojos. A veces, junto a una u otra de aquellas ventanas se sentaba un lúgubre gato gris; pero durante todo el día no se veía ningún otro signo de vida que revelase la existencia de un ocupante. Detrás de la casa había un espacioso jardín delimitado por una pequeña pared de ladrillo, y desde las ventanas superiores de El Hogar del Pescador era posible ver su interior. Había un sendero de grava que lo recorría, semioculto bajo la maleza, y lo que había sido un lecho de flores justo bajo la valla se había convertido en una jungla de malas hierbas entre las que asomaban en verano dos o tres rosales que daban alguna que otra magra flor. En un extremo había un depósito de agua, y en el medio un taburete de hierro completamente oxidado, pero nunca, ni por la mañana ni al mediodía ni por la tarde, vi allí figura humana alguna; parecía completamente abandonado y no visitado.

Con la llegada del ocaso las raídas cortinas eran echadas sobre las ventanas que se asomaban a la plaza, y entonces, a través de algún resquicio se podía apreciar que en una de las habitaciones había luz. La casa, era evidente, había sido en su momento una pequeña pero muy digna residencia; estaba construida con ladrillos rojos y pertenecía al primer período del georgiano, cuadrada y cómoda y con su pequeña parcela cerrada en la parte trasera; uno se preguntaba, como ya he dicho, con ligera curiosidad, qué plaga podía haber caído sobre ella, qué clase de persona podía moverse silenciosa e invisible tras aquellas cortinas deslucidas durante el día y permanecer sentada en aquella habitación cuando había caído la noche.

No era sólo para nosotros, sino también para los oriundos de Firham, que los habitantes de la casa de la esquina residían tras un velo de misterio. El dueño de nuestra posada, por ejemplo, respondiendo a preguntas casuales, podía contarnos muy poco de su vida en la actualidad, pero lo que sabía de ellos indicaba que algo bastante macabro acechaba tras aquellas cortinas. La que allí vivía era una pareja casada, y él podía recordar la llegada del señor y la señora Labson unos diez años antes.

—Ella era una mujer grande y atractiva —dijo—, rondando los treinta. Él era bastante más joven; en aquel entonces apenas parecía recién entrado en la veintena: un joven delgaducho, media cabeza más bajo que su esposa. Me atrevería a decir que ustedes le han visto en el campo de golf, dándole a la pelota completamente solo, ya que va allí cada tarde.

Yo me había fijado más de una vez en un hombre que jugaba solo, y que llevaba un par de palos. Si estaba en un green y nos veía acercarse, siempre se marchaba apresuradamente o se retiraba a cierta distancia, dándonos la espalda y esperando a que pasáramos. Pero ninguno de los dos le habíamos prestado especial atención.

—¿Ella no va con él? —pregunté.

—Ella nunca abandona la casa, al menos por lo que yo sé —respondió el posadero—, aunque es bien cierto que no siempre ha sido así. Al principio, cuando llegaron, siempre estaban juntos, jugando al golf, paseando en barca o pescando, y por las tardes llegaba el sonido de canciones o de un piano desde esa habitación del frontal. No vivían aquí todo el año, pero venían de Londres, donde tenían una casa, para pasar dos o tres meses durante el verano, y quizá uno en Navidades y otro en Pascua. Traían consigo amigos que pasaban con ellos gran parte del tiempo, y siempre se notaba que se lo pasaban en grande jugando y bailando, con un gramófono en el que ponían canciones hasta medianoche y más tarde aún. Y entonces, repentinamente, hará unos cinco años o quizá un poco más, algo sucedió y todo cambió. Sí, aquello fue una cosa extraña, y tan repentina, ya digo, como el estallido de un trueno.

—¡Qué interesante! —dijo Jim—. ¿Qué es lo que pasó?

—Bueno, tal y como nosotros lo vemos, fue de la siguiente manera —respondió él—. El señor y la señora Labson estaban pasando aquí juntos el verano, y una mañana, mientras pasaba frente a su puerta, oí la voz de ella, regañándole y recriminándole algo, a él o a otra persona. Probablemente a él, según nos enteramos más tarde. Todo el día se lo pasó gritándole: resultaba asombroso pensar que una mujer pudiera guardar tanto aliento en su cuerpo y tanto odio en su cerebro. Al día siguiente todos los criados, los cinco o seis que tenían, mayordomo, ama de llaves, ayuda de cámara, camarera y cocinero, fueron despedidos; así que se marcharon. Al jardinero se le pagó el sueldo del mes y también se le dijo que ya no eran necesarios sus servicios, de modo que el señor y la señora Labson se quedaron solos en la casa. Pero también durante la mitad de aquel segundo día continuaron los chillidos y los gritos, por lo que resulta que debía de ser a él a quien estaba recriminando e insultando desde un principio. Se comportaba como una loca, y a él no se le oía ni una palabra. Después hubo un rato de silencio antes de que ella empezara otra vez, y día tras día la cosa siguió así, silencio y después ella gritando. A medida que fueron pasando las semanas el silencio se impuso entre ellos; de vez en cuando ella volvía a empezar, cosa que todavía hace actualmente, pero ahora pasan meses entre estallido y estallido. Meses en los que no se oye ni una mosca.

—¿Y cuál fue la causa de todo aquello? —pregunté.

—Salió en los periódicos —dijo él—, cuando el señor Labson se declaró en quiebra. Había estado especulando en la bolsa de valores, no sólo con su dinero, sino también con el de ella, y había perdido hasta el último penique. Tuvo que vender su casa de Londres, y todo lo que les quedó fue ésta de aquí, que le pertenecía a ella, y una pequeña cantidad de dinero a la que él no había tenido acceso, y que les proporciona una o dos libras semanales. Ya no tienen criados, y ahora el señor Labson sale temprano cada mañana con su cesta de la compra en el brazo y vuelve con provisiones para la cena compradas con uno o dos chelines que ella le da. Dicen que también se encarga de cocinar, y de las labores del hogar, aunque de esto último no se ocupa mucho, a juzgar por lo que se ve desde fuera, mientras ella se sienta con las manos cruzadas sobre el regazo, sin hacer nada desde la mañana hasta la noche. Sentada allí y odiándole, podríamos decir.

Era una historia extraña y siniestra, y a partir de aquel momento la casa adquirió ante mis ojos una capa más profunda de severidad que pasó a formar parte de su esencia. Su aspecto desolado y desatendido había sido ganado a pulso: las ventanas sucias y la puerta descolorida parecían una expresión adecuada del espíritu que allí habitaba; la casa era la fiel expresión de aquellos que residían en su interior, del hombre cuya inconsciencia o avaricia les había arrastrado hacia una penuria que se acercaba a la ruina, y de la mujer a la cual nunca se veía, pero que se sentaba tras las sucias cortinas odiándole y haciéndole su esclavo... porque él era su esclavo; aquellas horas en las que ella le gritaba y se enfurecía habían quebrado con toda seguridad su espíritu por completo, o de otro modo, fuese cual fuese su delito, se habría rebelado contra una existencia tan servil y sombría. Tan sólo contaba con aquellas dos horas de remisión que ella le otorgaba por las tardes para poder tomar el aire y ejercitarse para mantener la salud antes de regresar a su vida de sumisión, a la reclusión y a la hostilidad a flor de piel.

Tal y como sucede a veces cuando se comienza un tema, el conjunto de experiencias triviales y cotidianas empezó a sembrarse de alusiones y referencias al mismo, y una vez que aquel asunto de la casa de la esquina se puso en marcha, Jim y yo empezamos a ser conscientes de una manera constante de su presencia. Era exactamente igual que si a un reloj le hubieran dado cuerda y se hubiera puesto en marcha: de repente empezábamos a oír, de una manera que no habíamos percibido anteriormente, el constante tic-tac de su maquinaria, mientras las agujas se movían hacia una hora inconjeturable.

Fantasiosamente, me pregunté qué hora sería aquella hacia la que se arrastraban las silenciosas agujas. ¿Habría algún tipo de murmullo discordante que nos avisara de que la hora se acercaba, o no lo percibiríamos para vernos súbitamente alterados por un impacto reverberante? Semejante idea era, por supuesto, puro producto de mi imaginación; pero de alguna manera se había adueñado de mí, y acostumbraba a pasar frente a la casa de la esquina lanzando una mirada inquieta hacia sus sórdidas ventanas, como si fueran el dial que pudiera interpretar el progreso de su sombrío mecanismo interior.

El lector deberá entender que todo esto no se había convertido en una impresión continua. Jim y yo acudíamos a Firham sólo para visitas breves, con intervalos de semanas e incluso meses entre sí. Pero ciertamente, una vez que hubo surgido el tema, tuvimos posibilidad de observar más a menudo al señor Labson. Día tras día veíamos su huidiza figura en el campo de golf, manteniendo las distancias y retirándose a nuestro paso; pero una vez nos acercamos lo suficiente a él antes de que se apercibiera de nuestra presencia.

Era una tarde en la que había amenazado lluvia, y con el propósito de estar más cerca de un lugar cubierto en caso de que la tormenta estallara repentinamente, nos habíamos saltado dos recorridos y atravesado una extensión de terreno accidentado hasta llegar a un hoyo que nos ponía en dirección a casa. Estaba colocando su pelota en zona de tee cuando alzó la mirada y vio que estábamos detrás de él; dejó escapar un pequeño chillido de terror, recogió su pelota y se escabulló arrastrando los pies, con una mueca de terror abyecto pintada sobre su cara blanca y magra. No nos dio ni una palabra de respuesta cuando Jim le rogó que por favor nos precediera. Ni siquiera se volvió para mirarnos una sola vez.

—Pero si ese hombre está temblando de miedo —dije yo mientras desaparecía—. Apenas podía recoger la pelota.

—¡Pobre Diablo! —dijo Jim—. Desde luego algo inaudito pasa en la casa de la esquina.

Apenas había acabado de hablar cuando la lluvia empezó a caer torrencialmente, de modo que trotamos a la mayor velocidad de la que son capaces dos caballeros de mediada edad hacia el cobertizo de hierro ondulado que hacía las veces de club. Sin embargo, el señor Labson no se nos unió en busca de refugio; le vimos avanzar laboriosamente bajo el chaparrón prefiriendo empaparse antes que enfrentarse a sus semejantes.

Aquella visión cercana del señor Labson había convertido el asunto de la casa de la esquina en algo mucho más real. Tras las cortinas en las que se encendía una luz por las noches, se sentaba un hombre en cuya alma se había entronizado el terror. ¿Era el terror a su compañera, la cual se sentaba allí con él, el que reinaba tan supremo que incluso cuando se alejaba hasta el campo de golf aún le dominaba? ¿Le había arrebatado hasta el último poso de masculinidad y de valor hasta el punto de que ni siquiera era capaz de huir, sino que regresaba a aquella siniestra casa por miedo a su miedo, igual que a un conejo acechado por una comadreja le falta el coraje para escapar a toda velocidad y ponerse a salvo de sus dientes blancos y afilados? ¿O es que existían unos lazos de afecto entre él y la mujer a la que su temeridad había arrastrado hasta la penuria, de modo que como penitencia voluntaria cocinaba y se dejaba esclavizar por ella?

Y entonces pensé en la voz que le había estado gritando durante todo aquel día; era más probable que, como Jim había dicho, pasara algo inaudito en la casa de la esquina, ante la cual se acobardaba y de la cual no tenía la fuerza de voluntad para huir.

Le vislumbramos en más ocasiones, como cuando con la cesta de la compra en el brazo, por la mañana temprano, llevaba a la casa pan, leche, y unos despojos baratos del carnicero. En una ocasión le vi entrar en su casa al regresar de las compras. Debía de haber cerrado la puerta con llave antes de salir, ya que en aquel momento volvió a abrirla y, una vez dentro, oí cómo la llave volvía a girar en la cerradura. En otra ocasión, aunque sólo pude apreciar su silueta, vi a aquella con la que compartía su soledad, ya que al pasar frente a la casa de la esquina al atardecer, la lámpara acababa de ser encendida y pude vislumbrar a través de la ventana una habitación sin alfombrar, un techo ennegrecido y un gran sillón colocado frente al fuego de la chimenea.

En aquel momento la forma de una mujer se interpuso entre la luz y yo. Era muy alta, e inmensamente ancha y robusta, y sus manos, grandes como las de un hombre, agarraron las cortinas. Un momento más tarde, con un soniquete de anillas moviéndose, las había echado, encerrándose a sí misma y al hombre para pasar la larga tarde invernal y la noche que seguiría.

Esa misma tarde, recuerdo, Jim había tenido ocasión de acudir a la oficina de correos, y regresó a nuestra pequeña y cálida sala de estar con algo de horror en los ojos.

—Tú la has visto —dijo—, y yo la he oído.

—¿A quién? Oh, ¿te refieres a la casa de la esquina? —pregunté.

—Sí. Estaba pasando por delante cuando ella empezó. Te aseguro que me asusté. Apenas parecía una voz humana, o por lo menos no parecía la voz de una persona cuerda. Era más bien como un farfullar estridente y violento de una sola nota, continua, sin pausa. De locos.

El retrato mental de ambos se hizo más siniestro. Era un pensamiento espantoso el que los reunía a los dos, tras las cortinas descoloridas y en aquella habitación desnuda: aquel hombrecillo aterrorizado y aquella mujer monstruosa gritándole y vociferando. Y sin embargo, ¿qué podíamos hacer nosotros? Parecía imposible intervenir de ninguna manera. No era asunto de dos visitantes de Londres el interferir en los asuntos domésticos de dos perfectos extraños. Y, sin embargo, el desenlace probó que cualquier intervención habría estado justificada.

El día siguiente fue húmedo desde la mañana hasta la noche. Un vendaval de lluvia mezclada con aguanieve llegó rugiendo desde el noroeste, y ninguno de nosotros se asomó al exterior, sino que permanecimos cerca del fuego, escuchando al viento ulular en la chimenea y al vendaval arrojar cortinas de agua contra los postigos de las ventanas. Pero al caer la noche el viento cesó y se despejó el cielo, y cuando subí a mi cuarto para acostarme, adormecido por haber pasado todo el día encerrado, vi las sombras de las barras de la ventana completamente negras en oposición a la claridad que llegaba del exterior, y abriendo la persiana pude contemplar una luna radiante. Abajo, un poco a la izquierda, quedaba el descuidado jardín de la casa de la esquina, y allí, en mitad del sendero cubierto por la hierba, estaba la mujer cuya silueta había visto recortada contra la luz de la lámpara de su habitación.

Ahora la luna alumbraba de lleno su rostro, y me quedé momentáneamente sin resuello al contemplar aquel horroroso semblante. Era grueso y estaba hinchado más allá de lo creíble, los ojos no eran sino dos pequeños cortes sobre sus mejillas, y los contornos de la boca resultaban invisibles a su sombra. Pero ni siquiera la blancura de la luz lunar daba palidez a su cara, ya que estaba encendida con un matiz purpúreo tan intenso que casi parecía negro. Tan sólo pude observarla un instante, ya que quizá había oído el repiqueteo de mi persiana, por lo que miró hacia arriba y un minuto más tarde estaba de nuevo en el interior de la casa. Pero aquel momento fue suficiente; sentí que había visto algo infernal, algo más allá del amplio espectro de la humanidad. No era sólo la horrorosa fealdad física de aquella cara monstruosa lo que resultaba tan impactante; era la expresión en sus ojos y su boca, visible en aquel segundo en el que alzó la cara para mirar hacia mi ventana.

Había en ella un odio inhumano y una crueldad que estremecían el corazón; los contornos sin rasgos se habían rellenado con detalles más horribles de los que jamás hubiera imaginado.

Volvíamos a estar en el campo de golf a la tarde siguiente, en un día de luz líquida y aire fresco, pero alguna innombrable opresión del espíritu me mantenía aislado de la magnífica y tonificante calidez. La idea de aquel hombrecillo aterrorizado aprisionado todo el día y toda la noche, excepto por sus breves salidas, con aquella mujer que en cualquier momento podía estallar en un torrente de griterío, era como una pesadilla que me llegaba a pleno sol. Hubiera sido agradable haberle visto aquel día, y saber que estaba disfrutando de un pequeño respiro alejado de aquella terrible presencia; pero no vimos ni rastro de él, y cuando regresamos y pasamos frente a la casa de la esquina las cortinas ya estaban echadas y, como de costumbre, todo estaba en silencio.

Jim me tocó el brazo mientras pasábamos frente a las ventanas.

—Pero esta noche no hay ninguna luz —dijo.

Era cierto; las cortinas estaban agujereadas, tal y como yo sabía, en por lo menos media docena de sitios, pero ni a través de ninguno de estos agujeros ni a través de los resquicios de los extremos llegaba la más mínima luz. De alguna manera, este hecho añadió un horror que puso mis nervios en tensión.

—Bueno, no podemos llamar a la puerta y decirles que se han olvidado de encender la lámpara —dije.

Nos detuvimos un momento, e incluso mientras estábamos hablando vi llegar a través de la plaza, dirigiéndose hacia nosotros en el creciente crepúsculo, al hombre al que habíamos echado en falta en el campo de golf aquella tarde. Aunque no le había visto aproximarse, ni oído el sonido de sus pisadas sobre los adoquines, en aquel momento se encontraba a un par de metros de nosotros.

—En todo caso, aquí llega —dije.

Jim se giró.

—¿Dónde? —preguntó.

Había al menos una distancia de dos metros entre ambos, y mientras él preguntaba esto el hombre pasó entre los dos y avanzó hacia la puerta de la casa de la esquina. Y entonces, de manera instantánea, vi que Jim y yo estábamos solos. La puerta de la casa de la esquina no se había abierto, pero allí no había nadie.

Jim exclamó sobresaltado:

—¿Qué era eso? Algo me ha rozado.

—¿No has visto nada? —pregunté.

—No, pero he notado algo. No sé lo que era.

—Yo le he visto —dije.

Mis nervios alterados parecían haber infectado a Jim.

—¡Tonterías! —dijo—. ¿Cómo podrías haberle visto? ¿Adonde ha ido, si es que le has visto? No sé qué estamos haciendo aquí.

Antes de que pudiera responder oí en el interior de la casa de la esquina el sonido de unos pesados pasos arrastrándose; una llave giró en la cerradura, y la puerta se abrió. A través de ella, jadeando y resoplando, extrañamente agitada, surgió la mujer que había visto la noche anterior en el jardín. Había cerrado la puerta y vuelto a echar la llave antes de vernos. Iba sin sombrero y llevaba puestas unas enormes zapatillas cuyos tacones golpeaban el pavimento a cada paso; en su rostro se reflejaba el vacío provocado por algún terror innombrable. Su boca, una caverna en mitad de aquella montaña de carne, estaba abierta de par en par, y de ella nos llegó entonces algo a medio camino entre un jadeo y un estertor.

Después, al vernos, rápida como un lagarto, dio media vuelta, se trabó un momento con la llave que todavía llevaba en la mano, y de nuevo nos encontramos con una puerta cerrada y una calle vacía. Toda la escena transcurrió como el parpadeo de una fuerte luz vista entre las tinieblas. Había salido, empujada por un terror particular; después, había vuelto a entrar, al parecer aterrorizada por nuestra presencia.

Regresamos a la posada sin cruzar una sola palabra. En aquel preciso momento no había nada que decir; al menos por mi parte. Sabía que había algo que, por decirlo de alguna manera, estaba recubriendo mi cerebro: una superficie congelada de miedo miserable que debía de ser derretida a toda costa. Sabía lo que había visto, y sabía lo que Jim había notado: algo que no tenía una existencia tangible en el mundo material. Él había sentido lo que yo había visto, y yo había visto la forma y la apariencia corpórea del hombre que vivía en la casa de la esquina. Pero qué era lo que había visto su mujer para hacerla salir de la casa, y por qué al vernos había regresado a ella, no podía ni imaginarlo. Quizá cuando ese cierto horror físico que atenazaba mi cerebro se deshelara podría saberlo.

Poco después estábamos sentados en la pequeña y acogedora salita, con nuestro té preparado y el fuego ardiendo alegre en el hogar. Charlamos, por raro que pudiera parecer, de cualquier cosa excepto aquella, pero los silencios que se imponían entre que abandonábamos un tema y el momento en el que conseguíamos introducir otro eran cada vez mayores, hasta que por fin Jim habló.

—Ha pasado algo —dijo—. Tú has visto algo que no estaba allí y yo he sentido algo que tampoco estaba. ¿Qué es lo que hemos visto y sentido? ¿Y qué es lo que ha visto o sentido ella?

Apenas había acabado de hablar cuando tocaron en la puerta y entró el posadero. Durante el momento en el que la puerta estuvo abierta me llegó desde el bar de la posada una voz estridente y farfullante, que no había oído jamás, aunque inmediatamente supe que Jim sí lo había hecho.

—La señora Labson se ha acercado hasta el bar, caballeros —dijo—, y quiere saber si eran ustedes quienes se encontraban frente a su casa hace diez minutos. Ella cree que...

Hizo una pausa.

—Es difícil suponer qué es lo que pretende —dijo—. Su marido no ha estado en casa en todo el día, y aún no ha regresado, y ella piensa que ustedes podrían haberle visto en el campo de golf. Además ha dicho que está pensando en dejar su casa durante un mes, y se pregunta si a ustedes les interesaría alquilarla, pero va de una...

La puerta volvió a abrirse, y allí estaba ella, llenando el hueco de la puerta. Se había tocado la cabeza con un enorme sombrero de plumas, y se había cubierto los hombros con una capa de noche de un rojo brillante, raída y comida por las polillas, pero en sus pies aún permanecían las mismas zapatillas.

—Les parecerá extraño que una dama se entrometa de esta manera —dijo—, pero ¿ustedes son los caballeros a los que he visto admirando mi casa hace un momento?

Sus ojos, completamente vacuos por momentos, repentinamente agudos y escrutadores en otros, se posaron sobre la ventana. Las cortinas no estaban echadas y en el exterior la última luz diurna estaba desvaneciéndose. Arrastró las zapatillas a través de la habitación y echó la persiana, mirando antes hacia el ocaso.

—En realidad no me asombra —siguió diciendo atropelladamente—, ya que mi casa suele ser muy admirada por los turistas. Estaba pensando abandonarla durante unas semanas, aunque no estoy segura de que fuera conveniente hacerlo justo ahora, e incluso aunque así fuese, debería retirar algunos de mis tesoros a un pequeño ático que hay en la parte superior de la casa y cerrarlo bien. Joyas de la familia, ya pueden imaginarse. Pero todo eso es circunstancial. He venido aquí, cometiendo una extraña intromisión, lo sé, para preguntarles si alguno de ustedes había visto a mi marido, el señor Labson (yo soy la señora Labson, tal y como debería haberles dicho)... si le habían visto esta tarde en el campo de golf. Acudió allí a eso de las dos de la tarde y aún no ha regresado. Es algo de lo más extraño, ya que normalmente tiene el té preparado a las cuatro y media.

Hizo una pausa y pareció escuchar con atención; después volvió a acercarse a la ventana y volvió a retirar la persiana.

—Pensé que había oído pasos en mi jardín, aquí al lado —dijo—, y me preguntaba si sería el señor Labson. Es un jardincito tan agradable... un tanto descuidado, quizá. Creo que vi a uno de ustedes, caballeros, apreciándolo anoche, mientras yo tomaba el fresco. Quizá, si no les apeteciese hacerse cargo de toda la casa, les gustaría alquilar un par de habitaciones. Podría proporcionarles una estancia de lo más agradable, el señor Labson siempre ha dicho que soy una magnífica cocinera y anfltriona, y en todos estos años nunca he recibido una palabra de queja por su parte.

Aun así, si se le ha metido en la cabeza marcharse repentinamente de esta manera, me encantaría tener un huésped en la casa, ya que no estoy acostumbrada a estar sola. Estar sola en una casa es algo que nunca he podido soportar.

Se volvió hacia el posadero.

—Tomaré una habitación aquí esta noche, si el señor Labson no regresa. Quizá podría enviar a alguien con una bolsa a recoger lo que necesite. No, eso no estaría bien; ya iré yo misma, si es usted tan amable de acompañarme hasta la puerta de la entrada. Uno nunca sabe con quién puede encontrarse a estas horas de la noche. Y si el señor Labson viniese aquí en mi busca, no le deje entrar en ningún caso. Dígale que no estoy aquí; dígale que me he ido de casa y que no he dejado ninguna dirección. Usted no querrá al señor Labson aquí, ya que no tiene ni un solo penique de su propiedad y no podría pagar el alojamiento, y yo no voy a mantener su holgazanería durante tanto tiempo. Él me arruinó, y así estaremos en paz. Le dije que...

El torrente de parloteo demente cesó de repente; sus ojos, fijos en un oscuro rincón que había a mis espaldas, se ensancharon aterrorizados, y su boca se abrió. Al mismo tiempo oí un jadeo de asombro y sobresalto de Jim, y me giré rápidamente para ver lo que él y la señora Labson estaban mirando. Allí estaba aquel al que yo había visto media hora antes apareciendo súbitamente en la plaza y desapareciendo en el interior de la casa de la esquina igual de súbitamente que había llegado. Al siguiente minuto ella había abierto de par en par la puerta y se había abalanzado al exterior. Jim y yo la seguimos y la vimos apresurarse por el pasillo y salir por la puerta del bar hacia la plaza. El terror daba alas a sus pies, y aquella enorme masa deforme salió disparada hasta perderse en la oscuridad de la noche.

Fuimos directamente a la comisaría de policía, y se registró la zona en busca de aquella mujer loca que, yo estaba seguro de ello, era además una asesina. Se dragó el río y, hacia la medianoche, unos pescadores encontraron el cuerpo de la mujer bajo la esclusa que daba comienzo al estuario. Mientras tanto, se había efectuado un registro en la casa de la esquina y, efectivamente, tras el depósito de agua, en el jardín, se descubrió el cadáver de su marido, estrangulado con un pañuelo de seda. Muy cerca del cuerpo se encontró un agujero medio excavado, en el que sin duda ella había pretendido enterrarle.

La casa de Camden Hill. Catherine Crowe (1803-1876)

La casa del matrimonio B. en Camden Hill no tenía nada de particular, excepto su gran número de habitaciones, todas igualmente confortables. La pareja la había rentado por un precio razonable a un hombre de negocios de Temple, con la intención de convertirla en una pensión, donde pudieran alojarse funcionarios o empleados de la vecindad.

Al principio, gracias a sus precios económicos, el negocio prosperó, pero un buen día un empleado joven llamado Rose se marchó bruscamente asegurando que su habitación estaba embrujada. Los esposos B. jamás habían ocupado aquel cuarto, una sala grande que daba al jardín. De este modo, antes de volverla a alquilar, decidieron comprobar por sí mismos lo que ocurría en ella.

Desde la primera noche reconocieron que Rose no había mentido.

Entre la una y las dos de la madrugada, la señora B. fue despertada por un extraño ruido, como el de un enorme gato arañando el parquet. Al mismo tiempo, su marido también se despertó y los dos oyeron en silencio como el extraño ruido aumentaba y disminuía, como si su misterioso autor se acercara y alejara de la cama. Eventualmente, el señor B. no pudo más y gritó:

—¿Quién eres y qué haces aquí?

El ruido cesó, pero un segundo después, las sábanas fueron arrancadas violentamente de la cama. La señora B. encendió una vela que guardaba cerca de sí. En el cuarto no había nada, sin embargo, no encontraron las sábanas.

Se levantaron, cerraron con llave y se fueron a pasar el resto de la noche en su dormitorio. A la mañana siguiente, volvieron a la habitación de Rose y encontraron las sábanas revueltas sobre la cama; el cubrecama, de gruesa lana, estaba intacto, pero las sábanas estaban hechas jirones.

La señora B. se negó a repetir la experiencia, pero su esposo, obstinado, volvió a instalarse en la habitación embrujada. Esta vez mantuvo una linterna encendida en la cabecera de la cama. Tardó mucho en dormirse, pero cuando empezaba a vencerlo el sueño, fue sobresaltado por el mismo ruido de la noche anterior. El señor B. se incorporó y vio, a la luz de la lámpara, a un anciano de aspecto miserable, escasamente vestido, de pie en el centro del cuarto. Llevaba un curioso casquete de piel de gato y contemplaba al durmiente con evidente desconfianza.

Pese al miedo, el señor B. preguntó al sobrenatural intruso cuáles eran sus intenciones. A modo de respuesta, éste empezó a resoplar como un gato furioso e intentó agarrar las sábanas. Entonces el señor B. notó que sus manos descarnadas eran extraordinariamente largas y que terminaban en uñas como garras.

Casualmente, el señor B. tanteó junto a la cama una caña de junco, la tomó y con ella intentó pegarle al visitante nocturno. No encontró resistencia alguna y el junco atravesó el cuerpo del anciano como si fuera de humo.

Entonces el fantasma retrocedió, lanzando amenazas y hundiéndose en la pared, despareció. La noche terminó tranquilamente. La pareja sacó los muebles y cerraron el cuarto.

El fantasma no quebró la paz de ninguna otra habitación. Pero aproximadamente dos años después el matrimonio habló del extraño suceso a uno de sus primos, un marino de Kingston, que había venido a visitarles.

El marinero era un hombre robusto y de un sólido sentido común; por cortesía no quiso poner en duda las afirmaciones de sus primos, pero decidió pasar la noche en el cuarto embrujado. Con este fin, la amueblaron con una pequeña cama de campo, una mesa de luz y una silla, y colocaron una lámpara encendida en la consola de la chimenea. El marinero tardó muy poco en dormirse pues no creía en historias de fantasmas.

Había cerrado su habitación con llave e incluso había asegurado la puerta con un sólido cerrojo. Entre la una y las dos fue despertado por una fuerte sacudida en su cama y vio al anciano que lo observaba, colérico.

Cuando el marino se disponía a levantarse, el fantasma retrocedió, gruñendo como un gato furioso y desapareció. Luego se oyeron muchos golpes de gran violencia contra (o dentro) de los muros y un enorme trozo de yeso se desprendió del techo. Pero el espectro no volvió a aparecer.

Poco después los esposos B. se marcharon de Londres para establecerse en Kingston y no se supo más de la casa de Camden Hill.

La casa de Asterión. Jorge Luis Borges (1899-1986)

Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias.

Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad.

Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura?

Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras.

Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.

El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.

Claro que no me faltan distracciones.

Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos).

Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión.

Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca.

A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar.

Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor.

Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas.

¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?


El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.


—¿Lo creerás, Ariadna? —dijo Teseo—. El minotauro apenas se defendió.

La casa de Haon-Dor. Clark Ashton Smith (1893-1961)

Roger Farway no ha declinado la hospitalidad de su tío por un simple deseo de independencia, o de evitar convertirse a sí mismo, a demasiado costo, en un activo escritor de ficción. La negativa se debió más bien a su temperamento poético, a un insatisfecho anhelo de comunión con la Musa de los lugares solitarios. También, Roger ha visitado, en otro tiempo y brevemente, las antiguas y pintorescas excavaciones hidráulicas conocidas como Gold Canyon, y, profundamente cautivado por el lugar, ha resuelto volver allí en algún momento. Cuando el padecimiento de una infección leve de tuberculosis hizo imperativo que abandonara el polvo y la niebla de San Francisco, y que habitara por un tiempo en luminosas y soleadas colinas montañosas, sus pensamientos se dirigieron inmediatamente, como atraídos por un algún magnetismo del paisaje, al Gold Canyon. Antes de recibir de su tío George Beltane, una carta ofreciéndole ir a reponerse a Peargate, donde el aire y la elevación eran bastante adecuadas para el tratamiento de su dolencia, ya había decidido pasar el verano en las cercanías de aquellas excavaciones abandonadas desde hacía mucho tiempo, treinta kilómetros arriba del rancho de su tío, en la autopista a las Sierras.

George Beltane era bien capaz de interpretar este deseo de soledad y retraimiento en sus propios términos. Entre él y el joven siempre habían tenido el vínculo de un amor común a la literatura y la belleza. Roger era un poeta muy prometedor; y Beltane también había sido un poeta, hasta que las urgencias monetarias lo habían obligado a dedicarse a la más venal y pedestre prosa.

Habría recibido con gusto a su sobrino en el rancho de peras y manzanas en que vivía, sin otra compañía que la de un cocinero japonés y un capataz portugués, y donde, seguramente, el aislamiento habría sido más que excesivo para la mayoría de los jóvenes. Pero, sin protesta o comentario, aceptó la decisión de Roger, y lo ayudó a establecerse en un bosquecillo de pinos en el borde de las excavaciones, a unos dos kilómetros del más cercano campamento [auto-camp]. Aquí se levantó una tienda de campaña, y fue abundantemente provisto con alimentos y libros. Beltane le indicó a Roger que evitara extenuarse, advirtiéndole contra los manantiales contaminados con arsénico de las excavaciones más bajas, y también respecto a que la estación era inusualmente propicia para las serpientes de cascabel. Luego condujo su vehículo de regreso al rancho, resolviendo mantener un ojo paternal pero discreto sobre el muchacho, y visitarlo en intervalos regulares.

El régimen que Roger se aplicó a sí mismo, sin duda habría hecho fruncir el seño a la mayoría de los doctores. Viviendo solo y sin atención, cocinaba sus propios alimentos, consumía gran parte de su tiempo recorriendo las colinas y las laderas del cañón; e incluso, como distracción, intentó la explotación minera con un plato para oro en las barrancas no agotadas de las excavaciones hidráulicas. Todo esto habría sido considerado por los doctores como muy extenuante; para ellos debería haber seguido en forma urgente el curso normal de tratamiento en algún sanatorio al pie de las montañas.

Sin embargo, esta vida de ajustaba bien a las necesidades de Roger, y mejoraba en forma visible en fuerza, peso, y espíritu. Había diagnosticado correctamente sus propias necesidades; porque, además de su incipiente lesión, había comenzado a sufrir, desde un tiempo atrás, malestar en los lugares atestados. Nacido en el campo, había vivido demasiado tiempo en las ciudades; y la fatiga así motivada sólo era curable con un periodo de casi total soledad. Libre de la opresión de los rostros humanos, se volvió con inefable alivio hacia la serenidad de rocas y árboles. Las excavaciones fueron una fuente de continua fascinación para él, aunque el romance de la búsqueda original de oro, tan poderoso en otros, era sólo una pequeña parte de su encanto. Aquí, en estos abismos amplísimos que han perforado la antigua colina, con barrancos de conglomerado amarillo rojizo, y pirámides de bordes agudos y pilares dolomíticos alzándose desde las profundidades, han sido revelados los secretos interiores de la Tierra; y aún así, después de un breve periodo, la Tierra estaba ya comenzando a triunfar sobre la devastación realizada por los hombres. Con el tiempo, la violenta erosión la hará indistinguible de la lenta y cíclica producida por los vientos y las aguas. Los pinos amarillos se han arraigado a sí mismos en los declives naturales, se han apiñado cercanos al borde de escarpados precipicios, se han encaramado en los suelos de la parte superior de la dolomitas. El sedimento se ha acumulado lejos hacia abajo de las excavaciones, y jóvenes sauces y alisos prosperan allí. Las hierbas se han asentado provisionalmente en las juntas de los lechos de rocas y en los montones de escombros en descomposición.

Roger, que gustaba de la geología amateur, nunca se cansaba de buscar maderas petrificadas y huesos fósiles. Troncos enteros de árboles prehistóricos, algunos ennegrecidos por fuegos prehistóricos, habían sido expuestos por las excavaciones. Diariamente exploraba las cuestas en nervadura y las vastas acumulaciones de rocas y grava desprendidas, nunca decepcionado de encontrar algún nuevo tesoro o curiosidad.

Se encontraba con poca gente, pues la región estaba escasamente poblada, y los ocupantes de las casas de veraneo y de los campamentos a lo largo de la carretera rara vez visitaban las excavaciones. Le habían contado que en alguna parte de la localidad se encontraba la sede de un pequeño y obscuro orden de místicos, llamados la Hermandad del Sol, que se confinaban a sí mismos en contemplación esotérica, y eran vistos raramente por la gente de las aldeas vecinas. Presumiblemente estaban emparentados a los Rosacruces; pero su interpretación de los reinos ocultos y de las leyes esotéricas de la naturaleza se decía que era algo heterodoxa. Roger, con una ligera curiosidad, y sintiendo un débil sentimiento poético de simpatía por todos los que profundizan en lo oculto, resolvió con igual vaguedad que los visitaría antes de terminar su estadía en Gold Canyon. Pero, en esos momentos, no tenía apuro en averiguar la localización exacta de su emplazamiento.

Su tienda de campaña se encontraba en el margen sur de las excavaciones. Mirando a través de ese abismo hecho por el hombre, a menudo advertía las paredes y techo de una deteriorada barraca que se apoyaba peligrosamente en los elevados barrancos en el costado norte, a una distancia de más de media milla. La barraca estaba estrechamente rodeada por "manzanita" * de bajo crecimiento, y su deterioro era evidente aún sin los prismáticos que Roger usaba con frecuencia en su estudio de la topología local. Sintiendo poco interés al principio, decidió que era una antigua y por largo tiempo abandonada cabaña de minero, quizá allí desde la época en que Gold Canyon bramaba con actividad humana.

* _ En castellano en el original (Nota del traductor). Más de una vez, en sus andanzas, se aproximó al pie del precipicio en el que se sostenía la cabaña, y fijaba la mirada, con una vaga especulación, en su única ventana obscura y sin vidrios. También llegó al lugar desde atrás en un recorrido circular alrededor del dentado borde del abismo. Se impresionó de nuevo con su antigüedad y abandono. Aunque el techo estaba maltrecho pero intacto, y sólo unos pocos de los tablones se habían caído o estaban podridos, siempre sentía que algo como una respiración provenía de la tambaleante estructura en ruina. En una ocasión en que estuvo cerca en el crepúsculo, cuando una coloreada puesta de Sol estaba pasando desde azufre a sangre detrás de los pinos negros, llegó a Roger la tenue sensación de algo oculto y siniestro que observaba desde la cabaña. A esta impresión la desechó rápidamente, como debida a alguna evanescente calidad de las luces y las sombras, o a alguna sombra innominada de su propia mente y nervios. No regresó; y pronto olvidó la fugaz sensación de misterio.

No fue hasta la segunda semana de su estadía en Gold Canyon, que Roger comenzó a sospechar algo misteriosos o adverso respecto de la barraca.

Los crepúsculos de Junio, cálidos y sin la menor brisa, se alargaban. Había estado observando un creciente amplio y amarillo-sanguíneo que permanecía claro sobre las puntas de los pinos al oeste de su campamento. Luego, dándose vuelta debido a un vago impulso, dirigió su vista a través de la excavación en la obscuridad y observó para su asombro una luz roja en la ventana de la cabaña, cuya silueta era ahora casi indistinguible. Si era originada por una lámpara, linterna o fuego, no podía saberlo. La luz era estable y sin parpadeos, y molestaba a sus ojos en forma rara, como si estuviera mirando el corazón fundido de un horno abierto. Pensó que un vagabundo o un prospector, había tomado posesión temporal de la cabaña; pero esta explicación obvia fallaba para calmar totalmente la primera sensación de extrañeza, de algún portento inexplicable y perturbador.

Reprochándose a sí mismo por una curiosidad que consideraba vulgar e infantil, Roger se sentó delante de su tienda y estimó ese ojo de rojiza llama en la barranca opuesta. Conjeturas sin nombre y divagaciones se movieron obscuramente a través de su mente. El cuerno ensangrentado de la Luna era arrastrado hacia abajo por negras ramas, y las excavaciones se convertían en un insondable abismo de negrura del Tártaro. Luego, con el hundimiento de la Luna, la misteriosa iluminación desapareció.

Temprano, el siguiente día, Roger anduvo un poco hacia la parte trasera de la cabaña en el curso de un largo y descansado paseo, pero no percibió signos de ocupación. No se veía el más débil hilo de humo desde el caño absurdamente inclinado y roído por la herrumbre de la chimenea. Haciendo un semicículo a través de las bajas e intransitables malezas de margen a margen de la inescalable barranca a cada lado, no encontró...

La casa Clopton. Elizabeth Gaskell (1810-1865)

Me pregunto si usted conoce Clopton Hall, como a una milla de Stratford-on-Avon. ¿Me permite contarle acerca de un día muy feliz que pasé allí?

Yo estaba en la escuela del vecindario, y una de mis compañeras era la hija de un tal Sr. W–, quien por entonces vivía en Clopton. El Sr. W– nos pidió a un grupo de chicas que fuéramos a pasaran una larga tarde, y partimos un hermoso día de otoño, llenas de satisfacción y curiosidad respecto del lugar que íbamos a ver. Pasamos a través de campos desolados a medio cultivar, hasta que avistamos la casa – un edificio, grande, pesado, compacto y cuadrado, de ladrillos de un rojo profundo y sin brillo, casi púrpura.

Al frente había un gran atrio formal, con pilares macizos coronados con dos feroces monstruos; pero las paredes del atrio estaban rotas, y el pasto crecía exuberante y salvajemente dentro del recinto como en la elevada avenida por la que habíamos venido. Las flores estaban enredadas con ortigas, y solo al aproximarnos a la casa vimos las rosas amarillas y el brezo austriaco forzados hacia algo parecido al orden alrededor de las profundas ventanas de paneles romboidales.

Nos agrupamos en el vestíbulo, con su piso de mosaico de mármol, rodeado con extraños retratos de gente que yacía en sus tumbas hacía al menos doscientos años; aunque los colores eran tan frescos, y en algunos casos estaban tan vívidos, que con solo mirar los rostros, casi podía imaginar que los originales estaban sentados en el salón más allá. Para retrotraernos más completamente, como si fuesen los días de las Guerras Civiles, había una especie de mapa militar colgado, bien terminado con pluma y tinta, mostrando las estaciones de los ejércitos respectivos, y con caligrafía antigua debajo, los nombres de los principales pueblos, estableciendo la posición de los fuertes, etc.

En este vestíbulo fuimos recibidos por nuestro amable anfitrión, quien nos dijo que podíamos vagar por donde quisiéramos, en la casa o fuera de ella, teniendo cuidado de no entrar en el salón de descanso para la hora del té. Yo preferí subir por la ancha escalera de roble arrinconada, con su maciza balaustrada completamente deteriorada y comida por los gusanos.

La familia que entonces residía no ocupaba ni la mitad —no, ni la tercera parte de las habitaciones; y el antiguo mobiliario estaba intacto en la mayor parte de ellas. En uno de los dormitorios (que se decía estaba hechizado), y el cual, con su cerrada atmósfera inexpresiva y las largas sombras del atardecer avanzando lentamente, me dio una sensación escalofriante, colgaba un retrato ¡tan singularmente bello! Una niña de mirada dulce, con pálido cabello dorado peinado hacia atrás desde su frente y cayendo en rizos sobre su cuello, y con ojos que parecían violetas llenas de rocío, ya que tenían el destello de lágrimas contenidas detrás de sus ojos azul profundo— y esa era la apariencia de Charlotte Clopton, sobre quien se contaba una leyenda pavorosa en la iglesia de Stratford.

En la época de alguna epidemia, influenza o la plaga, esta joven niña había enfermado, y muerto en apariencia. Fue enterrada con temerosa precipitación en los bóvedas de la capilla Clopton, adjunta a la iglesia de Stratford, pero la enfermedad no se detuvo. A los pocos días otro de los Clopton murió, y lo llevaron a la cripta ancestral; pero mientras descendían las lóbregas escaleras, vieron a la luz de las antorchas, a Charlotte Clopton en sus ropas mortuorias apoyada contra la pared; y cuando miraron de cerca, ella estaba muerta sin duda, pero antes, en la agonía de la desesperación y el hambre, ¡se había mordido un pedazo de su hombro blanco y redondeado! Por supuesto, había deambulado por siempre desde entonces.

Esta era la cámara de Charlotte, y más allá había una cámara privada cubierta con el polvo de muchos años, y oscurecida por las plantas trepadoras que habían cubierto las ventanas, y aún forzado en lujuriosa osadía a través de los paneles rotos. Más allá, nuevamente, había una vieja capilla Católica, con una habitación para el capellán, que había estado tapiada y olvidada a los pocos años. Me apoyé sobre mis manos y rodillas, dado que la entrada era muy baja.

Recogí muy poco en la capilla; pero en la habitación del capellán había antiguos, y debería pensar que raras ediciones de muchos libros, mayormente folios. Una gran copia en papel amarillento de Todo por Amor de Dryden, fechada en 1686, me llamó la atención, y es lo único que recuerdo en particular.

Por todos lados aquí y allá, mientras recorría, apareció una bifurcación de una escalera, y tan numerosos eran los sinuosos pasadizos a medio iluminar, que me pregunté si podría encontrar mi camino de regreso. Había un curioso y viejo arcón esculpido en uno de esos pasajes, y con curiosidad infantil traté de abrirlo; pero la tapa era demasiado pesada, hasta que persuadí a una de mis compañeras de ayudarme, y cuando estuvo abierto, ¿que piensan que vimos? —¡HUESOS!— Pero si eran humanos, si eran los restos de la novia perdida, no nos detuvimos a ver, sino que corrimos fingiendo en parte, y en parte realmente aterrorizadas.

La última que recuerdo de esas habitaciones desiertas, la última, la más desierta, y la más triste, era la guardería, ¡una guardería sin niños, sin voces cantando, sin pisadas felices repicando! Una guardería rondada una vez por sus habitantes, fuertes y galantes niños, y bellas y curvilíneas niñas, y una o dos enfermeras con redondeados y gordos bebés en sus brazos.

¿Quiénes eran todos ellos? ¿Cuál era su destino en la vida? ¿La luz, o la tormenta? ¿O habían sido amados por los dioses, y muerto jóvenes? Los mismos ecos no lo sabían. Detrás de la casa, en una claro ahora salvaje, húmedo, y plagado de viejos arbustos, había un bien llamado Foso de Margaret, porque allí se había ahogado a sí misma la doncella de la casa así llamada.

Traté de obtener alguna información que pudiera sobre la familia Clopton. Habían decaído desde las guerras civiles; por una generación o dos les había resultado imposible vivir en la vieja casa de sus padres, pero habían trabajado exhaustivamente en Londres, o en el exterior, para subsistir; y el último de la vieja familia, un solterón, excéntrico, miserable, viejo, y con los más asquerosos hábitos, si los reportes decían la verdad, había muerto en Clopton hacía unos pocos meses, una especie de huésped en la familia del Sr. W-.

Fue enterrado en la lujosa capilla de los Clopton en la iglesia de Stratford, donde se ven ondear los estandartes, y las armas cuelgan sobre uno o dos espléndidos monumentos. El Sr. W— había sido el apoderado del Viejo, y totalmente de su confianza, y a él le había dejado la herencia, endeudada y en malas condiciones. Un año o dos después, el albacea, un pariente muy lejano que vivía en Irlanda, reclamó y obtuvo la herencia, bajo el pretexto de excesiva influencia, cuando no de falsificación, sobre la parte del Sr. W—; y lo último que supe de nuestros amables anfitriones de ese día, era que estaban proscriptos y viviendo en Bruselas.

La casa del juez. Bram Stoker (1847-1912)

Próxima la época de exámenes, Malcolm Malcolmson decidió ir a algún lugar solitario donde poder estudiar sin ser interrumpido. Temía las playas por su atractivo, y también desconfiaba del aislamiento rural, pues conocía desde hacía mucho tiempo sus encantos. Lo que buscaba era un pueblo donde nada le distrajera del estudio. Frenó sus deseos de pedir consejo, pues pensó que cada uno le recomendaría un sitio ya conocido donde, indudablemente, tendría amigos.

Malcolmson deseaba evitar las amistades así que decidió buscar por sí mismo. Hizo su equipaje, tan sólo una maleta con un poco de ropa y todos los libros que necesitaba, y compró un billete para el primer nombre desconocido que vio en los itinerarios de los trenes de cercanías. Cuando al cabo de tres horas de viaje se apeó en Benchurch, se sintió satisfecho de lo bien que había conseguido borrar sus pistas para poder disponer del tiempo y la tranquilidad necesarios para proseguir sus estudios. Acudió de inmediato a la única fonda del lugar, y tomó una habitación para la noche. Benchurch era un pueblo donde se celebraban regularmente mercados, y una semana de cada mes era invadido por una enorme muchedumbre; pero durante los restantes veintiún días no tenía más atractivos que los que pueda tener un desierto.

Al día siguiente de su llegada, Malcolmson buscó una residencia aún más aislada y apacible que una fonda tan tranquila como El Buen Viajero. Sólo encontró un lugar que satisfacía realmente sus más exageradas ideas acerca de la tranquilidad. Realmente, tranquilidad no era la palabra apropiada para aquel sitio; desolación era el único término que podía transmitir una idea de su aislamiento. Era una casa vieja, anticuada, de construcción pesada y estilo jacobino, con macizos gabletes y ventanas, más pequeñas de lo acostumbrado y situadas más alto de lo habitual en esas casas; estaba rodeada por un alto muro de ladrillos sólidamente construido. En realidad, daba más la impresión de un edificio fortificado que de una simple vivienda. Pero todo esto era lo que le gustaba a Malcolmson. He aquí —pensó— el lugar que estaba buscando, y sólo si lo consigo me sentiré feliz. Su alegría aumentó cuando se dio cuenta de que estaba sin alquilar en aquel momento.

En la oficina de correos averiguó el nombre del agente, que se sorprendió mucho al saber que alguien deseaba ocupar parte de la vieja casona. El señor Carnford, abogado local y agente inmobiliario, era un amable caballero de edad avanzada que confesó con franqueza el placer que le producía el que alguien desease alquilar la casa.

—A decir verdad —señaló—, me alegraría por los dueños, naturalmente, que alguien ocupase la casa durante años, aunque fuera de forma gratuita, si con ello el pueblo pudiera acostumbrarse a verla habitada. Ha estado vacía durante tanto tiempo que se ha levantado una especie de prejuicio absurdo a su alrededor, y la mejor manera de acabar con él es ocuparla.... aunque sólo sea —añadió, alzando una astuta mirada hacia Malcolmson— por un estudiante, que desea quietud durante algún tiempo.

Malcolmson juzgó inútil pedir detalles al hombre acerca del absurdo prejuicio; sabía que sobre aquel tema podría conseguir más información otro lugar. Pagó por adelantado tres meses, se guardó el recibo y el nombre de una señora que posiblemente se comprometería a ocuparse de él, y se marchó con las llaves en el bolsillo. De ahí fue directamente a hablar con la dueña de la fonda, una mujer alegre y bondadosa a la que pidió consejo acerca de qué clase y cantidad de víveres y provisiones necesitaría. Ella alzó las manos con estupefacción cuando él le dijo dónde pensaba alojarse.

—¡En la Casa del Juez no! —exclamó, palideciendo.

Él respondió que ignoraba el nombre de la casa, pero le explicó dónde estaba situada. Cuando hubo terminado, la mujer contestó:

—¡Sí, no cabe duda..., no cabe duda de que es el mismo sitio! Es la Casa del Juez.

Entonces él le pidió que le hablase de la casa, por qué se llamaba así y qué tenía ella en contra. La mujer le contó que en el pueblo la llamaban asi porque hacía muchos años (no podía decir exactamente cuántos, puesto que ella era de otra parte de la región, pero debían de ser al menos unos cien o quizá más) había sido el domicilio de cierto juez que en su tiempo inspiró gran espanto a causa del rigor de sus sentencias y de la hostilidad con la que siempre se enfrentó a los acusados en su tribunal. Acerca de lo que había en contra de la casa no podía decir nada. Ella misma lo había preguntado a menudo, pero nadie la supo informar. De todos modos, el sentimiento general era de que allí había algo, y ella por su parte no aceptaría ni todo el dinero del Banco de Drinkswater si a cambio se le pedía que permaneciera una sola hora a solas en la casa. Luego se excusó ante Malcolmson ante la posibilidad de que sus palabras pudieran preocuparle.

—Es que esas cosas, señor, no me gustan nada, y además el que usted, un caballero tan joven, se vaya, y perdone que se lo diga, a vivir allí tan solo... Si fuera hijo mío, y perdone que se lo diga, no pasaría usted allí ni una noche, aunque tuviera que ir yo misma en persona y hacer sonar la gran campana de alarma que hay en el tejado.

La pobre mujer hablaba de buena fe, y con tan buenas intenciones, que Malcolmson, además de regocijado, se sintió conmovido. Le expresó cuánto apreciaba el interés que se tomaba por él y luego, amablemente, añadió:

—Pero mi querida señora Witham, le aseguro que no es necesario que se preocupe por mí. Un hombre que, como yo, estudia matemáticas superiores, tiene demasiadas cosas en la cabeza para que pueda molestarle ninguno de esos misteriosos algos; por otra parte, mi trabajo es demasiado exacto y prosaico como para permitir que algún rincón de mi mente preste atención a misterios de cualquier tipo. ¡La progresión armónica las permutaciones, las combinaciones y las funciones elípticas son ya misterios suficientes para mí!

La señora Witham se encargó amablemente de su ministrarle provisiones, y fue en busca de la vieja que le habían recomendado para «ocuparse de él. Cuando, al cabo de horas, regresó con ella a la Casa del Juez, se encontró con la señora Witham, que le esperaba en persona, junto con varios hombres y chiquillos llevando paquetes, e incluso de una cama que habían transportado en una carreta, puesto que, como dijo ella, aunque era posible que las sillas y las mesas estuvieran todas muy bien conservadas y fueran utilizables, no era bueno ni propio de huesos jóvenes descansar en una cama que no había sido oreada desde hacía por lo menos cincuenta años. La buena mujer sentía todas luces curiosidad por ver el interior de la casa, y recorrió todo el lugar, pese a manifestarse tan temerosa que al menor ruido se aferraba a Malcolmson, del cual no se separó ni un solo instante.

Tras examinar la casa, Malcolmson decidió ocupar el comedor, que era espacioso como para satisfacer sus necesidades; y la señora Witham, con ayuda de la señora Dempster, la asistenta, procedió a ordenar las cosas. Una vez desempaquetados los bultos, Malcolmson vio que, con bondadosa previsión, la mujer le había enviado de su propia cocina provisiones suficientes para varios días. Antes de marcharse, la mujer expresó toda clase de buenos deseos y, ya en la misma puerta, se volvió para decir:

—Quizá, señor, ya que la habitación es grande y con muchas corrientes de aire, puede que no le venga mal instalar uno de esos biombos grandes alrededor de la cama por la noche... Pero, la verdad sea dicha, yo me moriría de miedo si tuviera que quedarme aquí encerrada con toda esa clase de.... de cosas que asomarán sus cabezas por los lados o por encima del biombo y se pondrán a mirarme..

La imagen que acababa de evocar fue excesiva para sus nervios y huyó precipitadamente. La señora Dempster, con aires de superioridad, lanzó un despectivo resoplido cuando se hubo ido la otra mujer y afirmó categóricamente que ella por su parte no se sentía en absoluto inclinada a atemorizarse ni ante todos los duendes del mundo.

—Le diré a usted lo que pasa, señor —dijo—. Los duendes son toda clase de cosas... ¡menos duendes! Ratas, ratones y escarabajos; y puertas que crujen, y tejas caídas, y tiradores de cajones que aguantan firmes cuando usted tira de ellos y luego se caen solos en medio de la noche. ¡Observe el zócalo de la habitación! ¡Es viejo... tiene cientos de años! ¿Cree usted que no va a haber ratas y escarabajos ahí detrás? ¡Claro que sí! ¿Imagina usted que no va a verlos? ¡Claro que no! Las ratas son los duendes, se lo digo yo, y los duendes son las ratas.... ¡y no crea otra cosa!

—Señora Dempster —dijo gravemente Malcolmson con una pequeña inclinación de cabeza—, ¡sabe usted más que un catedrático de matemáticas! Permítame decirle que, en señal de mi estima hacia su salud mental, cuando me vaya le daré la posesión de esta casa y le permitiré que resida aquí usted sola durante los dos últimos meses de mi alquiler, puesto que las cuatro primeras semanas bastarán para mis propósitos.

—¡Muchas gracias por su amabilidad, señor! —respondió ella— Pero no puedo dormir ni una noche fuera de mi dormitorio: vivo en la Casa de Caridad Greenhow y si pasara una sola noche fuera de mis habitaciones perdería todo los derechos de seguir viviendo allí. La reglas son muy estrictas, y hay demasiada gente esperando una vacante para que yo me decida a correr el menor riesgo. Si no fuera por esto, señor, vendría con mucho gusto a dormir aquí para atenderle durante su estancia.

—Mi buena señora, he venido aquí con el propósito de estar solo, y créame que le estoy profundamente agradecido a difunto señor Greenhow por haber organizado su casa de caridad, o lo que sea, de forma tan admirable que m vea privado por la fuerza de la oportunidad de tan terrible tentación. ¡San Antonio en persona no habría podido ser más rígido al respecto!

La vieja se rió secamente.

—¡Ah! ustedes los señoritos jóvenes se asustan de nada. Puede estar seguro de que encontrar aquí toda la soledad que desea.

Y se puso a trabajar en la limpieza y, al anochecer, cuando Malcolmson regresó de dar su paseo (siempre llevaba uno de sus libros para estudiar mientras paseaba) se encontró con la habitación barrida y aseada, un fuego ardiendo en la chimenea y la mesa servida para la cena con las excelentes provisiones de la señora Witham.

—¡Esto sí es comodidad! —dijo mientras se frotaba las manos.

Tras terminar de cenar volvió a sus libros: echó más leña al fuego, avivó la lámpara y se sumergió en su duro trabajo. No hizo ninguna pausa hasta más o menos las once, cuando suspendió su tarea durante unos momentos para avivar el fuego y hacerse una taza de té. El descanso era un lujo para él, y lo disfrutaba con una sensación de delicioso desahogo. El fuego reavivado saltó y chisporroteó y proyectó extrañas sombras en la antigua habitación y, mientras tomaba a sorbos el té caliente, gozó con la sensación de aislamiento de sus semejantes. Fue entonces cuando notó por primera vez el ruido que hacían las ratas.

Seguro que no han hecho tanto ruido durante todo el tiempo que he estado estudiando —pensó—. ¡De lo contrario me hubiera dado cuenta! Luego, mientras el ruido iba en aumento, se tranquilizó diciéndose que aquellos rumores eran realmente nuevos.

Resultaba evidente que al principio las ratas se habían asustado por la presencia de un extraño y por la luz del fuego y la lámpara, pero a medida que pasaba el tiempo se habían vuelto más atrevidas, y ya se hallaban entretenidas de nuevo en sus ocupaciones habituales.

¡Y eran realmente activas! ¡Subían y bajaban por detrás de la pared, por encima del cielo raso, por debajo del suelo, se movían, corrían, bullían, roían y arañaban! Malcolmson sonrió al recordar las palabras de la señora Dempster: los duendes son las ratas y las ratas son los duendes. El té empezaba a hacer su efecto estimulante sobre nervios y el estudiante vio con alegría que tenía ante sí una nueva inmersión en el largo hechizo del estudio antes de que terminase la noche, cosa que le proporcionó tal sensación de comodidad que se permitió el lujo de echar un ojeada por la habitación. Tomó la lámpara en una mano y recorrió la estancia, preguntándose por qué una casa tan original y hermosa como aquélla había permanecido abandonada. Los paneles de roble que recubrían las paredes estaban finamente labrados, y el trabajo en madera de puertas y ventanas era hermoso y de raro mérito. Había algunos cuadro viejos en las paredes, pero estaban tan cubiertos de polvo y suciedad que no pudo distinguir ningún detalle. En su recorrido se topó con alguna grieta o agujero bloqueados por la cabeza de una rata, cuyos brillante ojos relucían a la luz, pero al instante la cabeza desaparecía, con un chillido y un rumor de huida. Sin embargo, lo que más intrigó fue la cuerda de la gran campana de alarma del tejado, que colgaba en un rincón de la estancia, a la derecha de la chimenea. Arrastró hasta cerca del fuego una gran silla de roble tallado y se sentó para tomar su última taza de té. Cuando hubo terminado volvió a su trabajo, sentado en la esquina de la mes con el fuego a su izquierda. Durante un rato las ratas perturbaron su estudio con su continuo rebullir pero acabó por acostumbrarse al ruido, del mismo modo que uno se acostumbra al tic-tac de un reloj o al rumor de un torrente; y así se sumergió de tal forma en trabajo que nada en el mundo, excepto el problema q estaba intentando resolver, hubiera sido capaz de hacer mella en él.

Pero de pronto, sin haber conseguido resolverlo, levantó la cabeza: en el aire notó esa sensación tan peculiar que precede al amanecer y que tan temible resulta para los que llevan vidas dudosas. El ruido de las ratas había cesado. Desde luego, tenía la impresión de que había cesado hacía tan sólo unos instantes, y que precisamente había sido este repentino silencio lo que le había obligado a levantar la cabeza. El fuego se había ido apagando, pero todavía arrojaba un profundo y rojo resplandor. Al mirar en esa dirección, y a pesar de toda su sangre fría, sufrió un sobresalto.

Allí, sobre la silla de roble tallado y alto respaldo, a la derecha de la chimenea, había una enorme rata que le miraba fijamente con sus tristes ojillos. Hizo un gesto para ahuyentarla, pero la rata no se movió. Ante lo cual hizo ademán de arrojarle algo. Tampoco se movió, sino que le mostró encolerizada sus grandes dientes blancos; a la luz de la lámpara, sus crueles ojillos brillaban con una luz de venganza. Malcolmson se asombró, y, tomando el atizador de la chimenea, corrió hacia la rata para matarla. Pero antes de que pudiera golpearla ésta, con un chillido que parecía concentrar todo su odio, saltó al suelo y, trepando por la cuerda de la campana de alarma, desapareció en la oscuridad donde no llegaba el resplandor de la lámpara, tamizado por una pantalla verde. Al instante, y eso fue lo más extraño, el ruidoso bullicio de las ratas tras los paneles de roble se reanudó.

Esta vez no consiguió sumergirse de nuevo en el problema; pero, cuando el gallo cantó afuera se fue a la cama. Durmió tan profundamente que ni siquiera se despertó cuando llegó la señora Dempster para arreglar la habitación. Sólo lo hizo cuando la mujer, una vez barrida la estancia y preparado el desayuno, golpeó discretamente en el biombo que ocultaba la cama. Aún se sentía un poco cansado de su trabajo nocturno, pero una taza de té lo despejó pronto y, tomando un libro, salió a dar su paseo matutino. Encontró un sendero apacible entre los olmos, y allí pasó la mayor parte del día estudiando su Laplace.

A su regreso pasó a saludar a la señora Witham a darle las gracias por su amabilidad. Cuando ella le vio llegar a través de una ventana de su sanctasanctórum emplomada con rombos de vidrios de colores, salió a calle a recibirle y le pidió que pasase. Una vez dentro, miró inquisitivamente y negó con la cabeza al tiempo que decía:

—No debe trabajar tanto, señor. Esta mañana es usted más pálido que otras veces. Estar despierto hasta tan tarde y con un trabajo tan duro para el cerebro no es bueno. Pero dígame, señor, ¿cómo ha pasado la noche? Espero que bien. ¡No sabe cuánto me alegré cuando la señora Dempster me dijo esta mañana que había encontrado tan profundamente dormido cuan llegó!

—Oh, sí, todo ha sido estupendo; todavía no me han molestado los algos. Sólo las ratas. Tienen montado un auténtico un circo por todo el lugar. Había una, de aspecto diabólico, que se atrevió a subirse a mi propia silla, junto al fuego, y se habría marchado de no haberla yo amenazado con atizador; entonces trepó por la cuerda de la campana alarma y desapareció allá arriba, por encima de las paredes o el techo; no pude verlo bien debido a la oscuridad.

—¡Dios nos asista! —exclamó la señora Witham— ¡Un viejo diablo, y sobre una silla junto al fuego! ¡Tenga cuidado, señor! ¡Tenga mucho cuidado! A veces hay cosas muy verdaderas que se dicen en broma.

—¿Qué quiere usted decir?

—¡Un viejo diablo! El viejo diablo, quizá. ¡Oh, señor no se ría usted! —pues Malcolmson había estallado una franca carcajada—. Ustedes, la gente joven, cree que es muy fácil reírse de cosas que hacen estremecer a los viejos. ¡Pero no importa, señor! ¡No haga caso! Quiera Dios que pueda usted continuar riendo todo el tiempo. ¡Eso es lo que le deseo!

Y la buena señora rebosó de nuevo alegre simpatía, olvidados por un momento todos sus temores.

—¡Oh, perdóneme! —dijo entonces Malcolmson—. No me juzgue descortés, es que la cosa me ha hecho gracia.... eso de que el viejo diablo en persona estaba anoche sentado en mi silla...

Y al recordarlo se rió de nuevo. Luego se fue a su casa a cenar.

Aquella noche el rumor de las ratas empezó más temprano; con toda seguridad se había iniciado ya antes de su regreso, y sólo dejó de oírse unos momentos mientras les duró el susto causado por su imprevista llegada. Después de cenar se sentó un momento junto al fuego a fumar y, tras limpiar la mesa, empezó de nuevo su trabajo como otras veces. Pero esa noche las ratas le distraían más que la anterior. ¡Cómo correteaban de arriba abajo, por detrás y por encima! ¡Cómo chillaban, roían y arañaban! ¡Y cómo, más atrevidas a cada instante, se asomaban a las bocas de sus agujeros y por todas las grietas y resquebrajaduras del zócalo, con sus ojillos brillantes como lámparas diminutas cuando se reflejaba en ellos el fulgor del fuego! Pero para el estudiante, habituado sin duda a ellos, esos ojos no tenían nada de siniestro; por el contrario, sólo veía en ellos un aire travieso y juguetón. A menudo, las más atrevidas hacían incursiones por el suelo o a lo largo de las molduras de la pared. Una y otra vez, cuando empezaban a molestarle demasiado, Malcolmson hacía un ruido para asustarlas, golpeaba la mesa con la mano o emitía un fiero «Ssssh, ssssh» para que huyesen inmediatamente a sus escondrijos.

Así transcurrió la primera mitad de la noche; luego, a pesar del ruido, Malcolmson fue sumergiéndose cada vez más en el estudio. De repente, alzó la vista, como la noche anterior, dominado por una súbita sensación de silencio. No se oía ni el más leve ruido de roer, chillar o arañar. Era un silencio de tumba. Entonces recordó el extraño suceso la noche anterior, e instintivamente miró a la silla que había junto a la chimenea. Una extraña sensación recorrió entonces todo su cuerpo.

Allá, al lado de la chimenea, en la gran silla de roble tallado de respaldo alto, estaba la misma enorme rata mirándole fijamente con unos ojos fúnebres y malignos. Instintivamente tomó el objeto que tenía más al alcance de su mano, unas tablas de logaritmos, y se la arrojó. El libro fue mal dirigido y la rata no se movió; a que tuvo que repetir la escena del atizador de la noche anterior; y de nuevo la rata, al verse estrechamente cercada, huyó trepando por la cuerda de la campana. También fue muy extraño que la fuga de esta rata fuese seguida inmediatamente por la reanudación de ruido de la comunidad. En esta ocasión, como en la precedente, Malcolmson no pudo ver por qué parte de estancia desapareció el animal, pues la pantalla de lámpara dejaba en sombras la parte superior de la habitación y el fuego brillaba mortecino.

Miró su reloj y observó que era casi medianoche, avivó el fuego y preparó una taza de té. Había trabajado perfectamente y se creyó merecedor de un cigarrillo; así pues, se sentó en la gran silla de roble tallado junto a la chimenea y fumó con delectación. Mientras lo hacía, empezó a pensar que le gusta saber por dónde lograba meterse el animal, ya que empezaba a acariciar la idea de poner en práctica al día siguiente algo relacionado con una ratonera. En previsión de ello, encendió otra lámpara y la colocó de forma que iluminase bien el rincón derecho que formaban la chimenea y la pared. Luego apiló todos los libros que tenía, colocándolos al alcance de la mano para arrojárselos al animal si llegaba el caso.

Finalmente, levantó la cuerda de la campana de alarma y colocó su extremo inferior encima de la mesa, pisándolo con la lámpara. Cuando tomó la cuerda en sus manos no pudo por menos que notar lo flexible que era, sobre todo teniendo en cuenta su grosor y el tiempo que llevaba sin usar. Se podría colgar a un hombre de ella, pensó. Terminados sus preparativos, miró a su alrededor y exclamó, satisfecho:

—¡Ahora, amiga mía, creo que vamos a vernos las caras de una vez!

Reanudó su estudio, y aunque al principio le distrajo el ruido, pronto se abandonó por completo a sus proposiciones y problemas. De nuevo fue reclamado por su alrededor. Esta vez no fue el repentino silencio lo que llamó su atención; había, además, un ligero movimiento de la cuerda, y la lámpara se tambaleaba. Sin moverse, comprobó que la pila de libros estuviese al alcance de su mano y luego deslizó su mirada a lo largo de la cuerda. Pudo observar que la gran rata se dejaba caer desde la cuerda a la silla de roble, se instalaba en ella y le contemplaba. Tomó un libro con la mano derecha y, apuntando cuidadosamente, se lo lanzó. La rata, con un rápido movimiento, saltó de costado y esquivó el proyectil. Tomó entonces un segundo y luego un tercero, y se los lanzó uno tras otro, pero sin éxito. Porfin, y en el momento en que se disponía a arrojarle un nuevo libro, la rata chilló y pareció asustada.

Esto aumentó su deseo de dar en el blanco; el libro voló, y alcanzó a la rata con un golpe resonante. El animal lanzó un chillido terrorífico y, echando a superseguidor una mirada de terrible malignidad, trepó por el respaldo de la silla, desde cuyo borde superior saltó hasta la cuerda de la campana de alarma, por la cual subió con la velocidad del rayo. La lámpara que sujetaba la cuerda se tambaleó bajo el repentino tirón, pero era pesada y no llegó a caerse. Malcolmson siguió a la rata con la mirada y la vio, gracias a la luz de la segunda lámpara, saltar a una moldura del zócalo y desaparecer por un agujero en uno de los grandes cuadros colgados de la pared, indescifrable bajo la espesa capa de polvo y suciedad.

Recogió los libros uno a uno, haciendo un comentario sobre ellos mientras iba leyendo sus títulos. Secciones cónicas ni lo rozó, ni tampoco Oscilaciones cicloideas,. ni los Principia, ni los Cuaternios, ni la Termodinámica. ¡Éste es el libro que la alcanzó! Malcolmson lo tomó del suelo y miró el título y, al hacerlo, se sobresaltó y una súbita palidez cubrió su rostro. Miró a su alrededor, inquieto, y se estremeció levemente mientras murmuraba para sí: ¡La Biblia que me dio mi madre! ¡Qué extraña coincidencia!

Volvió a sentarse y reanudó su trabajo; las ratas del zócalo volvieron a sus cabriolas. Sin embargo, ahora le molestaban; al contrario, su presencia le proporcionaba una cierta sensación de compañía. Pero no pudo concentrarse y después de intentar inútilmente dominar el tema que tenía entre manos, lo dejó con desesperación y fue a acostarse, justo cuando el primer resplandor del amanecer penetraba furtivamente por la ventana que daba al este. Durmió pesadamente pero inquieto, y soñó mucho cuando le despertó la señora Dempster, ya muy entrada la mañana, su aspecto era de haber descansado mal, durante algunos minutos no pareció darse cuenta exacta de dónde se encontraba. Su primer encargo sorprendió bastante a la criada.

—Señora Dempster, cuando me ausente hoy de casa quiero que coja la escalera, saque el polvo y limpie bien todos esos cuadros.... especialmente el tercero a partir de la chimenea. Quiero ver qué hay en ellos.

Hasta bien entrada la tarde estuvo Malcomson estudiando a la sombra de los árboles; a medida que transcurría el día notó que sus asimilaciones mejoraban progresivamente y fue volviendo al alegre optimismo del día anterior. Ya había conseguido solucionar satisfactoriamente todos los problemas que hasta entonces le habían eludido, y se encontraba en un estado tal de euforia que decidió hacer una visita a la señora Witham en El Buen Viajero. La encontró en su confortable cuarto de estar, acompañada por un desconocido que le fue presentado como el doctor Thornhill. La mujer no parecía hallarse totalmente a gusto, y esto, unido a que el hombre se lanzó de inmediato a hacerle toda una serie de preguntas, hizo pensar a Malcolmson que la presencia del doctor no era casual, así que dijo sin ambages:

—Doctor Thornhill, contestaré gustosamente cualquier pregunta que quiera hacerme, si primero me contesta usted a una que deseo hacerle yo.

El doctor pareció sorprenderse, pero sonrió y respondió al momento:

—¡De acuerdo! ¿De qué se trata?

—¿Le pidió a usted la señora Witham que viniera aquí a verme y aconsejarme?

El doctor Thornhill, se mostró por un momento desconcertado, y la señora Witham enrojeció vivamente y volvió la cara hacia otro lado; sin embargo, el doctor era un hombre sincero e inteligente y no dudó en contestar con franqueza:

—Así fue, en efecto, pero no quería que usted se enterase. Supongo que han sido mi torpeza y mi apresuramiento los que le han hecho sospechar. Pero en fin, lo que me dijo fue que no le gustaba la idea de que estuviese usted en esa casa completamente solo, y tomando tanto té y tan cargado. Deseaba que yo le aconsejase que dejara el té y no se quedara a estudiar hasta tan tarde. Yo también fui un buen estudiante en mis tiempos, y por ello espero que me permita tomarme la libertad de darle un consejo sin ánimo de ofenderle, puesto que no le hablo como un extraño, sino como un universitario puede hablarle a otro.

Malcolmson le tendió la mano con una radiante sonrisa.

—¡Choque esos cinco!, como dicen en América. Le agradezco su interés, y también a la señora Witham; y su amabilidad me obliga a pagarles en la misma moneda. Prometo no volver a tomar té cargado, ni sin cargar, hasta que usted me autorice Y esta noche me iré a la cama a la una de la madrugada lo más tarde. ¿De acuerdo?

—Estupendo. Y ahora cuénteme usted todo lo que ha visto en el viejo caserón.

Malcomson relató con todo detalle lo sucedido en las dos últimas noches. Fue interrumpido de vez en cuando por las exclamaciones de la señora Witham hasta que finalmente, al llegar al episodio de la Biblia toda la emoción reprimida de la mujer halló salida en un tremendo alarido, y hasta que no se le administró un buen vaso de coñac no se repuso. El doctor Thornhill lo escuchó todo con expresión de creciente gravedad, y cuando el relato llegó a su fin y la señora Witham quedó tranquila preguntó:

—¿La rata siempre trepa por la cuerda de la campana de alarma?

—Sí, siempre.

—Supongo que ya sabrá usted —dijo el doctor tras una pausa— qué es esa cuerda.

—¡No!

—Es la misma que utilizaba el verdugo para ahorcar a las víctimas del cruel juez.

Al llegar a este punto fue interrumpido de nuevo por otro grito de la señora Witham, y hubo que poner otra vez en juego los medios para que volviera a recobrarse. Malcolmson tras consultar su reloj, observó que ya era casi hora de cenar y se marchó a su casa tan pronto como ella se hubo recobrado. Cuando la señora Witham volvió totalmente en sí, asaetó al doctor Thornhill con coléricas preguntas acerca de qué pretendía metiendo aquellas horribles ideas en la cabeza del pobre joven.

El doctor Thornhill respondió:

—¡Mi querida señora, mi propósito es bien distinto! Lo que yo quería era atraer su atención hacia la cuerda de la campana y mantenerla fija allí. Es posible que se halle en un estado de gran sobreexcitación, por haber estudiado demasiado o por lo que sea, pero de todas formas me veo obligado a reconocer que parece un joven tan sano y fuerte mental y corporalmente como el que más. Pero luego están las ratas..., y esa sugerencia del diablo. Me habría ofrecido a ir a pasar la noche con él, pero estoy seguro de que eso le hubiera humillado. Parece que por la noche sufre algún tipo de extraño terror o alucinación, y de ser así deseo que tire de esa cuerda. Como está completamente solo, eso nos servirá de aviso y podremos llegar hasta él a tiempo aún de serle útiles. Esta noche me mantendré despierto hasta muy tarde y tendré los oídos bien abiertos. No se alarme usted, señora Witham, si Benchurch recibe una sorpresa antes de mañana.

—Oh, doctor, ¿qué quiere usted decir?

—Exactamente esto: es muy posible, o mejor dicho probable, que esta noche oigamos la gran campana de alarma de la Casa del Juez.

Y el doctor hizo un mutis tan efectista como cabía esperar.

—Ya tiene allí demasiadas preocupaciones —añadió.

Cuando Malcomson llegó a la casa descubrió que era un poco más tarde que de costumbre y que la señora Dempster ya se había marchado: las reglas de la Casa de Caridad Greenhow no eran de desdeñar. Se alegró mucho de ver que el lugar estaba limpio y reluciente, alegre fuego ardía en la chimenea y la lámpara esta bien despabilada.

La tarde era muy fría para el mes abril, y soplaba un pesado viento con una violencia que crecía tan rápidamente que podía esperarse una buena tormenta para la noche. El ruido que hacían las ratas cesó durante unos pocos minutos tras su llegada, pero tan pronto como se volvieron a acostumbrar a su presencia lo reanudaron. Se alegró de oírlas, y una vez más notó que en su bullicioso rumor había algo que le hacía sentirse acompañado. Sus pensamientos retrocedieron hasta el extraño hecho de que las ratas sólo dejaban de manifestarse cuando aquella otra rata (la gran rata de ojillos fúnebres) entraba en escena.

Sólo estaba encendida la lámpara de lectura, cuya pantalla verde mantenía en sombras el techo y la parte superior de la estancia, de tal modo que la alegre y rojiza luz de la chimenea se extendía cálida y agradable por el pavimento, brillaba sobre el blanco mantel que cubría la mesa. Malcomson se sentó a cenar con buen apetito y espíritu alegre. Después de cenar y fumar un cigarrillo se entregó firmemente a su trabajo, decidido a que nada le distrajese pues recordaba la promesa hecha al doctor y quería aprovechar de la mejor manera posible el tiempo de que disponía.

Durante más de una hora trabajó sin problemas, luego sus pensamientos empezaron a desprenderse de los libros y a vagabundear por su cuenta. Las actuales circunstancias en las que se hallaba y la llamada de atención sobre su salud nerviosa no eran algo que pudiera despreciar. Por aquel entonces, el viento se había convertido ya en un vendaval, y el vendaval en una tormenta. La vieja casa, pese a su solidez, parecía estremecerse desde sus cimientos, y la tormenta rugía y bramaba a través de las múltiples chimeneas y los viejos gabletes, produciendo extraños y aterradores sonidos en los pasillos y las estancias vacías. Incluso la gran campana de alarma del tejado debía de estar sufriendo los embates del viento, pues la cuerda subía y bajaba levemente, como si la campana estuviera moviéndose un poco, y el extremo inferior de la flexible cuerda azotaba el suelo de roble con un ruido duro y hueco.

Al escucharlo, Malcomson recordó las palabras del doctor. Se acercó al rincón de la chimenea y la tomó entre sus manos para contemplarla. Parecía sentir como una especie de morboso interés por ella, y mientras la estaba observando se perdió un momento en conjeturas sobre quiénes habrían sido esas víctimas y sobre el lúgubre deseo del juez de tener siempre ante su vista una reliquia tan macabra. Mientras permanecía allí, el suave balanceo de la campana del tejado había seguido comunicando a la cuerda cierto movimiento, pero ahora, de pronto, empezó a notar una nueva sensación, una especie de temblor en la cuerda, como si algo se estuviera moviendo a lo largo de ella.

Levantó instintivamente la vista y vio a la enorme rata que, lentamente, bajaba hacia él mirándole con fijeza. Soltó la cuerda y retrocedió con brusquedad, mascullando una maldición; la rata dio la vuelta, trepó de nuevo por la cuerda y desapareció; y en ese instante Malcolmson se dio cuenta de que el ruido de las ratas, que había cesado hacía un momento, volvía a comenzar.

Todo esto le dejó pensativo; entonces recordó que no había investigado la madriguera de la rata ni mirado los cuadros como había pensado hacer. Encendió la otra lámpara, que no tenía pantalla, y levantándola se situó frente al tercer cuadro a la derecha de la chimenea, que era por donde había visto desaparecer a la rata la noche anterior.

A la primera ojeada retrocedió, tan bruscamente sobresaltado que casi dejó caer la lámpara, y una mortal palidez cubrió sus facciones. Sus rodillas entrechocaron, pesadas gotas de sudor perlaron su frente, y tembló como un álamo. Pero era joven y animoso, y consiguió armarse nuevamente de valor; tras una pausa de unos segundos avanzó lentamente unos pasos, alzó la lámpara y examinó el cuadro, que una vez desempolvado y limpio era ya claramente distinguible.

Era el retrato de un juez vestido de púrpura y armiño. Su rostro era fuerte y despiadado, maligno, vengativo y astuto, con una boca sensual y una nariz ganchuda de rojizo color y forma semejante al pico de un ave de presa. El resto de la cara era de un color cadavérico. Los ojos, de un brillo peculiar, tenían una expresión terriblemente maligna. Contemplándolos, Malcomson sintió frío, pues en ellos vio una réplica exacta a los ojos de la enorme rata. Casi se le cayó la lámpara de la mano cuando vio a ésta mirándole con sus ojillos fúnebres desde el agujero de la esquina del cuadro y notó el repentino cese del ruido de las demás. Pese a ello, volvió a reunir todo su valor y continuó examinando la pintura.

El juez estaba sentado en una gran silla de roble tallado de respaldo alto, a la derecha de una chimenea de piedra junto a la cual colgaba desde el techo una cuerda que yacía con su extremo inferior enrollado en el suelo. Con una sensación de horror, Malcomson reconoció en esa escena la habitación donde se hallaba ahora, y miró despavorido a su alrededor, como esperando hallar alguna extraña presencia a su espalda. Luego volvió a dirigir su mirada al rincón que formaba la chimenea lanzando un grito desgarrado, dejó caer la lámpara que llevaba en la mano.

Allí, en la silla del juez, con la cuerda colgando tras ella, se había instalado aquella enorme rata que tenía la misma fúnebre mirada que éste, ahora diabólicamente intensa. Excepto el ulular de la tormenta, todo mantenía un completo silencio. La lámpara caída hizo que Malcolmson volviera a la realidad. Por fortuna, era de metal y el aceite no se derramó. Sin embargo, la necesidad de recogerla de inmediato serenó sus aprensiones nerviosas. Cuando hubo apagado la lámpara se secó el sudor y meditó un momento.

—Esto no puede ser —se dijo en voz alta—. Si sigo así voy a volverme loco. ¡Basta ya!Prometí al doctor que no tomaría té. ¡Por Dios que tenía razón! Mis nervios han debido llegar a un estado terrible. Es curioso que yo no lo note. Nunca en mi vida me he encontrado mejor. Pero ahora todo vuelve a ir bien, no volveré a comportarme como un necio.

Se preparó un buen vaso de brandy y se sentó resueltamente para proseguir su estudio. Llevaba así cerca de una hora cuando levantó la vista del libro, atraído por el súbito silencio. Sin embargo, el viento ululaba y rugía más fuerte que nunca, y la lluvia golpeaba en ráfagas los cristales de las ventanas como si fuera granizo; en el interior de la casa, sin embargo, no se oía nada, excepto el eco del viento bramando por la gran chimenea como un arrullo de la tormenta. El fuego casi se había apagado; ardía ya sin llama, arrojando sólo un resplandor rojizo.

Escuchó con atención, y entonces oyó un tenue y chirriante ruido, casi inaudible. Provenía del rincón de la estancia donde colgaba la cuerda, y el estudiante pensó que debía de producirlo el roce de la cuerda contra el suelo cuando el balanceo de la campana la hacía subir y bajar. Sin embargo, al mirar hacia allí, observó sorprendido que la rata, agarrada a la cuerda, la estaba royendo. La cuerda estaba ya casi roída por entero; se podía ver un color más claro en el punto donde las hebras internas habían quedado al descubierto. Mientras observaba, la tarea quedó completada y la cuerda cayó con un chasquido sobre el piso de roble, al tiempo que, por un instante, la gran rata permanecía colgada, como una monsruosa borla o campanilla, del cabo superior, que empezó a balancearse a uno y otro lado.

Sintió por un momento otra oleada brusca de terror al darse cuenta de que la posibilidad de comunicarse con el mundo exterior y pedir auxilio había quedado cortada, pero este sentimiento fue reemplazado en seguida por una intensa cólera y, agarrando el libro que estaba leyendo, lo arrojó contra la rata. El tiro iba bien dirigido, pero antes de que el proyectil pudiera alcanzarla, la rata se dejó caer y aterrizó en el suelo con un blando ruido. MalcoImson se abalanzó al instante sobre ella, pero el animal salió disparado y desapareció en las sombras de la estancia.

Comprendió que el estudio había terminado, al menos por aquella noche, y decidió alterar la monotonía de su vida con una cacería de ratas. Retiró la pantalla de la lámpara para conseguir un mayor radio de acción de la luz. Al hacerlo, se disiparon las tinieblas de la parte superior de la estancia, y ante aquella invasión de luz, cegadora en comparación con la oscuridad anterior, los cuadros de la pared destacaron limpiamente. Desde donde estaba Malcomson pudo ver, justo frente a él, el tercero a la derecha de la chimenea. Se frotó con sorpresa los ojos, y luego un gran miedo empezó a invadirle. En el centro del cuadro había un espacio vacío, grande e irregular, en el que se veía el lienzo pardo tan limpio como cuando fue colocado en el bastidor. El fondo del cuadro estaba como antes, con la silla, el rincón de la chimenea y la cuerda, pero la figura del juez había desaparecido.

Estremecido de terror, fue girando lentamente, y entonces empezó a temblar como afectado por un ataque de parálisis. Sus fuerzas parecían haberle abandonado, dejándole incapaz de hacer el menor movimiento, incluso casi incapaz de pensar. Sólo podía ver y oír. Allí, en la gran silla de roble de alto respaldo, estaba sentado el juez, con su atuendo de púrpura y armiño, los fúnebres ojos brillando vengativos, una sonrisa de triunfo en la boca, firme y cruel, mientras sostenía en sus manos un negro birrete.

Malcomson notó que la sangre huía de su corazón, como lo que se siente en los momentos de prolongada ansiedad. Le silbaban los oídos. Sin embargo, podía oír el bramar y el aullar de la tempestad y, atravesándola, deslizándose sobre ella, le llegaron las campanadas de medianoche, en grandes repiques, desde la plaza del mercado. Durante un tiempo que se le antojó interminable permaneció inmóvil como una estatua, casi sin respiración, con los ojos desorbitados, heridos de horror.

A medida que iba sonando el reloj se intensificaba la sonrisa de triunfo en la cara del juez, y cuando hubo sonado la última campanada de medianoche se colocó el negro birrete en la cabeza. Lenta, deliberadamente, el juez se levantó de su asiento y tomó el trozo de cuerda que yacía en el suelo, lo palpó con sus manos como si su contacto le produjese placer, y luego empezó a anudar uno de sus extremos. Apretó y comprobó el nudo con el pie, tirando fuertemente de él hasta quedar satisfecho, y entonces lo transformó en un nudo corredizo, que alzó en su mano. Después empezó a moverse a lo largo de la mesa, por el lado opuesto a donde se encontraba Malcomson, con la mirada fija en él, hasta que le rebasó; entonces, con un rápido movimiento, se colocó ante la puerta.

Malcomson empezó a darse cuenta en ese momento de que había caído en una trampa, e intentó pensar qué debía hacer. Había cierta fascinación en los ojos del juez que no se apartaban de él, y cuya mirada se veía forzado a sostener. Vio que el juez se le aproximaba (sin dejarde mantenerse entre la puerta y el joven), levantaba el lazo y lo arrojaba en su dirección, como para capturarle. Con un gran esfuerzo hizo un rápido movimiento lateral y vio cómo la cuerda caía a su lado y la oyó golpear contra el suelo de roble. De nuevo levantó el nudo el juez y trató de cazarle, sin apartar sus fúnebres ojos de él, y el estudiante consiguió evitarlo haciendo un poderoso esfuerzo. Esto se repitió muchas veces, sin que el juez pareciera desanimarse por sus fracasos, sino más bien gozar con ellos, como un gato con un ratón. Por fin, en la cumbre de su desesperación, Malcomson arrojó una rápida mirada a su alrededor. La lámpara parecía reavivada y una brillante luz inundaba la estancia. En las numerosas madrigueras y en las grietas y agujeros del zócalo vio los ojos de las ratas; y esta visión, puramente física, le proporcionó un destello de bienestar. Miró y pudo darse cuenta de que la cuerda de la gran campana de alarma estaba plagada de ratas. Cada centímetro estaba cubierto de ellas, cada vez salían más a través del pequeño agujero circular del techo de donde emergían, de tal modo que, bajo su peso, la campana empezaba a oscilar.

Osciló hasta que el badajo llegó a tocarla. El sonido fue muy tenue, pero apenas había comenzado su vaivén, y poco a poco iría aumentando la potencia del tañido.

Al oírlo, el juez, que había mantenido los ojos fijos en Malcomson, los levantó, y un gesto de diabólica ira contrajo su rostro. Sus ojos relucieron como carbones encendidos y golpeó el suelo con el pie, haciendo un ruido que pareció estremecer toda la casa. El pavoroso estruendo de un trueno estalló sobre sus cabezas al mismo tiempo que el juez volvía a levantar el lazo y las ratas seguían subiendo y bajando por su cuerda, como si luchasen contra el tiempo. Pero esta vez, en lugar de arrojarlo, se fue acercando a su víctima, y fue abriendo el lazo a medida que se aproximaba. Al llegar frente al estudiante pareció irradiar algo paralizante con su sola presencia, y Malcomson, permaneció rígido como un cadáver. Sintió sobre su garganta los helados dedos del juez mientras éste le ajustaba el lazo. El nudo se apretó. Entonces el juez, tomando en sus brazos el rígido cuerpo del muchacho, lo levantó, colocándolo en pie sobre la silla de roble y, subido junto a él, alzó su mano y cogió el extremo de la oscilante cuerda de la campana de alarma. Al alzar la mano, las ratas huyeron, chillando, por el agujero del techo. Tomando el extremo del lazo que rodeaba el cuello de Malcomson, lo ató a la cuerda que colgaba de la campana y entonces, descendiendo de nuevo al suelo, quitó la silla.

Al comenzar a sonar la campana de alarma de la Casa del Juez se congregó de inmediato un gran gentío. Aparecieron luces y antorchas y, silenciosamente, la multitud se encaminó presurosa hacia allí. Golpearon fuertemente la puerta, pero nadie respondió.

Entonces la echaron abajo y penetraron en el gran comedor; el doctor iba a la cabeza de todos. El cuerpo del estudiante se balanceaba del extremo de la cuerda de la gran campana de alarma; en el cuadro, el rostro del juez mostraba una sonrisa maligna.