jueves, 7 de febrero de 2019

El señor Humphreys y su herencia. M.R. James (1862-1936)

Hace unos quince años, un día de últimos de agosto o primeros de septiembre llegaba el tren a Wilsthorpe, estación rural del este de Inglaterra. Junto con otros viajeros descendió un joven más bien alto y de aspecto agradable, con una bolsa de mano y unos cuantos documentos atados en un paquete. Por la manera de mirar en torno suyo se diría que esperaba encontrar a alguien a su llegada, y en efecto, le esperaban. El jefe de estación inició uno o dos pasos presurosos hacia él, pero luego, como cambiando de parecer, dio media vuelta y le hizo señas a un señor gordo y pomposo de barba redonda que escudriñaba el tren con cierto aturullamiento.

—Señor Cooper —gritó—, señor Cooper, creo que ése es el joven que usted espera —y a continuación, dirigiéndose al viajero que se había apeado, preguntó—: ¿Es usted el señor Humphreys, por favor? Espero que haya hecho bien el viaje. Un coche de la residencia recogerá su equipaje; aquí está el señor Cooper, a quien seguramente conoce.

El señor Cooper se acercó presuroso, luego se quitó el sombrero y le estrechó la mano.

—Me alegro muchísimo —dijo— de poder hacerme eco de las amables palabras del señor Palmer. Habría sido el primero en expresarle mi satisfacción, pero su cara no me era familiar, señor Humphreys. Quede su llegada a nuestro pueblo marcada como un día en rojo sobre el calendario.

—Muchas gracias, señor Cooper, por sus amables deseos —dijo Humphreys—, y a usted también, señor Palmer. Confío en que este cambio de..., esto..., de propietario (cosa que les había debido de afectar mucho, estoy seguro) no supondrá ningún detrimento para aquellos con quienes voy a tener que relacionarme.

Creyendo que sus palabras no iban por buen camino, se detuvo, e intervino el señor Cooper:

—En ese sentido puede usted quedar tranquilo, señor Humphreys. Le puedo asegurar, por mi parte, que será bien recibido en todas partes. Y en cuanto a eso de que pueda perjudicar a la vecindad el cambio de propietario, bueno, su tío...

Aquí el señor Cooper se interrumpió también, puede que obedeciendo a una voz interior, o porque el señor Palmer, tras carraspear ruidosamente, le pidió al señor Humphreys su billete. Salieron los dos hombres de la estación y, a sugerencia del señor Humphreys, se dirigieron a pie a casa del señor Cooper, donde les esperaba una ligera colación. La relación que existía entre uno y otro personaje puede resumirse en pocas líneas. Humphreys había heredado —de la manera más inesperada— la propiedad de su tío; pero ni a su tío ni a la finca los había visto en su vida.

Estaba solo en el mundo; era hombre de buena disposición y de carácter amable, y su empleo en una oficina del Estado durante los últimos cuatro o cinco años no le había servido de mucho para emprender una vida de rico hacendado. Era estudioso y algo retraído, y había pocas cosas que le sacaran de casa, si no era el golf y la jardinería. Hoy venía por primera vez a Wilsthorpe a visitar al señor Cooper, el administrador, y a hablar con él de ciertos asuntos que requerían inmediata atención. Podría preguntarse uno cómo es que era ésta su primera visita. ¿Acaso no debía haber asistido por decoro al entierro de su tío? La respuesta no es difícil de averiguar; en el momento en que ocurrió la muerte estaba fuera de la ciudad, y no fue posible dar inmediatamente con su paradero.

Así que aplazó su viaje a Wilsthorpe hasta que le tuvieran dispuestas todas las cosas. Y aquí le tenemos ahora en casa del señor Cooper, sentado frente a él, tras haber estrechado la mano de las sonrientes señora y señorita Cooper. Durante los minutos que precedieron al anuncio de que la merienda estaba servida, estuvieron reunidos en el salón, acomodados en sendos sillones primorosos; Humphreys, por su parte, se limitaba a sudar con paciencia, consciente de que estaba siendo objeto de un inventario.

—Como le decía, señor Humphreys —dijo el señor Cooper—, espero y confío en que su llegada a este pueblo quede señalada en rojo sobre el calendario.

—Pues claro que sí, de eso estoy segura —dijo la señora Cooper con animación—; y muchos, muchos días más.

La señorita Cooper murmuró unas cuantas palabras en el mismo sentido, y Humphreys sugirió bromeando que, puestos a eso, podrían pintar de rojo todos los días del calendario; broma que, a pesar de reírsela estrepitosamente no la entendieron del todo. Acto seguido se dispusieron a merendar.

—¿Conoce usted esta región, señor Humphreys? —preguntó la señora Cooper, tras un corto silencio. Era la mejor manera de empezar.

—No, siento tener que confesar que no —dijo Humphreys—; parece muy agradable, a juzgar por lo que he podido observar cuando venía en tren.

—Es una parte muy agradable. A decir verdad, no conozco ninguna provincia que la supere en cuanto al campo; y en cuanto a la gente, tampoco. Siempre están ideando cosas. Y es una lástima que haya llegado tarde para asistir a alguna de nuestras mejores fiestas, señor Humphreys.

—Me temo que sí. ¡Es una lástima! —dijo Humphreys con un suspiro de alivio; luego, comprendiendo que era mejor disipar definitivamente ese tema, añadió:— de todos modos, señora Cooper, aunque hubiese llegado a tiempo, me habría sido imposible asistir, ¿no cree? La muerte de mi pobre tío...

—¡Válgame Dios, señor Humphreys, por supuesto que sí! ¡Qué estúpida soy! —el señor y la señorita Cooper secundaron sus palabras con gestos de asentimiento—.Cuánto lo siento, le ruego que me perdone. ¿Qué habrá pensado usted?

—Nada en absoluto, señora Cooper, se lo aseguro. Hablando sinceramente, no puedo decir que la muerte de mi tío me haya afectado hondamente, porque no lo había visto nunca. Lo que quiero decir es que no se espera de mí que tome parte en esa clase de festejos, al menos durante unos días.

—Bueno, verdaderamente, es muy amable de su parte tomarlo de esa manera, señor Humphreys, ¿verdad, George? ¿Me perdona? ¡Vaya por Dios, conque no llegó a conocer al pobre anciano señor Wilson!

—No le llegué a ver en mi vida, ni he recibido nunca carta suya. A propósito, ustedes sí que tienen que perdonarme a mí. Todavía no les he dado las gracias, salvo por carta, por la molestia que se han tomado en buscarme servidumbre para la casa.

—No tiene ninguna importancia, señor Humphreys, se lo aseguro. Creo que quedará satisfecho con ella. Conocemos desde hace años a la pareja que hemos contratado para mayordomo y ama de llaves; son un honrado matrimonio. Y estoy segura de que mi marido puede responder por los criados que atienden los establos y jardines.

—Sí, señor Humphreys, son buena gente. El jefe jardinero es el único que queda del tiempo del señor Wilson. A la mayoría de los empleados, como sin duda sabrá ya por el testamento, les ha legado algo su antiguo señor, de manera que han dejado sus puestos, y lo que dice mi mujer: el ama de llaves y el mayordomo son personas capaces de prestarle toda clase de servicios.

—Así que todo está dispuesto para que pase usted a ocupar la casa hoy mismo, señor Humphreys, de acuerdo con lo que a mí me pareció entender que eran sus deseos —dijo la señora Cooper—. Todo, salvo la compañía, pero eso no se puede remediar. Nosotros hemos pensado que su intención era instalarse inmediatamente en ella. De lo contrario, estoy segura de que comprenderá el placer que nos habría producido tenerle aquí con nosotros.

—Estoy convencido de ello, señora Cooper, y se lo agradezco mucho. Pero confieso que es mejor que me haga cargo inmediatamente. Estoy acostumbrado a vivir solo, y tengo asuntos de sobra en que ocupar las tardes (revisar documentos y libros y demás) durante algún tiempo. He pensado que si pudiera usted, señor Cooper, acompañarme a inspeccionar la casa y los terrenos esta misma tarde...

—Por supuesto, por supuesto, señor Humphreys. Mi tiempo es suyo hasta la hora que sea.

—Hasta la hora de la cena querrás decir, papá —dijo la señorita Cooper—. No olvides que tienes que ir a casa de los Brasnetts. ¿Tienes todas las llaves del jardín?

—¿Es usted experta en jardinería, señorita Cooper? —preguntó Humphreys—. Me gustaría que me dijera qué tal está el de la casa.

—Bueno, yo no entiendo de alta jardinería, señor Humphreys, me gustan las flores... El jardín de la casa podría ser maravilloso, lo he dicho muchas veces. Pero resulta muy anticuado tal como está, y tiene demasiado matorral. Además, tiene un viejo templo y un laberinto.

—¿De veras? ¿Y lo ha explorado alguna vez?

—¡Nooo! —dijo la señorita Cooper, metiendo los labios para adentro y moviendo la cabeza negativamente—. Siempre he soñado hacerlo, pero el viejo señor Wilson lo tenía cerrado con llave. No le habría permitido entrar ni a lady Wardrop (una señora que vive cerca de aquí, en Bentley, y que es experta en alta jardinería, por si le interesa). Por eso le preguntaba a mi padre si tiene todas las llaves.

—Comprendo. Bueno, evidentemente, tendré que ocuparme de eso; yo se lo enseñaré, una vez que haya aprendido el camino.

—¡Oh, muchas gracias, señor Humphreys! Entonces me podré reír de la señorita Foster, la hija de nuestro párroco; es una chica muy simpática; ahora está fuera de vacaciones. Siempre hemos estado apostando ella y yo a ver quién era la primera en entrar en el laberinto.

—Creo que las llaves del jardín están en la casa —dijo el señor Cooper, que había estado revisando un gran manojo—. En la biblioteca hay unas cuantas. Bueno, señor Humphreys, si está dispuesto, podemos despedirnos de las mujeres y emprender nuestra pequeña inspección.

Al salir de la casa del señor Cooper, Humphreys tuvo que hacer frente no a una manifestación organizada, aunque sí a una infinidad de saludos —sombrero en mano— y miradas curiosas de los hombres y mujeres que se habían congregado en número sorprendentemente crecido. Más adelante, tuvo que cambiar unas palabras con la mujer del guarda al cruzar la entrada del parque, y con el guarda propiamente dicho, a quien encontraron por la alameda del parque. No puedo, sin embargo, entretenerme en consignar los detalles del trayecto. Mientras atravesaban la media milla que había entre la casa del guarda y el edificio principal, Humphreys tuvo ocasión de hacerle a su acompañante unas cuantas preguntas, las cuales encauzaron la conversación hacia su difunto tío, y poco después el señor Cooper se embarcó en una disertación.

—No deja de ser chocante pensar, como decía mi mujer hace un momento, que no haya llegado a conocer a nuestro antiguo señor. De todos modos, confío en que no interpretará mal mis palabras, señor Humphreys, si le digo que no habría congeniado mucho con él. No pretendo decir una sola palabra de crítica..., ni una sola. Lo único que quiero es informarle de cómo era —dijo el señor Cooper, deteniéndose súbitamente y clavando los ojos en Humphreys—. Y se lo puedo resumir en dos palabras, como se suele decir. Era un hombre enfermizo y aprensivo. Eso lo describe cabalmente. Eso es lo que era: un hipocondríaco. Nunca tomó parte en lo que hacían los demás. Ya me tomé la libertad de enviarle, creo, el recorte de un artículo de nuestro periódico local, que publiqué con ocasión de su muerte. Si no recuerdo mal, ésa es la imagen que todos tenían de él. Pero, por favor, señor Humphreys —prosiguió Cooper, dándole expresivas palmaditas en el pecho—, no vaya usted a creer que hablo por hablar; lo que digo es la verdad, la pura verdad, sobre lo que le ocurría a su respetado tío y antiguo señor mío. Era honrado a carta cabal, señor Humphreys, y claro como la luz del día, y liberal en todos los aspectos. Tenía el corazón sensible y la mano abierta. Pero mire usted, tenía un handicap; su desventurada salud, o para ser más exactos, su falta de salud.

—Sí, pobre hombre. ¿Sufría alguna dolencia antes de su última enfermedad, que, por lo que veo, no fue otra cosa que la edad?

—Eso nada más, señor Humphreys, eso, y nada más. Es la llama vacilante que va extinguiéndose lentamente —dijo Cooper, haciendo un gesto que a él le pareció muy apropiado—, la fuente de oro que deja gradualmente de vibrar. En cuanto a su segunda pregunta, debo darle una respuesta negativa. ¿Era una falta general de vitalidad?, sí; ¿sufría alguna dolencia en especial?, no, a menos que tengamos en cuenta la horrible tos que le daba. Mire, ya estamos. Una hermosa mansión, ¿no le parece?

En general, merecía tal epíteto, pero tenía unas proporciones extrañas; era un edificio alto, de ladrillo rojo, rematado por arriba con un antepecho que ocultaba casi enteramente el tejado. Hacía el efecto de un edificio urbano en medio del campo; tenía basamento y un imponente tramo de escaleras que subían hasta la entrada principal. A juzgar por su altura, parecía pedir sendas alas a cada lado, pero no las tenía. Los establos y demás dependencias estaban ocultas entre los árboles. Humphreys calculó que databa de 1770, más o menos. El maduro matrimonio que había contratado para mayordomo y cocinera ama de llaves, respectivamente, aguardaba en la entrada principal, y al llegar el nuevo amo abrieron las puertas.

Humphreys sabía ya cómo se llamaban, eran los Calton. De los pocos minutos de conversación que sostuvo con ellos sacó una impresión favorable en cuanto a aspecto y modales. Se puso de acuerdo con Calton para revisar juntos la vajilla y visitar la bodega, y con su mujer para tratar de la ropa blanca, sábanas y demás, lo que había y lo que hacía falta. Luego, él y Cooper dejaron a los Calton un momento y empezaron a pasar revista a la casa. Su topografía no tiene interés alguno para esta historia. Encontró a su gusto las amplias habitaciones de la planta baja, especialmente la biblioteca, que era casi tan espaciosa como el comedor y tenía tres altas ventanas de cara al Este. El dormitorio que le habían destinado a Humphreys estaba situado justamente encima de la biblioteca. Había muchos cuadros antiguos, algunos francamente buenos.

No había un solo mueble que fuera nuevo, y apenas encontró libros publicados después de los setenta. Tras escuchar y verlos pocos cambios que su tío había introducido en la casa, y después de contemplar el gran retrato suyo que adornaba el salón, Humphreys se vio obligado a coincidir con Cooper en que no habría simpatizado mucho con su predecesor. Le entristecía el hecho de no sentir dolor —dolebat se dolere non posse— por la muerte del hombre que, con o sin afecto hacia su desconocido sobrino, había contribuido tanto a su bienestar, porque presentía que Whilsthorpe era un lugar donde podría vivir feliz, y hasta muy feliz, quizá, con su biblioteca.

Y ya era hora de ir a echar una mirada al jardín; los establos vacíos podían aguardar, lo mismo que el lavadero. Así que se dirigieron al jardín, donde no tardó en comprobar que la señorita Cooper estaba en lo cierto al decir que tenía posibilidades. Y también que el señor Cooper había hecho bien en conservar al jardinero. Puede que no, que el difunto señor Wilson no estuviera al tanto de las últimas ideas sobre jardinería; pero, evidentemente, todo lo que habían hecho se realizó bajo la dirección de un hombre que sabía lo que hacía; y tanto el conjunto como la variedad eran excelentes. Cooper disfrutaba viendo lo complacido que se mostraba Humphreys y las sugerencias que de cuando en cuando manifestaba.

—Veo que ha encontrado aquí su elemento, señor Humphreys; usted convertirá este lugar en un señorío antes de que pasen por nosotros muchos años. Cómo me gustaría que estuviera aquí Clutterham, el jardinero; desde luego, lo estaría, si no fuera porque, como ya le he dicho, tiene a su hijo con fiebre; ¡pobre muchacho! Quisiera que le oyese cantar las alabanzas de la finca.

—Sí, ya me ha dicho usted que no podría estar aquí hoy, y siento que sea por esa causa, pero ya tendremos tiempo de sobra por la mañana. ¿Qué es aquel edificio blanco que se ve allá arriba, al final de la cuesta del paseo de césped? ¿Es el templo del que hablaba su hija?

—El mismo, señor Humphreys, el «templo de la amistad». Está construido con mármol traído expresamente de Italia por el abuelo de su difunto tío. ¿Quiere que demos un paseo hasta allá? Desde aquel sitio se domina una maravillosa perspectiva del parque.

En conjunto, recordaba bastante el «templo de la sibila», de Tívoli, con el aditamento de una cúpula, aunque era bastante pequeño. En el muro había adosados antiguos relieves sepulcrales; todo, en fin, tenía el agradable sabor de los rincones de Europa. Cooper sacó la llave y abrió la pesada puerta, no sin cierta dificultad. El interior tenía un techo elegante, pero escaso mobiliario. Casi todo el suelo estaba ocupado por una serie de bloques de piedra de forma circular, cada una de las cuales tenía profundamente grabada una letra en su cara superior, ligeramente convexa.

—¿Qué significado tienen? —preguntó Humphreys.

—¿Significado? Bueno, según tenemos nosotros entendido, cada cosa tiene su finalidad, señor Humphreys; así que supongo que estos bloques tendrán la suya también, sea la que sea. Pero cuál es o era esa finalidad —aquí adoptó Cooper un aire doctoral—, es cosa que no sabría explicarle. Todo lo que sé puedo resumírselo en dos palabras, y es lo siguiente: que estaban en el laberinto, y su tío las trasladó aquí en una época en que yo aún no había entrado a su servicio. Eso es, señor Humphreys, lo que...

—¡Ah, el laberinto! —exclamó Humphreys—. Se me había olvidado. ¿Dónde está? Cooper le llevó a la puerta del templo, señaló con el bastón y dijo (un poco a la manera del anciano segundo de la Susanna de Händel: Dirige tus ojos cansados al lejano poniente Donde la gran encina al cielo se eleva).

—Mire hacia allá. Siga con la vista la dirección de mi bastón, recto hacia el otro extremo de donde estamos nosotros ahora, y verá usted el arco de la entrada. Lo tiene justo al otro extremo del paseo que viene hasta este mismo edificio. ¿Piensa ir allá ahora mismo? Porque si es así, tengo que ir a la casa por la llave. Vaya usted andando, que yo le alcanzaré en unos minutos.

Conque echó a andar Humphreys por el paseo del templo, cruzó por delante de la casa, y comenzó a subir por el paseo de césped que conducía al arco que Cooper había señalado. Le sorprendió descubrir que el laberinto estaba completamente cercado por una elevada tapia, y que hubiera en el arco de la entrada una cancela de hierro cerrada con candado; pero luego recordó que la señorita Cooper había hablado de la oposición de su tío a permitir la entrada a esta parte del jardín. Había llegado, pues, a la entrada, y Cooper aún no venía. Se entretuvo unos minutos en leer la sentencia labrada sobre el dintel: Secretum meum mihi et filiis domus meae, y en tratar de recordar de dónde la habían sacado. Luego empezó a impacientarse y a considerar la posibilidad de escalar la tapia.

Pero, evidentemente, no merecía la pena; de haber llevado un traje más viejo, tal vez. Pero ¿podría forzar el candado, dado que era tan viejo? No, evidentemente, no; finalmente, irritado, le dio una patada a la cancela, cedió la cadena, y el candado cayó a sus pies. Empujó la cancela, obstruida por las ortigas, y pasó al interior. Era un laberinto de forma circular, y los setos de tejo, sin recortar desde hacía muchísimo tiempo, habían crecido lateral y verticalmente de la manera más anárquica. Los paseos, también eran casi impracticables. Sólo haciendo caso omiso de los arañazos, picaduras de ortiga y charcos, pudo Humphreys abrirse paso; no obstante, reflexionó, estas mismas dificultades facilitarían su camino de regreso, porque el rastro que dejaba era bien visible. Por lo que él recordaba, era la primera vez que estaba en un laberinto, aunque hasta ahora no le parecía que se había perdido gran cosa. La humedad y la oscuridad, el olor a presera y a ortiga, eran todo menos encantadores.

Sin embargo, no parecía un laberinto demasiado intrincado. Se hallaba ya (a propósito, ¿había llegado por fin Cooper?, ¡no!) muy cerca del corazón sin poner demasiada atención en el camino que seguía. ¡Ah!, aquí estaba el centro, al que había llegado sin gran esfuerzo. Y encontró algo que compensaba su hazaña. Su primera impresión fue que el ornamento del centro consistía en un reloj de sol, pero apartó la maraña de zarzas y enredaderas que lo cubrían, y vio que se trataba de un adorno poco corriente: consistía en una columna de piedra de unos cuatro pies de alto, con una esfera metálica —de cobre, a juzgar por la pátina que la cubría— en la parte superior, la cual tenía grabadas, además, algunas figuras y letras.

Eso fue lo que vio Humphreys, y tras examinar brevemente las figuras, comprendió que se trataba de una de esas cosas misteriosas llamadas esferas celestes de las que, como uno se siente inclinado a pensar, jamás ha sacado nadie información alguna sobre el cielo. No obstante, estaba demasiado oscuro —al menos en el laberinto— para poder examinar detenidamente esta rareza, y además oía los gritos de Cooper, que sonaban como los de un elefante en la selva. Humphreys le gritó que entrara siguiendo el rastro que había ido dejando él, y no tardó Cooper en aparecer, jadeante, en el círculo central. Se deshizo en excusas por su tardanza; por fin no había podido encontrar la llave.

—Pero vaya —dijo—, después de todo ha logrado entrar solo y sin quebrarse la cabeza hasta el corazón del misterio, como se suele decir. ¡Bien! Creo que desde hace unos treinta o cuarenta años es la primera vez que unos pies humanos pisan el suelo de este recinto. Lo que sí puedo asegurar es que yo no había entrado jamás. ¡Bien, bien! ¿Qué dice el viejo proverbio sobre lugares en donde los ángeles temen entrar? En este caso, ha demostrado ser cierto una vez más.

La familiaridad de Humphreys con Cooper, aunque reciente, era suficiente como para comprender que, con toda seguridad, no había intención alguna en esta alusión, así que la pasó por alto y se limitó a sugerir que ya era hora de regresar a la casa a tomar una última taza de té y dejar libre a Cooper para que atendiera al compromiso que tenía esa noche. Así que salieron del laberinto, y al hacerlo casi experimentaron los dos el mismo alivio en regresar.

—¿Tiene usted alguna idea —preguntó Humphreys, camino de la casa— de por qué mantenía tan escrupulosamente cerrado este sitio?

Cooper se detuvo, y Humphreys presintió que se hallaba al borde de una revelación.

—Le mentiría, señor Humphreys, y además inútilmente, si me arrogara la pretensión de poseer cualquier información al respecto. Cuando entré yo aquí por primera vez a ejercer mis funciones, hará unos dieciocho años, el laberinto este estaba a punto tal como lo ve usted ahora, y la única ocasión en que salió a relucir este asunto fue la que ha oído mencionar a mi hija. Lady Wardrop —contra la que no tengo una sola palabra que decir— escribió solicitando que se le permitiera visitar el laberinto. Su tío me la enseñó; se trataba de una nota muy cortés, como era de esperar de una vecina de tal categoría. Entonces me dijo su tío: «Cooper, quiero que conteste en mi nombre a esa nota». «Desde luego, señor Wilson —dije yo; pues ya estaba acostumbrado a hacer de secretario suyo—; ¿qué le debo contestar?» «Bien —dijo—, transmítale a lady Wardrop mis respetos, y dígale que si alguna vez limpiamos esa parte del parque, tendré sumo placer en brindarle la oportunidad, antes que a nadie, de visitarlo, pero que lleva cerrado bastantes años, y le estaría muy agradecido si no me insistiera en ello». Ésa fue, señor Humphreys, la última palabra de su bondadoso tío sobre el asunto; creo que no puedo añadir nada más. A no ser —prosiguió Cooper tras una pausa— que ocurriera una cosa: que, y esto es sólo una opinión mía, tuviera aversión (como suele sucederle a la gente por una u otra razón) a la memoria de su abuelo, quien, como ya le he dicho, fue el que mandó construir el laberinto. Era un hombre de extrañas manías, señor Humphreys, y muy aficionado a viajar. Ya tendrá ocasión el domingo que viene de ver la lápida, en el cementerio de nuestra pequeña iglesia parroquial; la pusieron algún tiempo después de su muerte.

—¡Vaya! Casi me esperaba que un hombre de sus gustos hubiera diseñado un mausoleo para sí mismo.

—Bueno, yo no he observado jamás nada de lo que usted dice, y de hecho, pensándolo bien, no estoy seguro ni mucho menos de que su tumba esté aquí; no estoy muy convencido de que sus restos descansen en la cripta de la iglesia; ¡Es curioso que no me encuentre yo en condiciones de informarle sobre ese particular! Pero, al fin y al cabo, no creo que el sitio donde hayan sido depositados sus pobres restos sea una cuestión de capital importancia, ¿no le parece?

Entraron en ese momento en la casa, y las consideraciones de Cooper se vieron interrumpidas. El té fue servido en la biblioteca, donde el señor Cooper abordó temas que estaban en consonancia con el decorado.

—¡Preciosa colección de libros! Una de las mejores, según he oído decir a los entendidos de esta parte del país; algunas de las obras están ilustradas con espléndidos grabados también. Recuerdo que su tío me enseñó uno que tenía vistas de ciudades extranjeras..., era de lo más fascinante, con un estilo fuera de serie. Tenía otro, hecho completamente a mano, cuya tinta estaba fresca como si lo acabaran de escribir, y sin embargo, según me dijo él, lo había escrito un antiguo monje que vivió hace cientos de años. Yo siempre he tenido afición a la literatura. No hay nada que pueda compararse a una buena hora de lectura después de toda una jornada de trabajo; eso es infinitamente mejor que perder la tarde entera en casa de un amigo, y eso me recuerda una cosa. ¡Tendré un disgusto con mi mujer si no regreso a casa y me arreglo para ir a desperdiciar la tarde justamente de esa manera! Conque debo marcharme, señor Humphreys

—Y eso me recuerda a mí —dijo Humphreys— que si quiero enseñarle mañana el laberinto a su hija, habrá que limpiarlo un poco. ¿Podría decirle usted a quien corresponda que se encargue de ello?

—Naturalmente. Irán un par de hombres con guadañas por la mañana, despejarán el camino. Dejaré el recado al pasar por la casa del guarda, y les diré de parte suya, si no tiene inconveniente, que coloquen una cinta para indio el camino a medida que se vayan adentrando.

—¡Muy buena idea! Sí, hágalo; esperaré a su mujer y a su hija por la tarde; a usted le espero mañana a las diez y media.

—Será un placer, tanto para ellas como para mí, señor Humphreys. ¡Buenas tardes!

Humphreys cenó a las ocho. De no haber sido su primera noche, y si Calton no hubiera tenido tanta afición a la charla, habría terminado la novela que compró para el viaje. Pero así, tuvo que escuchar los comentarios de Calton sobre el vecindario y la estación del año, y contestar de cuando en cuando; la época era buena, al parecer; en cuanto a los vecinos, habían cambiado bastan; —y no siempre para bien— desde la niñez de Calton, que había transcurrida, aquí. La tienda del pueblo, concretamente, había mejorado una barbaridad desde 1870. Ahora era posible encontrar allí casi todo lo que a uno le hacía falta, lo cual era una ventaja, porque supóngase que de repente necesita cualquier cosa (como a veces ocurre), él (Calton) puede acercarse en un momento (contando con que la tienda esté abierta todavía) y comprarlo, y no tiene que ir a pedirlo a la rectoría, mientras que antes habría sido inútil darse el paseo hasta allá, ya que no tenían más que velas, jabón, tortas de miel y cuadernos de dibujo para niños, y nueve veces de cada diez lo que necesitabas era una botella de whisky o algo parecido, o por lo menos. Total, que Humphreys decidió, en lo sucesivo, escudarse en un libro.

Como es natural, la biblioteca fue el lugar de las horas de sobremesa. Con la vela en la mano y la pipa en la boca, pasaba el tiempo dando vueltas por la habitación revisando los títulos de los libros. Le gustaban las viejas bibliotecas, y aquí se le brindaba la oportunidad de conocer una a fondo, pues Cooper le había informado que no había fichero, y que sólo existía un catálogo muy superficial, confeccionado con motivo del testamento. La tarea de elaborar un Catalogue raisonné sería una deliciosa ocupación para el invierno. Seguramente encontraría tesoros bibliográficos, incluso manuscritos, si había que hacer caso de lo que Cooper decía. Mientras proseguía su inspección, le invadió la sensación (como suele ocurrirnos a todos en lugares parecidos) de que era incapaz de leer una buena parte de la colección. Las ediciones de los clásicos y de la patrística, y las Ceremonias religiosas, de Picart, y la Miscelánea harleyana, son todas obras interesantes, pero ¿quién es capaz de ponerse a leer al Tostatus Abulensis, o el Job de Pineda, y demás libros por el estilo?

Sacó un volumen en cuarto, medio desencuadernado, cuyo tejuelo se había desprendido, y al ver que le habían servido el café, regresó a su butaca con él. Por fin abrió el libro. Hay que constatar que su poco favorable opinión sobre lo que tenía en sus manos se fundaba en factores puramente externos. Puede incluso que fuera una colección de piezas únicas, pero, innegablemente, el exterior del libro estaba descolorido y era ilegible. De hecho, se trataba de una colección de sermones o meditaciones, mutilada además, puesto que le faltaba la primera página. Parecía que databa de finales del siglo XVII. Empezó a pasar hojas, hasta que sus ojos descubrieron una nota al margen: Una parábola de esta desventurada situación; así que quiso ver de qué aptitudes hacía gala el autor en un tema imaginario.

»He oído o leído —decía el pasaje —, no sé si en forma de parábola o de relato verídico —dejo en esto que decida el lector—, el caso de un hombre que, como el Teseo de la mitología ática, se aventuró a adentrarse en un laberinto, y dicho laberinto no estaba trazado siguiendo el estilo ornamental con que recortan nuestros artistas los arbustos, sino en inmensa área circular, en la que además, menudeaban disimuladas trampas y pozos de lobo, amén de fementidos habitantes que, según el decir de las gentes, acechaban en la sombra, y sólo poniendo en peligro la propia vida podía uno enfrentarse con ellos.

»Estad seguros, empero, de que no faltaron en estos casos las disuasiones de los amigos. Considera lo que aconteció a fulano —le dice el hermano—, cómo emprendió el camino que tú quieres emprender ahora, y no le volvieron a ver más. O a zutano —dice la madre—, que sé arriesgó a entrar un poco nada más, y a tal punto extraviósele el juicio, que ni pudo decir después lo que había visto, ni volvió a encontrar sosiego una sola noche. ¿Y no has oído hablar —exclama un vecino— de los rostros que han visto asomarse por sobre las palizadas y entre las rejas de la entrada?

»Pero todo fue inútil, determinado como estaba el hombre a llevar a cabo su propósitos pues en aquel país se hablaba a menudo, en las charlas junto al fuego, de una joya que en el corazón y centro del laberinto había, la cual era tan preciosa y singular, que haría inmensamente rico a quien la descubriera, y él lo sería cabalmente si lograba llegar hasta allí. ¿Y qué pasó? ¿Quid multa? El osado cruzó las puertas, y en el espacio de todo un día estuvieron sus amigos sin saber nada de él, sino que oyeron gritos confusos en la lejanía durante la noche, cosa que les hacía removerse inquietos en sus lechos, y el miedo les cubría de sudor y tenían por cierto que el hijo y el hermano habían pasado a aumentar el número de los desdichados que habían fracasado en ese viaje.

»Así pues, acudieron al día siguiente con lágrimas en los ojos al sacristán de la parroquias pedirle que hiciera doblar a muerto la campana. Y emprendieron atribulados el camino de la entrada del laberinto, y al punto habrían dejado el lugar, tal era el horror que éste inspiraba en ellos, de no detenerles la súbita visión del cuerpo de un hombre que yacía en la misma calzada, y llegándose hasta él (con la curiosidad que fácilmente se puede uno figurar) descubrieron que era aquel a quien ya creían perdido, y no le hallaron muerto, sino preso de un desmayad tal que muerte parecía. Así pues, los que habían ido con el corazón de luto regresaron jubilosos, y se entregaron con todas sus fuerzas a hacer revivir al pródigo pariente. El cual, habiendo vuelto en sí, y tras oír los cuidados y las diligencias que los suyos hicieron esa mañana, dijo:

—Sí, terminen ya vuestras tribulaciones, porque he logrado coger la joya —y la mostró a ellos, y era efectivamente rara pieza—, aunque con ella he traído algo que me robará el descanso de la noche y la alegría del día.

»Al oír lo cual le instaron a que al punto aclarase el significado de sus palabras, y explicase dónde estaba la compañía que así lo revolvía las entrañas:

—¡Ah! —dice—, aquí la tengo, en el pecho, y no consigo librarme de ella. Aunque hago lo que puedo.

»Así, no hubo necesidad de hechicero para saber que era el recuerdo de la visión que había tenido lo que tan prodigiosamente le turbaba. Y durante mucho tiempo no le vieron vivir sino en constante susto y sobresalto. Finalmente, tras mucho tiempo, se las arreglaron para averiguar lo siguiente: que al principio, mientras lucía el sol, anduvo alegremente y sin dificultad, llegó al corazón del laberinto y cogió la joya, tras lo cual emprendió contento el camino de regreso, pero al caer la noche, en la que bullen todas las bestias del bosque, comenzó a experimentar la sensación de que alguna criatura caminaba con él y, según le parecía, le miraba y escudriñaba desde el otro callejón vecino al suyo, y que cuando se detenía, su acompañante dejaba de andar también, cosa ésta que producía en su espíritu cierta desazón.

»Y en efecto, a medida que aumentaba la oscuridad, se le iba antojando que era más de uno quien le acompañaba, y más aún, que se trataba de una banda entera de seguidores, al menos eso dedujo de los roces y crujidos que producían todos en la maleza; y que hubo además un murmullo de voces que parecía deberse a alguna deliberación entre ellos. Pero en punto a quiénes eran o qué forma tenían, no estaba decidido él a manifestar lo que pensaba. A las preguntas de sus oyentes sobre qué gritos fueron los que se habían oído durante la noche (de los que se habla más arriba), dio la siguiente respuesta: que sobre las doce de la noche (según pudo calcular) oyó que le llamaban por su nombre y que habría sido capaz de jurar que era la voz de su hermano quien le llamaba. Así pues, se detuvo y llamó a voz en cuello, y supuso que el eco o sonido de su grito ahogó de momento los ruidos más débiles, porque, cuando volvió la quietud, pudo discernir las pisadas de unos pies presurosos que corrían muy cerca de él, por lo que se sintió atemorizado a tal extremo que él mismo echó a correr, y no paró hasta que vio despuntar el alba.

»A veces, cuando se quedaba sin aliento, se arrojaba de cara a tierra con la esperanza de que sus perseguidores le pasaran por encima en la oscuridad, pero cada vez que esto ocurría, hacían ellos una pausa, y aún podía oírles resollar y jadear como si se tratara de una persecución a ciegas, lo cual despertó en su espíritu tan extremado horror que se vio obligado a huir de nuevo, dando vueltas y desandando lo andado y buscando la manera de disimular su rastro. Y por si este supremo esfuerzo no fuera lo bastante terrible, tenía ante sí la amenaza constante de caer en algún pozo o trampa de las que había oído hablar, y de las que efectivamente había visto varias con sus propios ojos, ya en los rincones, ya en el centro de los callejones. Así pues, según dijo finalmente, noche tan espantosa jamás pasó criatura mortal alguna como la soportada por él en ese laberinto. Y ni la joya que llevaba en el zurrón, ni la más grande riqueza jamás traída de las Indias, habrían sido recompensa suficiente por los sufrimientos que había tenido que padecer.

»Me ahorraré consignar aquí la relación de las tribulaciones que sufrió dicho hombre, por cuanto confío en que el juicio del lector atinará a ver el paralelo que yo pretendo establecer. Pues ¿no es acaso esta joya justamente el símbolo de la satisfacción que el hombre busca alcanzar corriendo en pos de los placeres de este mundo? ¿Y no sirve igualmente el laberinto de representación del mundo mismo en el que tal tesoro (si debemos dar algún crédito a la voz popular) se halla enterrado)?


Al llegar a este punto Humphreys consideró que quizá convenía un poco de paciencia, y que era mejor dejar «las enseñanzas» que el autor extraía de su parábola. Colocó el libro en su sitio primitivo, preguntándose si no habría leído su tío por casualidad este pasaje, y de ser así, si no le habría estado dando vueltas en su imaginación, al extremo de sentir aversión a los laberintos, y decidirse a cerrar el que tenía en el parque. Poco después se fue a la cama. Al día siguiente tuvo una mañana de mucho trabajo con el señor Cooper, quien, si bien era de lenguaje exuberante, tenía también los asuntos de la propiedad completamente al día. Se encontraba muy jovial esa mañana el señor Cooper; no había olvidado ordenar que limpiaran el laberinto, y en este momento se encontraban realizando dicho trabajo; y por lo que se refiere a su hija, estaba muerta de curiosidad.

También esperaba él que Humphreys hubiera dormido como un justo, y que disfrutemos del tiempo tan grato que estamos teniendo. Durante la comida se explayó en consideraciones sobre los cuadros del comedor y le enseñó el retrato del arquitecto que había dirigido la construcción del templo y del laberinto. Humphreys lo examinó con interés. Era obra de un italiano y databa de la época en que el viejo señor Wilson, siendo joven, visitó Roma (efectivamente, se veía una perspectiva del Coliseo en el fondo). Su rostro pálido y delgado y sus grandes ojos eran los rasgos más sobresalientes. En la mano sostenía un rollo de papel parcialmente desenrollado, en el que se podía distinguir el plano de un edificio circular, el del templo probablemente, así como un trozo del laberinto. Humphreys se subió a una silla para examinarlo, pero no estaba trazado con la suficiente claridad como para que valiera la pena copiarlo. Esto, sin embargo, le sugirió la idea de hacer un plano del laberinto del parque y colgarlo en el recibimiento para uso de los visitantes.

Esa misma tarde vio confirmada la necesidad de esta decisión, porque cuando llegaron la señora y la señorita Cooper, deseosas de visitar el laberinto, le fue imposible guiarlas hasta el centro. Los jardineros habían quitado todas las señales que se habían empleado, e incluso al propio Clutterham, cuando fue requerida su presencia, le fue tan imposible como a los demás.

—La cosa está, señor Wilson..., digo, señor Humphreys, en que estos laberintos los hacen expresamente para eso, para confundir. De todas maneras, si quieren seguirme, yo les llevaré derecho. Pondré mi sombrero aquí para señalar el punto de partida.

Echaron a andar, y a los cinco minutos se encontró con que había guiado al grupo adonde estaba su sombrero.

—Vaya, esto sí que tiene gracia —dijo con una sonrisita de circunstancias—. Estaba seguro de haberlo dejado exactamente sobre una zarza, pero como pueden comprobar ustedes mismos, en este paseo no hay zarzas de ninguna clase. Si usted me permite, señor Humphreys (así es como se llama, ¿verdad, señor?), llamaré a uno de mis hombres para que entre y ponga una señal.

Tras repetidos gritos, llegó William Crack. Le fue un poco difícil llegar adonde estaba el grupo. Primero lo vieron u oyeron en un callejón interior; luego, casi al mismo tiempo, en uno exterior. No obstante, consiguió por fin reunirse con ellos; en primer lugar le interrogaron, aunque no sacaron nada en limpio, y en segundo lugar le ordenaron que se quedase junto al sombrero, el cual consideró Clutterham que debía seguir en el suelo. A pesar de esta estrategia, emplearon casi tres cuartos de hora en infructuosos vagabundeos, hasta que finalmente Humphreys se vio obligado, viendo lo cansada que estaba la señora Cooper, a sugerir que era mejor regresar a tomar el té, deshaciéndose en disculpas con la señorita Cooper.

—En todo caso, le ha ganado la apuesta a la señorita Foster —dijo—, puesto que ha estado en el laberinto. Además, le prometo que lo primero que voy a hacer es trazar un plano exacto y marcar con una línea el camino para que lo pueda seguir.

—Eso es lo que hacía falta, señor —dijo Clutterham—, que venga alguien y dibuje el plano y lo podamos manejar todos. Sería peligroso que entrara alguien, le pillara un chaparrón, y no pudiera encontrar la salida; es posible que tardara horas y horas en salir, a no ser que me deje hacer una pequeña abertura por en medio; mi idea es cortar un par de árboles de cada seto en línea recta, de manera que pueda uno tener en todo momento una perspectiva clara. Naturalmente, eso echaría a perder el laberinto, pero no se me ocurre nada mejor.

—No, no haremos nada de eso de momento: trazaré un plano primero y le daré a usted una copia. Más adelante pensaré eso que dice.

Humphreys se sintió contrariado y hasta avergonzado por el fiasco, y decidió que no se quedaría satisfecho si no hacía otro intento esa misma tarde. Su irritación aumentó considerablemente cuando consiguió llegar al centro sin haber dado un solo paso en falso. Le daban ganas de empezar a dibujar el plano inmediatamente, pero estaba empezando a oscurecer y comprendió que, aun cuando hubiera traído consigo todo lo necesario, le habría sido imposible realizar este trabajo. Conque, a la mañana siguiente, cargó con un tablero de dibujo, lápices, compases, cartulina y unas cuantas cosas más (algunas se las pidió prestadas a Cooper y otras las encontró en los armarios de la biblioteca), llegó al centro del laberinto (otra vez sin una vacilación) y lo dispuso todo para empezar.

Sin embargo, no se puso en seguida manos a la obra. Habían quitado las zarzas y matorrales que ocultaban la columna y la esfera, y ahora se veía por primera vez lo que eran. La columna carecía de adornos, parecía uno de esos pies sobre los que suelen colocarse los relojes de sol. No ocurría lo mismo con la esfera. Ya he dicho que estaba primorosamente grabada con figuras e inscripciones, y que Humphreys había creído al principio que era una esfera celeste, pero no tardó en darse cuenta de que no se trataba de tal cosa. Tenía un detalle que le resultaba familiar, era una serpiente alada —Draco— que rodeaba el globo por el sitio que correspondía al ecuador, pero por otro lado, una buena parte del hemisferio superior estaba cubierto por las alas extendidas de una gran figura cuya cabeza se ocultaba bajo el anillo situado en el polo superior o cima del monumento. Alrededor del lugar correspondiente a la cabeza, se podían leer las siguientes palabras: Princeps tenebrarum.

En el hemisferio inferior había un espacio cubierto enteramente por un conjunto de líneas entrecruzadas, y se designaba con el nombre de umbra mortis. Al lado había una fila de montañas, y entre ellas, un valle del que brotaban llamas. Este valle estaba marcado con el nombre de (¿a que se van a sorprender?) vallis filiorum Hinnom. Por encima y por debajo del Draco se perfilaban diversas figuras que se asemejaban a las constelaciones ordinarias, aunque no eran las mismas. Así, había un hombre desnudo con una clava levantada cuyo nombre era, no el de Hércules, sino el de Caín. Otro, medio sumergido en la tierra y con los brazos extendidos con gesto desesperado, era Chore y no Ophiuclus, y un tercero, que colgaba por el pelo de un árbol retorcido, era Absalón. Junto a este último había otro con grandes ropajes y gorro alto, de pie en el centro de un círculo y en actitud de dirigirse a los demonios peludos que rondaban el exterior, al cual le asignaban el nombre Hostanes magus (desconocido para Humphreys).

Desde luego, el conjunto parecía seguir el plan de un cortejo de patriarcas del mal, tal vez influido por la obra de Dante. Humphreys lo consideró como una muestra del gusto de su bisabuelo, pero, a su juicio, debió de traérselo de Italia sin tomarse la molestia de examinarlo detenidamente, porque de haberlo tenido en gran estima, no lo habría expuesto al viento y a las inclemencias del tiempo. Le dio unas palmadas al metal —parecía hueco y de poco espesor— y, dando media vuelta, se dispuso a emprender su tarea. Al cabo de media hora de trabajo se dio cuenta de que le era imposible continuar sin utilizar una guía, así que le pidió un rollo de cuerda a Clutterham y fue soltándola a lo largo de los callejones desde la entrada hasta el centro, atando el extremo en el anillo de la parte superior del globo. Este recurso le sirvió para trazar un plano rudimentario antes de la hora de comer, y por la tarde lo dibujó con más limpieza. A la hora del té, el señor Cooper se reunió con él, mostrándose muy interesado por su tarea.

—Bueno, esto... —dijo el señor Cooper, poniendo la mano sobre el globo, y retirándola luego repentinamente—. ¡Caramba! ¡Cómo conserva el calor! ¿Ha visto usted, señor Humphreys? Supongo que es debido a que este metal (es cobre, ¿no?) debe de ser aislador o conductor o como se diga.

—El sol ha calentado bastante esta tarde —dijo Humphreys, soslayando el aspecto científico—. Pero no me había dado cuenta de que se había calentado tanto. No..., a mí no me parece que esté tan caliente —añadió.

—¡Qué extraño! —dijo el señor Cooper—. En cambio, yo no puedo ni ponerle la mano encima. Supongo que se deberá a una diferencia de temperatura entre nosotros dos. A lo mejor es usted una persona de naturaleza fría y yo no, y en eso es donde está la diferencia. Todo este verano he estado durmiendo casi in statu quo, créame, y tomaba mis baños matinales lo más fríos que podía. Todas las mañanas... Déjeme que le ayude con la cuerda.

—Sí, muchas gracias; aunque si me recoge los lápices y las cosas que hay por el suelo se lo agradeceré mucho más. Creo que ya está todo; podemos regresar a casa.

Salieron del laberinto, y Humphreys fue enrollando la cuerda mientras caminaban. Lo más lamentable de todo, según se dieron cuenta después —tanto si tuvo Cooper la culpa como si no—, es que lo único que se dejaron olvidado fue el plano. Y como era de esperar, la lluvia lo echó a perder. No cabía hacer otra cosa que empezarlo de nuevo. Pero no costaría tanto trabajo esta vez. Así que colocó la guía en su sitio y emprendió otra vez la tarea. Pero no llevaba mucho tiempo Humphreys trabajando, cuando se vio interrumpido por la llegada de Calton, portador de un telegrama. Su antiguo jefe de Londres deseaba consultarle algo. Sería una entrevista breve, aunque le pedía que fuese cuanto antes. Era una molestia, pero no representaba ningún trastorno; había un tren que salía dentro de media hora y, a menos que se complicasen las cosa, podía estar de regreso alrededor de las cinco, y si no, con toda seguridad, a eso de las ocho. Le dio el plano a Calton para que lo llevara a la casa, pero pensó que no valía la pena quitar la guía.

Todo salió como había previsto. Después, pasó la tarde entretenido en la biblioteca, ya que había descubierto por casualidad un armario donde se guardaba cierto número de libros raros. Cuando se fue a dormir, vio con alegría que la criada se había acordado de dejarle las cortinas descorridas y las ventanas abiertas. Apagó la luz y se asomó a la ventana que dominaba una amplia perspectiva del jardín y el parque. La luna brillaba intensamente esta noche. Dentro de unas semanas, los vientos silbadores de otoño romperían esta calma. Pero ahora los bosques distantes se hallaban sumidos en profunda quietud, las laderas cubiertas de césped brillaban con el rocío, casi podía adivinar el color de algunas flores. La luz de la luna daba de lleno sobre la cornisa del templo y la curva plomiza de la cúpula, y Humphreys tuvo que reconocer que, vistas así, estas vanidades de antaño poseían una belleza innegable.

En resumen, la luz, el perfume del bosque y la absoluta quietud que reinaba, despertaron en su espíritu sentimientos de tal naturaleza que siguió meditando durante mucho, mucho tiempo. Al retirarse de la ventana, tuvo la sensación de no haber visto jamás nada tan perfecto. El único detalle que le chocaba por su incongruencia era un pequeño tejo irlandés, delgado y oscuro, plantado como una avanzadilla de la arboleda a través de la cual se llegaba al laberinto. Podían haberlo plantado más lejos, pensó; era extraño que alguien hubiera juzgado que hacía bonito en ese lugar.

Sin embargo, a la mañana siguiente, con la prisa por contestar a algunas cartas y revisar los libros con el señor Cooper, se olvidó completamente del tejo irlandés. A propósito, ese día llegó una carta a la que debo hacer alusión. Era de Lady Wardrop, de quien había oído hablar a la señorita Cooper; en ella renovaba la petición que hacía tiempo le había hecho al señor Wilson. Explicaba primero que iba a publicar un «Libro de laberintos», y que deseaba seriamente incluir el plano del de Wilsthorpe, por lo que estaría inmensamente agradecida al señor Humphreys si le permitía visitarlo (caso de que esto fuera posible) en fecha próxima, ya que pensaba ausentarse durante los meses de invierno. Su casa de Bentley no quedaba muy lejos, así que Humphreys le envió una nota para entregarla en propia mano, invitándola a visitarlo el día próximo o el siguiente; puede añadirse que el mensajero regresó con las más efusivas gracias, y comunicó que el día que mejor le venía a ella era mañana. Otro acontecimiento digno de destacar ese día es que, por fin, logró Humphreys terminar el plano del laberinto.

Esta noche fue también hermosa y brillante y serena, y Humphreys se asomó un rato a la ventana. Cuando estaba a punto de correr las cortinas, le vino de nuevo al pensamiento el tejo irlandés. Pero una de dos, o le había engañado una sombra la noche anterior, o el arbolito no molestaba tanto como le había parecido. El caso es que ahora no le parecía que estorbaba. En cambio, lo que tenía que mandar quitar era un macizo de arbustos que ocupaba un espacio enorme junto a la pared de la casa y amenazaba con tapar la luz de una de las ventanas de la planta baja. No parecía que valiera la pena conservarlo; no lo veía bien desde donde estaba, pero le daba la impresión de que hacía más insano y húmedo el rincón.

Al día siguiente —era viernes, él había llegado a Wilsthorpe el lunes—, Lady Wardrop llegó en su coche después de comer. Era una mujer de edad madura, gruesa, muy parlanchina y deseosa de hacerse agradable a los ojos de Humphreys, a quien agradeció enormemente que accediera con tanta prontitud a su petición. Hicieron una exploración completa del lugar los dos juntos, y la opinión que se había formado Lady Wardrop de su anfitrión se elevó hasta las nubes cuando descubrió que entendía de jardinería. Tomó parte, entusiasmada, en sus planes de mejora, pero consideró que sería un acto de vandalismo mutilar las características del parque que rodeaba la casa.

Le encantaba el templo, y dijo: «Mire usted, señor Humphreys, creo que su administrador tiene razón sobre esos bloques de piedra con letras grabadas. Uno de mis laberintos —siento tener que decir que por culpa de unas personas estúpidas ha sido destruido— tenía señalado el camino verdadero de ese modo. Eran losas lo que tenía, pero con letras grabadas exactamente igual que sus bloques, y dichas letras, correctamente ordenadas, formaban una frase (no recuerdo cuál) sobre Teseo y Ariadna. Tengo copiada la frase, igual que el plano del laberinto en cuestión. ¡Por qué hará la gente cosas así! Si llegara a destruir alguna vez su laberinto, no se lo perdonaría jamás. ¿Sabe que cada vez son más raros? Casi todos los años oigo decir que han quitado alguno. Bueno, vamos para allá; si está usted demasiado ocupado, yo conozco perfectamente el camino y no tengo miedo de perderme. Aunque recuerdo que una vez, no hace mucho, me quedé sin comer porque me extravié en el de Bursbury. Pero, naturalmente, si puede usted venir conmigo, lo prefiero.

Tras este confiado preludio, parece que lo adecuado habría sido que Lady Wardrop se encontrara desesperadamente desorientada en el laberinto de Wilsthorpe, pero nada de eso sucedió. No obstante, no se sabe si llegó a disfrutar en ese nuevo ejemplar todo lo que ella había esperado. Se interesó mucho, muchísimo, desde luego, y llamó la atención de Humphreys hacia una serie de pequeñas depresiones que descubrió en el suelo, las cuales, a juicio suyo, marcaban los antiguos emplazamientos de los bloques aquellos que tenían marcada una letra. Habló también de otros laberintos que se parecían a éste por la distribución, y explicó cómo era posible calcular, con un margen de unos veinte años más o menos, la fecha de un laberinto. Éste debía datar de 1780, y los detalles que presentaba eran exactamente los que cabía esperar. Por lo demás, el globo atrajo completamente su interés. Era un caso único en su experiencia, y lo examinó con toda minuciosidad durante un buen rato.

—Me gustaría que lo limpiaran —dijo—, si es posible, claro. Y estoy segura de que usted estaría dispuesto a complacerme, señor Humphreys; pero no vale la pena que se ponga a hacerlo sólo por darme gusto a mí; no quisiera tomarme ninguna libertad aquí. Tengo la impresión de que podría ser contraproducente. Porque, reconózcalo — prosiguió, volviéndose para mirar de frente a Humphreys—, ¿no le da a usted la sensación, desde que hemos entrado, de que nos están vigilando y de que si nos propasamos en algún sentido podríamos ser objeto de alguna..., bueno, de alguna emboscada? ¿No? Pues yo sí, así que prefiero que salgamos de aquí cuanto antes.

—Después de todo —prosiguió, cuando ya iban de regreso hacia la casa—, puede que haya sido sólo este calor agobiante, que me ha producido un exceso de presión en el cerebro. Pero le repito lo que le he dicho. No le perdonaré si la próxima primavera me entero de que ha quitado el laberinto.

—Haga lo que haga, le prometo que tendrá su plano, Lady Wardrop. He dibujado uno, y esta misma tarde le doy mi palabra de que le saco una copia.

—Magnífico; todo lo que necesito es que me dibuje a lápiz una raya indicando el camino; eso, y que me ponga a qué escala está. Con eso ya puedo incluirlo entre mis ilustraciones. Muchísimas gracias.

—De acuerdo; mañana lo tendrá. Quisiera que me aconsejara sobre cómo solucionar el rompecabezas de las piedras.

—¿El qué? ¿Las piedras del cenador? Conque es un rompecabezas. ¿Y no tienen orden alguno? Claro, claro. Pero los hombres que las pusieron ahí seguirían una dirección..., quizá encuentre usted alguna indicación sobre este particular entre los papeles de su tío. Si no, lo mejor es que llame a alguien que sea experto en claves.

—Aconséjeme usted en otra cosa, por favor —dijo Humphreys—. Se trata del macizo de arbustos que hay al pie de la ventana de la biblioteca, ¿lo quitaría usted de ahí?

—¿Cuál? ¿Ése? Bueno, creo que no —dijo Lady Wardrop—. No lo distingo bien desde aquí, pero no me parece que sea desagradable a la vista.

—Puede que tenga razón; es que, desde la ventana de mi habitación, que es la que está justamente arriba, me pareció anoche que era demasiado grande. Pero desde aquí desde luego no lo parece. Bien, pues de momento no lo tocaré.

A continuación tomaron el té, y poco después se despedía Lady Wardrop; pero cuando ya se alejaba, mandó detener el coche y le hizo una seña a Humphreys, que aún se encontraba en la escalinata de la entrada. Corrió éste a ver qué quería, y le dijo lo siguiente:

—Se me ocurre que no estaría de más mirar la parte de abajo de las piedras. A lo mejor están numeradas, ¿no cree? Adiós y buenas tardes. A casa, por favor.

De todos modos, tenía decidida su principal tarea de esa noche: confeccionarle un plano a Lady Wardrop y cotejarlo con el original sería cuestión de un par de horas de trabajo, por lo menos. Así que, poco después de las nueve, Humphreys trasladó todos los materiales a la biblioteca y se puso manos a la obra.

La noche era quieta y sofocante; tuvo que abrir las ventanas, con lo que los murciélagos le ocasionaron más de un sobresalto. Estos incidentes turbadores le obligaron a estar constantemente mirando de reojo la ventana. Una o dos veces se preguntó si lo que pretendía hacerle compañía se trataba, no de un murciélago, sino de algo más voluminoso. ¡Qué desagradable sería que alguien se hubiera deslizado sigilosamente por el antepecho de la ventana y se arrastrara por el suelo hacia él! Por fin terminó el diseño del plano; faltaba entonces confrontarlo con el original y ver si había dejado algún callejón abierto o cerrado equivocadamente.

Con un dedo en cada dibujo, fue trazando el camino que se debía seguir desde la entrada. Encontró dos ligeras equivocaciones; pero aquí, ya cerca del centro, había una tremenda confusión, debido seguramente a la irrupción del segundo o tercer murciélago; antes de corregir la copia siguió minuciosamente las últimas vueltas del camino en el original. Al menos éstas estaban bien, conducían al centro del lugar sin un solo tropiezo. Aquí encontró un detalle que no hacía falta repetir en la copia: una mancha fea y negra del tamaño de un chelín. ¿Era de tinta? No. Parecía un agujero; pero ¿cómo es que había un agujero aquí? Lo examinó con ojos cansados; el trazado del dibujo había sido muy laborioso, y se sentía soñoliento y abrumado... Pero, evidentemente, este agujero era muy extraño.

Parecía que traspasaba no sólo el papel, sino la mesa sobre la que estaba. Sí, y atravesaba también el suelo, por debajo de la mesa, y penetraba más y más, hasta unas profundidades infinitas. Alargó el cuello para mirar, tremendamente asustado. Lo mismo que cuando éramos niños nos concentrábamos mirando una pulgada de la colcha hasta que se nos convertía en un paisaje de montes cubiertos de bosque con iglesias y casas y todo, y perdíamos la noción de sus dimensiones y las nuestras, del mismo modo le pareció a Humphreys en ese momento que el agujero era lo único que existía en el mundo.

Por alguna razón, le resultó detestable desde el principio, pero lo contempló fijamente durante unos momentos, antes de que le dominara una cierta inquietud; luego, con más y más intensidad cada vez, sintiendo pánico de pensar que pudiera salir algo de ahí, se afirmaba en su interior la angustiosa convicción de que a través de ese agujero se abría paso algo espantoso de cuya presencia le era imposible escapar. ¡Sí!, allá, muy, muy en el fondo, percibía un movimiento..., un movimiento de algo que subía y subía hacia la superficie. Cada vez estaba más cerca, y era de color gris negruzco con cavidades oscuras. Poco a poco fue adquiriendo forma de rostro..., de rostro humano..., de un rostro humano abrasado, y con las abominables contorsiones de la avispa que se abre paso para salir de una manzana podrida, trepaba la aparición agitando sus negros brazos, prestos a atrapar la cabeza del que se asomaba.

Presa de un desesperado escalofrío, Humphreys se echó atrás, se golpeó la cabeza contra una lámpara y perdió el conocimiento.

Sufrió una conmoción cerebral y una crisis nerviosa, por lo que tuvo que permanecer largo tiempo postrado en la cama. El médico se quedó completamente perplejo, no por los síntomas, sino por la petición que le hizo Humphreys tan pronto como fue capaz de hablar:

—Quiero que abra la esfera del laberinto.

—Poco hueco tendrá, me parece a mí —fue la única respuesta que se le ocurrió ante esta petición—; pero eso es más cosa suya que mía; a mí hace tiempo que se me acabaron los días de chifladuras.

A lo cual Humphreys replicó con unas palabras confusas y se sumió en profundo sueño, y el doctor anunció a las enfermeras que el paciente aún no estaba fuera de peligro. Cuando se sintió en mejores condiciones de expresar su deseo, Humphreys lo explicó claramente, obteniendo la promesa de que se llevaría a cabo inmediatamente. A la mañana siguiente estaba tan ansioso de saber los resultados, que el doctor, que se encontraba algo pensativo, comprendió que sería más perjudicial que beneficioso el ocultárselos.

—Bueno —dijo—, me temo que nos hemos cargado la bola; el metal debía de estar muy gastado, supongo. El caso es que saltó en pedazos al primer golpe de cincel.

—¿Y bien? ¡Cuente, por favor! —dijo Humphreys impaciente.

—Ah, quiere saber qué tenía dentro, comprendo. Bueno, pues la encontramos medio llena de algo así como cenizas.

—¿Cenizas? ¿Y qué ha hecho con ellas?

—Aún no las he examinado con detenimiento; no he tenido tiempo. Cooper está convencido, diría que por un comentario que he hecho yo, de que se trata de una incineración... Pero por favor, tranquilícese y no se excite, señor; sí, debo confesar que, a mi juicio, tiene razón.

El laberinto ya no existe, y Lady Wardrop ha perdonado a Humphreys; de hecho, creo que éste se casó con una sobrina suya. Por cierto, que tenía razón también al pensar que las piedras del templo estaban numeradas. Cada una tenía un número pintado en la parte de abajo. Algunos de los números se habían borrado, pero los que quedaban fueron suficientes para que Humphreys pudiera reconstruir la inscripción, que rezaba así:


PENETRANS AD INTERIORA MORTIS


A pesar de que Humphreys se sentía agradecido a la memoria de su tío, no podía perdonarle el haber quemado los diarios y cartas del tal James Wilson que le había legado Wilsthorpe con el laberinto y el templo. En cuanto a las circunstancias de la muerte y entierro de este antepasado, no quedaba la menor referencia; su testamento, no obstante, que fue el único documento a que tuvo acceso, asignaba una donación sorprendentemente generosa a un criado de nombre italiano.

La opinión de Cooper es que, humanamente hablando, toda esta serie de graves acontecimientos tiene su significado, si nuestro entendimiento es capaz de desentrañarlo; mientras que Calton se ha limitado a evocar el recuerdo de una tía, fallecida ya, que por el año 1866 estuvo vagando extraviada, durante más de hora y media, por el laberinto de Covent Gardens o el de Hampton Court, quizá.

Una de las cosas más extrañas en toda esta serie de sucesos excepcionales es que el libro que contenía la Parábola ha desaparecido por completo. Humphreys no ha vuelto a encontrarlo desde que transcribió el pasaje para enviárselo a Lady Wardrop.

El señor de las ciudades. Lord Dunsany (1878-1957)

Me topé un día con un camino que erraba tan sin destino que se adecuaba a mi ánimo y lo seguí; y me llevó sin demora a las profundidades de un bosque. En medio de él, en cierto sitio el Otoño tenia su corte coronada de espléndidas guirnaldas; y era víspera de su festival anual del Baile de las Hojas, el festival cortesano en el que el Invierno hambriento se precipita como la chusma, y resuenan allí los clamores del Viento del Norte que triunfa; y todo el esplendor y la gracia de los bosques desaparece y huye el Otoño destronado y olvidado para nunca volver.

Otros Otoños se levantan, otros Otoños, que sucumben ante otros Inviernos. Otro camino conducía a la izquierda, pero el mío continuaba recto. El camino de la izquierda tenía aspecto transitado; había huellas de ruedas en él y parecía ser el que con tino debía seguirse. Daba la impresión de que nadie tuviera nada que hacer con el camino que continuaba recto colina arriba. Por tanto, continué recto colina arriba; y aquí y allí en el camino, crecían hojas de hierba imperturbadas en el reposo y la quietud que se había ganado el camino con subir y bajar por el mundo; porque se puede ir por este camino, como por todos los caminos, a Londres, a Lincoln, al Norte de Escocia, al Oeste de Gales y a Wrellisford, donde los caminos acaban.

En seguida el bosque llegó a su término y llegué a campo abierto y, al mismo tiempo, a la cima de la colina; vi los sitios elevados de Somerset y las colinas de Wilts extenderse a lo largo del horizonte. De pronto vi por debajo de mí la aldea de Wrellisford sin otra voz en sus calles que la del Wrellis que rugía al verterse en una esclusa por sobre la aldea. De modo que seguí mi camino cuesta abajo desde la cima de la colina y el camino iba haciéndose más lánguido a medida que descendía por él y cada vez menos concentrado en los cuidados de una carretera. Aquí brotaba una fuente en pleno camino y allí otra. Él seguía como si tal cosa. Un arroyo lo atravesaba y él avanzaba aún.

De pronto exhibió precisamente la cualidad que un camino nunca debe poseer y renunciando a toda conexión con Caminos Reales, a su parentesco con Piccadilly, se redujo a un mero sendero que sólo podía transitarse a pie. Me condujo entonces al viejo puente que se tendía sobre el arroyo y, de ese modo, llegué a Wrellisford y encontré, después de haber recorrido múltiples tierras, una aldea que no tenía huellas de ruedas en sus calles. Al otro lado del puente, mi amigo el camino se afanaba cuesta arriba unos pocos pies por un declive cubierto de hierbas, y acababa. Una gran quietud descendía sobre toda la aldea, sólo atravesada del rugido del Wrellis y, ocasionalmente, del ladrido de un perro que vigilaba la quietud interrumpida y la santidad del camino intransitado.

Esa terrible y devastadora fiebre que, a diferencia de muchas pestes, no viene del Oriente sino del Occidente, la fiebre del apuro, no había llegado aquí; sólo el Wrellis se apresuraba en su eterna búsqueda, pero era el suyo un apresuramiento sereno y plácido, que le daba tiempo a uno para una canción. Era temprano por la tarde y no había nadie en derredor. O se encontraban trabajando más allá del misterioso valle que alimentaba a Wrellisford y la ocultaba a los ojos del mundo o se mantenían recluidos en sus casas de construcción antigua, techadas con tejas de piedra. Me senté en el viejo puente de piedra y observé el Wrellis, que me pareció el único viajero que venía de lejos a la aldea en que los caminos terminan, para seguir luego de largo.

Y, sin embargo, el Wrellis llega cantando desde la eternidad, se demora por un breve tiempo en la aldea en que terminan los caminos y sigue luego adelante hacia la eternidad otra vez; y con seguridad hace lo mismo todo lo que mora en Wrellisford. Mientras me inclinaba sobre el puente me pregunté dónde se toparía el Wrellis con el mar por primera vez, si mientras serpenteaba sereno por prados en su larga búsqueda lo vería de pronto y, saltando por sobre un rocoso escarpado le llevaría sin demora el mensaje de las colinas; o si ensanchándose lentamente en un gran estero alimentado por las mareas, le llevaría al mar el sobrante de sus aguas y el poder del río le saldría al encuentro al poder de las olas como dos emperadores vestidos de resplandeciente armadura se encuentran a mitad de camino entre sus dos ejércitos dispuestos para la guerra; y el pequeño Wrellis se convertiría en puerto para los barcos que retornan y en lugar de partida para los hombres aventureros.

Algo más allá del puente se erguía un viejo molino con el techo en ruinas y un pequeño ramal del Wrellis se precipitaba a través del vacío gritando como un niño que jugara solo en el pasillo de alguna casa desolada. La rueda del molino había desaparecido, pero había todavía esparcidas barras, ruedas dentadas, los huesos de alguna industria muerta. No sé qué industria fue otrora señor de esa casa, no sé qué séquito de trabajadores guarda ahora luto por ella; sólo sé quién es ahora señor en todas estas cámaras vacías. Pues tan pronto como entré, vi todo un muro recubierto de un maravilloso tapizado negro, inapreciable por inimitable y demasiado delicado como pasar de mano en mano entre los mercaderes.

Contemplé la maravillosa complejidad de sus infinitas hebras; mi dedo se hundió en el más de una pulgada antes de percibir su tacto; tan negro era y tan cuidadosamente trabajado, tan sombríamente cubría toda la pared, que podría haberse fabricado para conmemorar la muerte de todo lo que alguna vez hubiera vivido allí, como en verdad sucedía. Miré por un agujero abierto en la pared una cámara interior en la que una correa de transmisión gastada se extendía entre varias ruedas y allí esta inimitable tela sin precio no meramente vestía las paredes, sino que colgaba desde barras y el cielorraso en hermosos cortinados, en maravillosos festones. Nada era feo en esta casa desolada, porque la afanada alma de artista de su actual señor lo había embellecido todo en su desolación.

Era el inconfundible trabajo de la araña, en cuya casa me encontraba, y la casa era enteramente desolada, salvo para ella, y estaba totalmente sumida en el silencio con excepción del rugido de Wrellis y la voz de la pequeña corriente. Luego volví a casa; y mientras ascendía la colina y perdía la aldea de vista, vi el camino blanquearse, endurecerse y gradualmente ensancharse hasta que aparecieron huellas de ruedas; y siguió avanzando a lo lejos para llevar a los jóvenes de Wrellisford a las amplias sendas de la tierra: al nuevo Occidente, al misterioso Oriente y al perturbado Sur.

Y esa noche, cuando la casa estuvo acallada y el sueño se encontraba lejos silenciando los villorrios y trayendo paz a las ciudades, mi fantasía erró por el camino sin destino y me llevó de pronto a Wrellisford. Y me pareció que el tránsito de tantos viajeros durante tantos años entre Wrellisford y John o' Groat's, al conversar entre sí o musitar solitarios, le había dado una voz al camino. Y me pareció esa noche que el camino le hablaba al río junto al puente de Wrellisford, con la voz de muchos peregrinos. Y el camino le decía al río:

—Este es mi lugar de descanso ¿Y el tuyo?

Y el río, que no cesa nunca de hablar, respondió:

—Yo no descanso nunca de ejecutar el Trabajo del Mundo. Llevo el murmullo de las tierras interiores al mar y a las voces abisales de las colinas.

—Soy yo —dijo el camino— el que ejecuta el Trabajo del Mundo, y llevo de ciudad en ciudad el rumor de cada una de ellas. Nada hay más grande que el Hombre y la edificación de las ciudades. ¿Qué haces tu por el hombre?

Y el río respondió:

—La belleza y el canto son más grandes que el hombre. Yo llevo la nueva al mar de la primera canción del zorzal después de la furiosa retirada del invierno hacia el Norte. Y la primera tímida anámina se entera por mí de que está a salvo y que la primavera ha en verdad llegado. ¡Oh, la canción de todos los pájaros en primavera es más hermosa que el Hombre, y más deleitable que su cara es la llegada del jacinto! Cuando la primavera se desvanece en los días del verano me llevo con luctuosa alegría por la noche pétalo por pétalo la flor del rododendro. No hay procesión iluminada de reyes purpurados en la noche que sea tan bella. Ninguna muerte hermosa de hombre bienamado tiene semejante gloria de olvido. Y me llevo lejos los pétalos rosas y blancos de la juventud del manzano cuando el tiempo laborioso viene a hacer su trabajo en el mundo y a recolectar manzanas. Y cada día y todas las noches me arrebata la belleza del cielo y tengo maravillosas visiones de los árboles. Pero ¡el Hombre! ¿Qué es el hombre? En el antiguo parlamento de las más viejas colinas, cuando los encanecidos conversan entre sí, no dicen nada del Hombre, sino que se centran sólo en sus hermanas las estrellas. O cuando se envuelven en capas de púrpura al caer la tarde, se lamentan por algún viejo mal irreparable o, cantando algún himno de montaña, se conduelen todos por la puesta de sol.

—La belleza a que te refieres —dijo el camino— y la belleza del cielo, de la flor del rododendro y de la primavera sólo viven en la mente del Hombre, y salvo en la mente del Hombre, las montañas no tienen voz. Nada es hermoso que no haya sido visto por el ojo del Hombre. O si tu flor del rododendro fue hermosa por un instante, pronto se marchita y se ahoga y la primavera no tarda en acabar; la belleza sólo perdura en la mente del Hombre. Yo traigo de prisa pensamientos a la mente del Hombre todos los días desde lugares remotos. Conozco el Telégrafo, lo conozco bien; él y yo hemos andado centenares de millas en compañía. No hay tarea en el mundo salvo que esté destinada al hombre y a la edificación de las ciudades. Yo llevo y traigo bienes de ciudad en ciudad.

—En mi pequeña corriente que ves allí en el campo —dijo el río— solía otrora producir bienes para esa casa.

—Ah —dijo el camino—, lo recuerdo, pero yo los traje más baratos desde ciudades distantes. Nada tiene importancia salvo edificar ciudades para el Hombre.

—Sé tan poco de él —dijo el río—, pero tengo mucho que hacer: tengo toda esta agua que llevar al mar; además, mañana o el día después, todas las hojas del Otoño vendrán por aquí. Será muy hermoso. El mar es un lugar extremadamente bello. Lo sé todo a su respecto; oí a los pastorcillos cantar canciones sobre él y a veces, antes de una tormenta, llegan las grullas. Es un lugar enteramente azul y resplandeciente y está lleno de perlas; tiene islas de coral e islas donde abundan las especias; tormentas, galeones y los huesos de Drake. El mar es mucho más grande que el Hombre. Cuando llegue al mar, sabrá que he trabajado bien para él. Pero debo apurarme, porque tengo mucho que hacer. Este puente me demora un tanto; algún día me lo llevaré.

—Oh, no debes hacer eso —dijo el camino.

—Oh, no lo haré por un largo tiempo todavía —respondió el río—. Dentro de algunos siglos, quizás. Además, tengo mucho que hacer. Tengo mi canción que cantar, por ejemplo y eso, por sí solo, es más hermoso que ningún sonido hecho por el hombre.

—Todo trabajo es para el Hombre —dijo el camino— y para la edificación de ciudades. No existe belleza ni encanto ni misterio en el mar, salvo para los hombres que viajan por él al extranjero, o para los que permanecen en su casa y sueñan con él. En cuanto a tu canción, suena noche y mañana, año tras año en el oído de los hombres nacidos en Wrellisford; de noche forma parte de sus sueños, a la mañana es la voz del día y, así, se vuelve parte de sus almas. Pero la canción no es hermosa de por sí. Yo llevo a estos hombres con tu canción en el alma por sobre el borde del valle y mucho más allá todavía, donde soy un fuerte camino polvoriento, y ellos van con tu canción en el alma y la convierten en música que alegra a las ciudades. Pero nada es el Trabajo del Mundo, salvo el trabajo para el Hombre.

—Quisiera tener certeza sobre el Trabajo del Mundo —dijo el río—. Quisiera saber de cierto para quien trabajamos. Creo casi sin la menor duda que lo hacemos para el mar. Es muy grande y hermoso. No creo que pueda haber amo mayor que el mar. Creo que algún día estará tan lleno de encanto y misterio, tan lleno de los cencerros de las ovejas y el murmullo de las colinas escondidas en la niebla que nosotros los ríos le llevamos, que ya no quedará música o belleza en el mundo, y el mundo llegará a su fin; y quizá los ríos nos recojamos por fin, todos juntos, en el mar. O quizás el mar nos dé por fin a cada cual lo que le es propio y devuelva todo lo almacenado con los años: los pequeños pétalos de la flor del manzano, los llorados del rododendro y nuestras antiguas visiones de los árboles y el cielo; tantos recuerdos nos han dejado las colinas. Pero ¿quién puede saberlo? Porque ¿quién conoce las alas del mar?

—Ten seguridad de que todo es para el Hombre —dijo el camino—. Para el Hombre y la edificación de las ciudades.

Algo se había acercado con pasos del todo silenciosos.

—¡Paz, paz! —dijo—. Perturbáis a la noche principesca que, llegada a este valle, es huésped de mis oscuros recintos. Pongamos fin a esta discusión.

Era la araña la que hablaba.

—El Trabajo del Mundo es la edificación de ciudades y palacios. Pero no es para el hombre. ¿Qué es el hombre? Él sólo prepara las ciudades para mí y las sazona. Todas sus obras son feas, sus más ricos tapices son ásperos y torpes. Es un ocioso que mete ruido. Sólo me protege de mi enemigo, el viento; y el hermoso trabajo de las ciudades, los trazados curvos y los delicados tejidos, todos me pertenecen. De diez a cien años lleva la edificación de una ciudad, durante cinco o seis siglos más entra en sazón y se prepara para mí, luego yo la habito y oculto todo lo que en ella es fea; y trazo hermosas líneas de aquí para allá. No hay nada tan hermoso como las ciudades y los palacios; son los sitios más encantadores del mundo, porque son los más silenciosos y los que más se parecen a las estrellas. Son ruidosos en un principio, durante cierto tiempo, hasta que yo llego a ellos; tiene rincones feos que no han sido todavía redondeados y ásperos tapices; entonces están listos para mí y mi exquisito trabajo, y así se vuelven silenciosos y bellos. Y allí recibo a las noches principescas cuando llegan enjoyadas de estrellas y todo su séquito de silencio, y las regalo con polvo precioso. En una ciudad de la que tengo conocimiento, ya cabecea adormilado un centinela solitario cuyos señores están muertos, que se ha vuelto demasiado viejo y somnoliento como para expulsar el denso silencio que infecta las calles; mañana iré a ver si se encuentra todavía en su puesto. Para mi se construyó Babilonia y la rocosa Tiro; y los hombres todavía construyen mis ciudades. Todo el Trabajo del Mundo es la creación de ciudades y yo soy la que las hereda todas.

El sepulturero. Ranier Maria Rilke (1875-1926)

Había muerto en San Rocco el viejo sepulturero. Se proclamaba a diario que el puesto estaba disponible, pero habían pasado tres semanas o más sin que nadie se presentara a ocuparlo. Y como durante todo este tiempo no había muerto nadie, la cosa no parecía urgente y esperaban con tranquilidad. Esperaban, hasta que una tarde de mayo apareció un forastero, que quería hacerse cargo del empleo. Gita, la hija del Podestà, fue la primera en verlo. El hombre salió de la habitación de su padre (no lo había visto entrar) y caminó directamente hacia ella, como si hubiera estado esperando para encontrarla en el oscuro pasillo.

-¿Tú eres su hija? –preguntó con una voz suave, dando un acento extraño a sus palabras.

La joven asintió y se acercó a él, hasta una de las profundas ventanas a través de las cuales entraba el resplandor y el silencio del callejón envuelto en el atardecer. Allí permanecieron mirándose con atención. Gita estaba tan absorta en la contemplación del extraño, que no se dio cuenta sino un rato después de que también él debía haber estado observándola atentamente. Era alto y delgado y vestía un traje de viaje negro de corte extranjero. Su cabello era rubio y lo llevaba como la gente distinguida. A grandes rasgos, tenía algo de noble en su aspecto, podía pasar por un magistrado o un doctor; era notable que fuera sepulturero. Gita buscó instintivamente sus manos. Él las sostuvo ante ella, ambas, como un niño.

-No es un trabajo duro –dijo él; y aunque ella seguía mirando sus manos, sintió la sonrisa de sus labios como un rayo de sol.

Entonces fueron los dos juntos hasta la entrada de la casa. Las calles ya oscurecían.

-¿Es lejos de aquí? –preguntó el extraño y miró las casas que se extendían hasta el final del callejón: estaban todas desocupadas.
-No, no es demasiado lejos, pero te acompañaré, ya que no conoces el camino, forastero.
-¿Lo conoces tú? –preguntó el hombre con seriedad. .
- Lo conozco bien, lo he aprendido desde chica, pues me conducía a mi madre, que nos fue quitada demasiado pronto. Ella descansa allí, te mostraré el lugar.

Entonces avanzaron calladamente, sus pasos sonaban como un solo paso en la quietud. De pronto dijo el hombre de negro:

-¿Qué edad tienes, Gita?
-Dieciséis – respondió la joven, estirándose un poco. – Dieciséis y con cada día un poco más.

El extraño sonrió.

-Pero –dijo ella también sonriendo - ¿Qué edad tienes tú?
-Mayor, mayor que tú, Gita, casi el doble. Y con cada día mucho, mucho mayor.

En esto llegaron hasta la entrada del cementerio.

-Allí está la casa en la que has de vivir, junto al depósito de cadáveres – dijo la muchacha y señaló con la mano entre los barrotes del portal hacia el otro extremo del cementerio, donde se veía una pequeña casa cubierta por completo de hiedra.
-Así que aquí es – exclamó el hombre sacudiendo la cabeza y echó una mirada a su nueva tierra, de un extremo al otro.
-Por cierto, ¿era un hombre viejo el anterior sepulturero de aquí? – preguntó.
-Sí, un hombre muy viejo. Vivía aquí con su mujer, que también era muy vieja, pero ella se fue inmediatamente tras la muerte de su marido, no sé adónde.

El extraño dijo solo: “Bien”, pero parecía pensar en algo completamente distinto. De pronto se volvió hacia Gita:

-Debes irte ahora, niña, se ha hecho tarde. ¿No tienes miedo de andar sola?
-No. Siempre ando sola. Pero tú, ¿no tienes miedo de quedarte aquí?

El extranjero sacudió la cabeza, tomó la mano de la joven y la sostuvo con un apretón seguro y suave:

-Yo también estoy siempre solo. – dijo y entonces murmuró la chica repentinamente casi sin aliento:
-¡Escucha! – y ambos escucharon un ruiseñor, que entre las zarzas del cementerio comenzó a cantar, y se vieron por completo rodeados por la música creciente y como abrumados por la nostalgia y la gloria de esta canción.

A la mañana siguiente empezó el nuevo enterrador de San Rocco con su trabajo. Comprendía su tarea singularmente bien. Renovó el patio del cementerio y lo convirtió en un gran jardín. Las viejas tumbas abandonaron su melancólica tristeza y se ocultaron tras mantos de flores y crecientes ramas. Más allá, pasando la mitad del camino, donde antes crecía un pasto ralo y descuidado, armó el hombre lechos de flores, similares a los de las tumbas de la entrada, para que ambas mitades del cementerio tuvieran la misma importancia. La gente que venía de la ciudad, no podía al principio encontrar a sus queridos muertos, incluso sucedió que una vieja madrecita se había arrodillado y lloraba junto a uno de los lechos vacíos a la derecha del camino, sin que su triste plegaria llegara a su hijo perdido, que yacía más allá, bajo claras anémonas. Pero la gente de San Rocco, que veía este cementerio, ya no sufrió tanto a causa de la muerte. Si alguna vez alguien moría (y se trataba mayormente de gente anciana en esta memorable primavera), entonces la procesión era siempre larga y desolada, pero en el jardín en cambio era siempre como una pequeña y tranquila celebración. Las flores parecían crecer impulsivamente por todos lados eran colocadas tan rápidamente sobre la tumba, que daba la impresión de que la boca negra de la tierra se había abierto para decir flores, miles de flores.

Gita veía todos estos cambios; ella estaba casi siempre afuera con el extranjero. Lo acompañaba mientras trabajaba, le hacía preguntas y él las contestaba; la pala marcaba el ritmo de la conversación y a menudo la interrumpía. “Lejos, desde el Norte” respondía el extraño a una pregunta. “De una isla” y se agachaba para arrancar unas malezas “del mar. De otro mar. Un mar que con los de ustedes (lo escucho a veces a la noche respirar profundo, aunque está a más de dos días de viaje de aquí) tiene poco en común. Nuestro mar es sombrío y cruel, y ha hecho a los hombres que allí viven tristes y callados. En primavera hay constantes tormentas, tormentas bajo las que nada puede crecer, así que mayo pasa desaprovechado. En invierno hiela y convierte a todos los habitantes de la isla en prisioneros.

-¿Hay muchos hombres en las islas?
-No muchos.
-¿También mujeres?
-También.
-¿Y niños?
-Sí, niños.
-¿Y muertos?
-Y muchos, muchos muertos, hay muchos que trae el mar y los deja por la noche en las playas. Quien los encuentra no se asusta, sino que lo acepta, lo acepta como alguien que lo sabe hace mucho tiempo. Hay entre nosotros un anciano, que nos ha sabido contar de una isla, a la que el sombrío mar llevó tantos muertos, que ya no había lugar para los vivos. Estaban acorralados por los cadáveres. Quizás sea solo una historia, quizás se haya equivocado el anciano que la contaba. Yo no la creo. Yo creo que la vida es más fuerte que la muerte.

Gita permaneció un rato callada y luego dijo:

-Y, sin embargo, mamá murió. - El hombre dejó de trabajar y se apoyó en la pala:
-Sí, yo también conozco una mujer que murió. Pero ella lo quería.
-Sí –dijo la muchacha seriamente – puedo imaginarme que la gente lo desee.
-La mayoría de las personas lo quieren y juntamente mueren esos pocos que desean vivir; son arrastrados, no se les pregunta. He recorrido mucho mundo, Gita, he hablado con muchas personas y les he preguntado desde el corazón. Pero no había ninguno entre ellos que no quisiera morir. Abiertamente, muchos decían lo contrario y por eso su miedo se hacía más fuerte; pero los hombres no lo dicen todo. En el fondo estaba la voluntad, el deseo callado, que caía hacía la muerte, como el fruto del árbol. Es algo que no se puede detener.

Así llegó el verano. Y cada nuevo día, que empezaba con el despertar de los pequeños pájaros, encontraba a Gita afuera junto al forastero del norte. En casa se le advirtió, se la regañó, se intentó controlarla y castigarla para que no saliera: todo fue en vano. Gita le correspondía al extranjero como una herencia. Una vez lo mandó a llamar el Podestá que era un hombre poderoso con una voz gruesa y amenazante.

-Tiene usted una hija solitaria, señor Vignola – contestó el forastero a todos los reproches que se le hicieron, tranquilo y haciendo una pequeña reverencia. – No puedo impedirle estar a mi lado y cerca de su madre. No le he regalado ni prometido nada, ni jamás la he llamado. – Esto dijo, respetuoso y seguro, y se marchó, pues como había dicho, no había nada más que agregar.

Ahora florecía el jardín y valía la pena, por las cuatro esquinas crecía el trabajo que se le había hecho. Y a veces se podía cerrar temprano y sentarse en el pequeño banco que estaba delante de la casa y contemplar el atardecer suave y sublime. Entonces preguntaba Gita y el extraño respondía y entre tanto había largas pausas silenciosas.

-Hoy quiero contarte sobre un hombre al que se le murió su amada esposa – empezó una vez el extraño tras una de tales pausas. Sus manos temblaban, una envuelta en la otra. – Era otoño y él sabía que ella moriría. Los médicos lo decían, aunque pudiera ser que se equivocaran, pero la misma mujer lo decía antes que ellos. Y ella nunca fallaba.
-¿Quería ella morirse? - preguntó Gita, pues el hombre había hecho una pausa.
-Ella quería, Gita. Ella quería algo distinto que la vida. Siempre había tenido mucha gente alrededor, quería estar sola. Sí, eso era lo que quería. De chica, nunca había podido estar sola como tú; y cuando se casó, supo que estaba sola. Y ella quería estar sola, pero no saberlo.
-¿No era bueno su marido?
-Era bueno, Gita; pues la amaba y ella a él, y sin embargo, ellos no se tocaban. Las personas están terriblemente lejos unas de otras y aquellos que se aman suelen estarlo mucho más. Se arrojan todas sus cosas el uno al otro y no las atrapan, y queda todo tirado entre ellos y se amontona hasta que les impide verse el uno al otro o acercarse. Pero yo quería contarte de la mujer que murió. Ocurrió una mañana y el hombre, que no había dormido, se sentó a su lado y la vio morir. Ella se enderezó de pronto y levantó la cabeza y su vida entera pareció ocurrir en su rostro y se había acumulado y allí estaba como cientos de flores en su semblante. Y la muerte vino y las arrancó de un manotazo, las arrancó como de arcilla blanda y dejó su rostro completamente desnudo, otra vez largo y delgado. Sus ojos seguían abiertos y sobresalían, si los cerraba, serían como caparazones que llevan un molusco muerto. Y el hombre, que no podía soportar que los ojos que ya no podían ver siguieran abiertos, cortó del jardín dos pimpollos duros y tardíos y los dejó sobre los párpados, como carga. Entonces quedaron los ojos cerrados, y él se sentó y miró largamente el rostro muerto. Y cuanto más lo miraba, veía con mayor nitidez, que suaves olas de vida bañaban aún los bordes de su rostro y se retiraban lentamente. Él se acordó oscuramente de haber visto esas olas en su rostro en una hora hermosa y supo que su verdadera vida era esa que él no había llegado a conocer del todo. La muerte no se la había quitado, se había dejado engañar por tantas cosas que habían surgido en su rostro, esas eran las flores que había cortado, junto con el suave contorno de su perfil. Pero la otra vida seguía en ella, un rato antes había inundado sus quietos labios y ahora se retiraba, flotaba en silencio y se reunía sobre su roto corazón.

Y el hombre que había amado a esta mujer, amado irremediablemente, como ella a él, sintió un inefable anhelo de atrapar esta vida que a la muerte se le había escapado. ¿No era él el único, que podía hacerlo, el heredero de sus flores y libros y de los suaves vestidos que seguían teniendo el olor de su cuerpo? Pero no sabía cómo retener esa tibieza que flotaba tan implacablemente sobre sus mejillas, cómo atraparla, con qué sacarla? Buscó la mano de la muerta, que yacía sobre la cama, abierta y vacía como la cáscara de un fruto descorazonado; el frío de esta mano era mudo y uniforme y daba la sensación de ser algo que hubiera estado toda la noche olvidado bajo el rocío, para ser secado luego en el frío y rápido viento matutino. Entonces se movió algo súbitamente en el rostro de la muerta. Él hombre miró tenso. Todo estaba quieto, pero de pronto palpitó el capullo que estaba sobre el ojo izquierdo. Y el hombre vio que también la rosa del derecho estaba más grande y seguía creciendo. El rostro se acostumbró a la muerte, pero las rosas brotaron como ojos que miraban hacia otra vida. Y cuando se hizo la tarde, la tarde de un día silencioso, el hombre llevó dos rosas grandes y rojas en su mano temblorosa hasta la ventana. En ellas, que luchaban contra la gravedad, llevaba él su vida, la abundancia de su vida, que él tampoco había podido atrapar.

El extraño apoyó la cabeza en la mano y permaneció sentado en silencio. Cuando se sacudió, preguntó Gita:

-¿Y entonces?
-Entonces siguió adelante, ¿qué otra cosa podía hacer? Pero él no creía en la muerte, sólo creía que las personas no pueden acercarse unas a otras, ni los vivos ni los muertos. Y esa es su desgracia, no que ella haya fallecido.
-Sí, eso lo sé yo también, que uno no puede ayudar –dijo Gita con tristeza. – Yo tenía un pequeño conejito blanco, que era completamente manso y no podía estar sin mí. Y luego enfermó, Se le hinchó el cogote y sufría como un ser humano. Y me miró y me rogó, me rogó con sus pequeños ojos, tenía la esperanza, la fe, de que yo pudiera ayudarlo. Y finalmente dejó de mirarme y murió en mi regazo como si estuviera solo, como si estuviera a cien millas de mí.
-Uno no debería acostumbrarse a ningún animal, Gita, esa es la verdad. De esa forma, se carga con una culpa, se hacen promesas que no se pueden cumplir. Nuestra parte en la relación es una falla constante. Y con las personas no es distinto, sólo que hay los dos son culpables, el uno con el otro. Y eso es el amor: ser culpables mutuamente, nada más, Gita, nada más.
-Lo sé - dijo Gita -, pero eso ya es mucho.

Y luego anduvieron juntos tomados de la mano por el cementerio, paseando y sin pensar que pudiera ser de otra manera a como era.

Pero sí lo fue. Llegó agosto y un día de agosto, en que las calles de la ciudad parecían en fiebre, abrumadoras, inquietas, sin viento. El forastero esperaba a Gita en la puerta del cementerio, pálido y serio.

-He tenido un mal sueño, Gita -exclamó. – Ve a tu casa y ya no vuelvas, Ya te avisaré cuando puedas venir. Probablemente tenga bastante trabajo ahora. Que estés bien.

Ella, sin embargo, se arrojó en su pecho y lloró. Y él la dejó llorar, tanto como quisiera, mirándola tranquilamente. El extraño no se había equivocado: en seguida empezó a haber trabajo en serio. A diario ingresaban dos o tres cortejos fúnebres. Muchos ciudadanos los seguían; eran entierros ricos y festivos, en los que no faltaban el incienso y los cantos. El hombre sabía, sin embargo, lo que todavía no se había dicho: la peste había entrado en la ciudad. Los días se hicieron cada vez más calurosos y picantes bajo un cielo mortuorio, las noches venían y no refrescaban. El miedo y el espanto caían en las manos de aquellos que trabajaban y en los corazones de aquellos que amaban – y los paralizaban. Y había completo silencio en las casas, como en día de ayuno o en medio de la noche. Pero las iglesias estaban llenas de rostros perturbados. Y de pronto empezaban a sonar las campanas y todos salían, rompiendo en exclamaciones: como si animales salvajes hubieran saltado contra las cuerdas y se ensañaran con ellas: así sonaban, desesperados.
En estos días terroríficos, el enterrador era el único que trabajaba. Sus brazos se fortalecían a causa de la demanda, y había una cierta alegría en él, la alegría de su sangre que se aceleraba.

Pero una mañana, cuando se despertó tras haber dormido un poco, vio frente a él a Gita.

-¿Estás enfermo?
-No, no – Él entendió poco a poco lo que ella, apresurada y confusa le contaba. Ella dijo que la gente de San Rocco estaba en camino a buscarlo.
-Quieren matarte porque dicen que tú has traído la peste, has hecho montículos y tumbas del lado vacío del cementerio, donde no había nada. Y con esto has llamado a los muertos. ¡Huye, huye! –rogó Gita y se echó apasionadamente en sus rodillas, como si cayera de lo alto de una torre. Y en el camino ya se veía una mancha oscura, que se hinchaba y se acercaba. La polvareda avanzaba. Y del murmullo ahogado de la multitud se escapaban ya algunas palabras fuertes y amenazas. Gita se levantó y cayó de nuevo de rodillas y quiso arrastrar con ella al forastero.

Él, sin embargo, se mantuvo en pie como si fuera de piedra, se mantuvo firme y le ordenó a ella que se metiera en la casa y lo esperara allí. Ella obedeció. Entró y se arrodilló detrás de la puerta, mientras sentía los golpes de su corazón en el cuello, en las manos, en todos lados.

Entonces cayó una piedra y luego otra; las escuchó ambas golpear contra el cerco. Gita no se aguantó más. Abrió bruscamente la puerta y corrió, corrió directamente hacia la tercera piedra, que le abrió la frente. El extraño la atajó cuando caía y la llevó adentro de la pequeña y oscura casa. Y el pueblo gritando llegó ante el cerco bajo, que no podía protegerlos. Pero entonces ocurrió algo inesperado, temible. El pequeño escribiente calvo, Theophilo, se colgó de pronto de su vecino, el herrero de la callejuela de Sta. Trinità. El tambaleó y sus ojos se revolvieron de una manera particular. Y en ese mismo momento, un muchacho en la tercera fila empezó a temblar, y detrás de él gritó una mujer, una embarazada, gritó y gritó y todos conocían estos gritos y se chocaban unos con otros, locos de miedo. El herrero, un hombre grande y fuerte, tiritaba y sacudía el brazo, al que se había agarrado el escribiente, como si quisiera sacarlo volando, sacudía y sacudía.

Y en la casa, Gita, que yacía en la cama, volvió finalmente en sí y escuchó.

-Se alejan -dijo el forastero, que se inclinaba a su lado. Ella ya no podía verlo, pero tanteo suavemente su rostro, para recordar una vez más cómo era. Para ella era como si hubieran vivido largo tiempo juntos. Años y años. Y de pronto dijo:
-El tiempo no importa, ¿verdad?
-No –dijo él-, Gita, el tiempo no importa. – Él entendió lo que había querido decir y ella murió.

Y la enterró en una tumba en medio del camino, en el brillante y suave césped. Y vino la luna y fue como si la hubiera enterrado en plata. Y la dejó sobre flores y la cubrió con flores. “Tú, amada” dijo y permaneció un rato en silencio. Pero luego se levantó en seguida, ya que tenía miedo de la quietud y la meditación, y empezó a trabajar. Todavía quedaban siete ataúdes sin enterrar; habían llegado al cementerio en el curso del día. Sin mucho cortejo, aunque en uno de ellos, particularmente amplio y de roble, estaba Gian-Battista Vignola, el Podestà.

Así fue que todo cambió. Ya no había servicios. En lugar de un muerto con muchos vivos, llegaba ahora siempre un solo vivo y traía en su carro tres o cuatro ataúdes, el rojo Pippo, que estaba hecho para su oficio. El forastero midió entonces cuánto espacio le quedaba: quizás para quince tumbas. Y así empezó con su trabajo, y al comienzo era solo su pala la única voz en la noche. Hasta que de nuevo la Muerte se escuchó en la ciudad. Pues ya no se contenía; ya no era ningún secreto. Cuando llegaba la enfermedad, o simplemente el miedo de ella, la muerte gritaba y gritaba hasta el final. Las madres temían a sus hijos, nadie reconocía al otro, como en la tremenda oscuridad. Algunos desesperados hacían orgías y cuando empezaban a tambalear, arrojaban a las prostitutas borrachas por la ventana, por miedo de que se hubieran agarrado la peste.

Pero el forastero seguía cavando tranquilo. Tenía la sensación de que mientras él fuera el amo allí, entre estas cuatro esquinas, mientras él pudiera ordenar el lugar, construir y, al menos por fuera, al menos mediante flores y lechos, darle un sentido a esta demencia y reconciliarla con la tierra; entonces la Otra no tendría derecho, y podía ser que llegara un día en que la Otra se cansara y renunciara. Entretanto, dos tumbas ya estaban listas. Pero Ella ya llegaba: risas, voces y un carro arrastrándose. Éste estaba cargado y cargado de cadáveres. El rojo Pippo había encontrado compañeros para que lo ayudaran, que sostenían ansiosos y a ciegas la abundante carga y tironeaban de uno que parece resistirse, hasta que por fin lo tiraron en el borde del cementerio. Y luego otro. El extraño permaneció quieto. Hasta que el cuerpo de una joven, desnuda y ensangrentada, con los cabellos desordenados, le cayó ante los pies. Esto lo impulsó a salir de nuevo a la noche y quiso continuar con su trabajo. Pero los borrachos no estaban dispuestos a dejarse ordenar. Siempre aparecía de nuevo el rojo Pippo, levantaba la lisa frente y arrojaba otro cuerpo por sobre el cerco. Así, los cadáveres se amontonaban en torno al callado trabajador. Cadáveres, cadáveres, cadáveres. La pala se movía cada vez con mayor dificultad. Las manos de los muertos mismas parecían estar dispuestas a impedirlo. En eso el forastero se detuvo. En su frente se veía el sudor. En su pecho algo luchaba. Entonces caminó hacia el borde del cerco, y como de nuevo la roja y redondeada cabeza de Pippo se levantaba, esgrimió con un amplio movimiento la pala, sintió cómo golpeaba y siguió mirando, mientras se retiraba, negro y mojado. La arrojó luego con fuerza y hundió la frente. Y avanzó de nuevo hacia su jardín en la noche, un hombre derrotado. Uno que había llegado demasiado pronto, excesivamente pronto.