lunes, 22 de julio de 2019

La cama junto a la ventana. E.F. Benson (1867-1940)

Mi amigo Lionel Bailey entiende las obras del señor Einstein, y las lee con la atención ensimismada y emocionada que la gente corriente dedica a las novelas de detectives. Dice que resultan tan excitantes que es incapaz de dejarlas; siempre le hacen llegar tarde a la cena. Podría ser debido a esta inusual configuración mental que habla sobre el tiempo y el espacio de una manera que a menudo resulta desconcertante, ya que sobre estas cosas piensa de un modo muy diferente a nuestras nociones aceptadas sobre ellas. Aquella noche, sentados junto a mi chimenea oyendo una típica tormenta primaveral de marzo que aullaba en el exterior y arrojaba espesas cortinas de agua contra mi ventana, me había resultado particularmente difícil seguirle.

Pero aunque piensa en términos que el hombre corriente encuentra ininteligibles, siempre está dispuesto (aunque con esfuerzos) a abandonar las austeras alturas en las que ronda de manera tan natural para explicarse. Y sus explicaciones son a menudo tan lúcidas que el hombre corriente (me aludo a mí mismo) puede hacerse una idea general de lo que quiere decir. Justo entonces acababa de realizar un comentario extremadamente críptico sobre las dimensiones reales del tiempo, y la evidente incorrección de nuestra concepción sobre el mismo; pero interpretando correctamente el gemido con el que lo recibí, acudió generosamente al rescate.

—Verás, el tiempo, tal y como lo entendemos —dijo—, es una convención sin sentido. Hablamos del futuro y del pasado como si se tratase de polos opuestos, cuando en realidad son lo mismo. Aquello que teníamos por el futuro hace un minuto o hace un siglo, ha pasado ahora a ser el pasado; el futuro siempre está en proceso de convertirse en pasado. Ambos son lo mismo, tal y como acabo de decir, sólo que vistos desde diferentes perspectivas.

—Pero no son lo mismo —dije, de manera bastante poco prudente—. El futuro puede convertirse en pasado, pero el pasado nunca se convierte en futuro.

Lionel suspiró.

—Una afirmación de lo más desafortunada —dijo—. Vaya, si es que todo el futuro está construido a base de pasado; depende de él completamente; el futuro no consiste en otra cosa que no sea el pasado.

Creí entender lo que quería decir. No había razón para negarlo, de modo que intenté otra cosa.

—Sin duda se trata de un asunto resbaladizo y complejo —dije—. El futuro pasa a ser pasado, y el pasado futuro. Pero afortunadamente hay un referente seguro en toda esta confusión, y ese es el presente. El presente es algo sólido; no hay ningún tipo de duda respecto al presente ¿no?

Lionel se revolvió ligeramente en su silla. Un movimiento de indulgencia, paciente...

—Señor, Señor —dijo—. Has escogido como referente firme y sólido al más inestable y cambiable de todos. ¿Qué es el presente? Para cuando hayas acabado de decir «esto es el presente», ya se habrá deslizado hacia el pasado. El pasado tiene una suerte de existencia real, y sabemos que el futuro florecerá a partir de él. Pero apenas se puede defender la existencia del presente, ya que en el preciso momento en el que dices que está ahí, ha cambiado. Es, de lejos, el aspecto más elusivo del fantasma que llamamos Tiempo. Es la puerta, y eso es lo máximo que de él se puede decir, a través de la cual el futuro pasa a ser el pasado. Y de algún modo, aunque apenas existe, desde él podemos ver tanto el pasado como el futuro.

Sentí que podía atreverme a contradecir este último punto.

—Gracias a Dios, eso no es posible —dije—. Resultaría terrorífico poder ver el futuro. Ya es suficientemente malo a veces tener que recordar el pasado.

Él negó con la cabeza.

—Pero sí podemos ver el futuro —dijo—. El futuro evoluciona a partir del pasado, y si pudiéramos saberlo todo sobre el pasado deberíamos conocer también todo sobre el futuro. Todo lo que sucede es tan sólo un nuevo eslabón en una cadena de consecuencias inalterables. Lo poco que sabemos del sistema solar, por ejemplo, nos asegura que el sol volverá a aparecer por la mañana.

—Oh, te refieres a eso —dije yo—. Deducciones materiales y matemáticas.

—No, me refiero a todo tipo de cosas. Por ejemplo, estoy seguro de que en alguna ocasión habrás tenido la certeza que todos experimentamos una y otra vez de que alguien va a decir algo en particular. Pasan un par de segundos y entonces dice exactamente lo que estábamos esperando que dijera. Eso no tiene nada de matemático ni de material. Es un pequeño ejemplo de algo importantísimo llamado clarividencia.

—Ya sé a qué te refieres —dije—. Pero podría tratarse de un truco del cerebro. No se trata de una experiencia normal.

—Todo es normal —dijo Lionel—. Todo depende de alguna regla. Sólo llamamos anormales a aquellas cosas cuyas reglas desconocemos. Y además están los médium: los médium ven constantemente el futuro, y hasta cierto punto todos somos médium: todos hemos tenido pequeñas revelaciones.

Hizo una pausa momentánea.

—Y en realidad existe una explicación muy simple —dijo—. Verás, todos existimos en la Eternidad, y sólo durante ese tramo que representa nuestra vida existimos a la vez en el Tiempo. Pero la Eternidad está al margen del Tiempo: el Tiempo es como una especie de niebla que nos envuelve. De vez en cuando, la niebla se aclara, y entonces... ¿Cómo expresar algo tan simple? Entonces podemos contemplar el Tiempo desde arriba, como si se tratara de una pequeña isla bajo nosotros, perfectamente visible, tanto el futuro, como el presente, como el pasado. Tan sólo podemos echar un vistazo antes de que la niebla vuelva a espesarse y nos envuelva. Pero en esas ocasiones podemos ver el futuro tan claramente como vemos el pasado, y podemos ver también no sólo a aquellos que han trascendido la niebla de los fenómenos materiales, aquellos a los que llamamos fantasmas, sino también el futuro o el pasado de aquellos que aún permanecen en su interior. Todos aparecen ante nosotros tal y como son en la Eternidad, donde no hay ni pasado ni futuro.

Noté que mi capacidad de retener lo que me estaba diciendo empezaba a debilitarse.

—Creo que será suficiente por esta noche —comenté con ligereza—. El futuro es el pasado y el pasado es el futuro, el presente no existe y los fantasmas podrían surgir de lo que ha ocurrido o de lo que aún está por ocurrir. Me gustaría ver un fantasma del futuro... Y, como te acabas de tomar un whisky con soda en el pasado inmediato, estoy seguro de que te apetecerá tomarte otro en un futuro cercano, ya que ambas cosas son lo mismo. Dime cuándo.

Al día siguiente partí hacia el campo, con la idea de recluirme, a modo de compensación por el par de meses que había pasado perezosamente en Londres, en un pequeño pueblo de la costa de Norfolk, donde no conocía a nadie y en el que, me había informado, no había absolutamente nada que hacer; eso me obligaría a concentrarme en el trabajo aunque sólo fuera para pasar el día de algún modo. Había allí una casa, propiedad de un hombre y su esposa, en la que se aceptaban huéspedes, y en la que planeé recluirme hasta liquidar aquel infernal atraso que arrastraba. El señor Hopkins había sido mayordomo y su esposa cocinera, y (o eso me había comentado un amigo que había podido juzgar sus atenciones) conseguían que sus hospedados se sintiesen realmente cómodos.

El señor Hopkins me había escrito para informarme de que en aquel momento había una pareja alojada en la casa, por lo que lamentaba no poder ofrecerme una sala de estar para mí solo. Pero podría proporcionarme una enorme habitación doble, en la que habría suficiente espacio tanto para mi mesa de trabajo como para mis libros. Era suficiente.

Hopkins había enviado un coche a recogerme a la estación de tren más cercana, a once kilómetros de Faringham, y un poco antes de la puesta del sol, un día ventoso y despejado de marzo, llegué al pueblo. Aunque nunca había estado allí, sentí una extraña sensación de remota familiaridad, y supuse que en alguna ocasión debería haber visto, y posteriormente olvidado, alguna aldea parecida. Tan sólo tenía una calle bordeada por casas de pescadores, hechas a base de piedras redondeadas y en cuyas paredes había redes colgadas a secar, y un par de tiendas diversas. La recorrimos en su completa longitud hasta llegar, al final, a una casa de tres pisos, en cuya puerta nos detuvimos.

Un espacioso jardín la separaba de la carretera, y una hilera de espigados perales bordeaba el sendero que conducía a la entrada principal; más allá, el terreno se despejaba y se alargaba hacia el horizonte, entrecruzado por grandes diques y zanjas, a través de las cuales pude ver, a dos kilómetros de distancia, una franja blanca de guijarros que anunciaba la presencia del mar. Mi llegada fue anunciada por el claxon del coche, y Hopkins, un hombre delgado, austero y moreno, salió para recoger mi equipaje. Su mujer estaba esperando en el interior, y me condujo hasta mi habitación. Ciertamente era perfecta: tenía dos ventanas desde las que se veían las marismas del este, y junto a una de ellas había sido colocado un enorme escritorio.

Un fuego chisporroteaba en la chimenea y había dos camas situadas en lugares opuestos de la habitación, una cerca de la segunda ventana y la otra junto a la chimenea, enfrente de la cual había un enorme sillón. Este sillón tenía una alfombrilla, bajo el escritorio había una papelera, y sobre ella uno de esos anticuados pero útiles artefactos que muestran el día del mes y de la semana en el que se encuentra uno, con clavijas para ajustado. Todo estaba pensado para resultar cómodo; todo parecía inmaculadamente limpio y cuidado, y me sentí como en casa al instante.

—Pero qué habitación más acogedora, señora Hopkins —dije—, es precisamente lo que estaba buscando.

Ella se apartó de la puerta mientras yo hablaba para dejar a su esposo pasar con las maletas. Le arrojó una mirada fugaz y hostil, y me descubrí pensando: «cómo le odia». Pero la impresión fue momentánea, y habiendo escogido dormir en la cama de al lado de la chimenea, bajé las escaleras junto a ella para tomar una taza de té mientras su marido deshacía mi equipaje. Cuando volví a subir, su labor ya estaba terminada, y todos mis efectos habían sido dispuestos, las ropas guardadas en los cajones del armario y los libros y papeles ordenadamente colocados sobre la mesa.

Había tomado posesión de aquella agradable habitación como si siempre hubiera vivido y trabajado en ella. Entonces me fijé en que la fecha que marcaba aquel pequeño artefacto ajustable que había sobre la mesa: era un detalle que se le había pasado por alto a la vigilancia de mis caseros, ya que marcaba martes 8 de mayo en vez de la fecha real, jueves 22 de marzo. Me satisfizo bastante comprobar que, después de todo, los Hopkins no eran completamente perfectos, y tras hacer retroceder las ruedecillas hasta que marcaran la fecha correcta, me sumergí en el trabajo inmediatamente, ya que no necesitaba acostumbrarme a nada antes de sentirme como en casa.

Una cena sencilla y excelente fue servida tres horas más tarde, y descubrí que uno de mis compañeros de hospedaje era una dama anciana y sepulcral dotada de una voz gentil pero que apenas hablaba, y como mucho para comentar el tiempo. Tenía junto a ella, sobre la mesa, una baraja de cartas y una botella de medicina. Tomó una dosis de la última tras haber comido, y de inmediato se retiró a la sala de estar común, donde aquella noche y todas las que le siguieron jugó interminables y tristes solitarios. El otro era un joven colorado que me confió que estaba llevando a cabo un estudio sobre las pulgas que infectaban a los caracoles de agua dulce, en cuya busca todos los días dragaba los diques.

Había sido tan afortunado como para descubrir una nueva especie que sin duda sería llamada Pulex Dodsoniana en su honor. Hopkins nos atendió con atención ligera y silenciosa, y su mujer trajo algunos de los admirables frutos de su cocina. En cierto momento la loza entrechocó sobre la bandeja que ella portaba, lo que produjo una mirada por parte de su esposo que sorprendí casualmente. No era el mero disgusto el que la inspiraba, sino más bien una especie de odio mortal y callado. La cena terminó, y me acerqué durante un par de minutos a la sala de estar, donde la dama sepulcral se concentraba en sus solitarios y el señor Dodson en su microscopio, de modo que muy pronto regresé al piso superior para reanudar mi trabajo.

La habitación estaba agradablemente cálida, mis cosas estaban preparadas para la noche, y durante un par de horas me ensimismé hasta perder la noción del tiempo. Entonces se abrió la puerta de la habitación, silenciosamente, sin que nadie hubiera avisado ni tocado previamente, y allí estaba la señora Hopkins. Dejó escapar un pequeño gritito de consternación al verme.

—Le ruego que me disculpe, señor —dijo—. Me había olvidado completamente; qué estúpida. Ésta es la habitación de mi marido, y cuando no se usa suelo ocuparla yo. Me había olvidado completamente.

Me desperté a la mañana siguiente tras una noche repleta de sueños turbadores y tontos, para descubrir el sol desparramándose por las ventanas mientras el señor Hopkins levantaba las persianas. Había soñado que el señor Dodson entraba para mostrarme una colección de las pulgas con forma de diamante que predaban sobre las cartas de la señora de los solitarios, aunque eso probablemente no sucedería hasta el martes 8 de mayo, ya que, como él mismo había indicado, en aquel momento no podía haber allí ninguna, ya que el presente no existía. Y entonces, Hopkins, que había estado inclinándose sobre la cama junto a la ventana, se disculpó por haber entrado en mi habitación, y me explicó que allí podía odiar a su mujer con más intensidad: esperaba no haberme molestado.

Después se oyó el estallido de una explosión, que se fundió en mis oídos con el ruido de la persiana al ser elevada, y allí estaba el señor Hopkins... Salí de inmediato de la cama y me vestí, pero de alguna manera aquel farragoso sueño fraguado a base de experiencias reales me siguió rondando. No podía evitar sentir que tenía alguna relevancia; si tan sólo pudiera encontrar la clave... No desapareció ni se evaporó, como suele ser habitual en los sueños, al despertarme; pareció más bien retirarse a alguna cueva o recoveco oculto de mi cerebro, para esperar allí emboscado a que se le volviera a llamar. Entonces me fijé en el calendario que había sobre la mesa, y vi sorprendido que aún registraba martes 8 de mayo, aunque habría jurado que la noche anterior le había puesto la fecha correcta. Y junto a la sorpresa apareció un ligero y más bien incómodo recelo, e involuntariamente me pregunté:

¿A qué martes? ¿A qué 8 de mayo se refería? ¿Era un día de hace años o uno de años por venir?

Sabía que tal pregunta era un ultraje al sentido común; probablemente había imaginado que había alterado los cilindros hasta reflejar la fecha real, pero no había llegado a hacerlo. Pero ahora sentía como si aquella fecha se refiriese a un hecho que ya hubiera sucedido, o a uno que aún tenía que suceder. ¿Registraba el pasado o... era quizá como una señal del ferrocarril inesperadamente alterada, durante la noche, en una estación secundaria? La vía parecía despejada, pero, de repente, de entre la oscuridad, llegaría el estruendo y el pitido de un tren que se aproximaba... Esta vez, en todo caso, no habría errores, y me aseguré de que había vuelto a colocar la fecha correcta.

Al principio los días transcurrieron con lentitud, tal y como suele pasar cuando uno se va adaptando a un nuevo entorno, y después empezaron a pasar con una rapidez cada vez más acelerada a medida que me iba acomodando a una rutina de productividad. Trabajaba toda la mañana, me obligaba a salir sin demasiadas ganas durante un par de horas por la tarde, y volvía a enfrascarme en el trabajo tras el té y hasta medianoche. Mi labor prosperaba, me encontraba a gusto, y la casa era realmente cómoda, pero durante todo el tiempo que estuve allí experimenté un misterioso instinto que me impelía a abandonar el lugar, o, dado que me resistía, a terminar lo antes posible mi trabajo para poder marcharme.

El fuerte y estimulante aire de la costa a menudo me producía soñolencia cuando entraba, y abandonaba mi escritorio para sentarme en el gran sillón y dormitar un rato. Pero siempre tras estas breves y restauradoras siestas me despertaba sobresaltado, sintiendo que Hopkins había entrado silenciosamente en la habitación mientras yo dormía, y acosado por un pánico inexplicable, me giraba esperando verle allí. Y sin embargo, no era a su forma corpórea, si puedo expresarlo así, a la que temía encontrarme, sino a alguna especie de fantasma psíquico que estuviera llevando a cabo siniestras tareas. Eran sus pensamientos los que se concentraban allí (¿se trataba de eso?), algo surgido de su interior que odiaba y rumiaba.

Aquello no me concernía; yo parecía ser nada más que un espectador esperando a que se levantara el telón para asistir a la representación de un siniestro drama. Entonces, a medida que este confuso y espantoso momento de despertar pasaba, del mismo modo se desvanecía el horror; no desapareciendo exactamente, sino más bien ocultándose y preparándose para emerger de nuevo.

Y sin embargo, durante todo aquel tiempo, la rutina de aquella ordenadísima casa continuó fluidamente. Hopkins se mantenía ocupado con sus labores, encargándose de la mayor parte del mantenimiento de la casa, y atendiendo la mesa; su esposa seguía poniendo en práctica sus admirables habilidades en la cocina. A veces la puerta de su habitación estaba abierta, y al subir al segundo piso tras haber cenado, podía verles mientras pasaba, cenando amistosamente. De hecho, empecé a preguntarme si aquellos destellos de desagrado por una parte, y aquellas miradas de odio por la otra, no habrían sido producto enteramente de mi imaginación, ya que era lógico suponer que hubiera algún hecho que les traicionara: un tono de voz excesivo y furioso, una respuesta seca y repentina.

Y sin embargo nunca hubo nada de eso; de manera silenciosa y eficiente los dos seguían con su trabajo, y a veces, avanzada la noche, podía oírlos caminar por el ático en el que dormían. Sonaban un par de pasos amortiguados, y después se imponía el silencio hasta por la mañana temprano, cuando yo, medio dormido, oía cómo se reanudaban los discretos movimientos, y pasos ligeros pasaban frente a mi puerta en su camino de descenso hacia el piso de abajo.

Aquella habitación, en la que llevaba ya trabajando tan prósperamente durante tres semanas, estaba convirtiéndose a mis ojos en un lugar encantado y terrible. Nunca en mi vida había visto nada fuera de lo ordinario, y nunca había oído ni un solo sonido que revelara otra presencia excepto la mía y la de las batientes llamas de la chimenea, y me decía a mí mismo que en realidad era yo, o más correctamente mi fantasioso sentido de lo invisible y lo inaudible, quien me estaba turbando y causando la fantasmal invasión. Y sin embargo la habitación debía de tener algo que ver, ya que ni en la planta baja ni en el exterior, a merced de los ventosos días de abril, ni siquiera en la misma puerta de la habitación, observaba ni rastro de aquella obsesión cada vez más marcada. Allí había pasado algo que había dejado su huella inmaterial, y que era imperceptible a los órganos de la vista y el oído, y cuyo efecto no sólo se estaba haciendo notar en mi mente, sino que se estaba filtrando hasta la mismísima fuente de la vida.

Y sin embargo, la explicación de que un fantasma estaba surgiendo del pasado no era completamente satisfactoria, ya que fuera el encantamiento que fuera, cada vez estaba más próximo, y aunque sus contornos aún no eran visibles, estaban formándose con gran precisión bajo el velo que los cubría. Estaba estableciendo un contacto conmigo, como si se tratara de un habitante de un mundo remoto que intentara llegar hasta mí a través del tiempo y el espacio y ya empezara a rozarme con las puntas de los dedos, y utilizara para ello pequeños sucesos físicos en la habitación, abarcándome con su influencia. Por ejemplo, una noche en la que me estaba peinando antes de bajar a cenar, una cara pálida y sin rostro asomó por detrás de mi hombro, y entonces, con un temblor contenido, vi que tan sólo se trataba del espejo ovalado que colgaba del techo.

En otra ocasión, tumbado en la cama, poco antes de apagar la luz, un soplido de viento entró a través de la ventana abierta, hinchando las cortinas, y antes de que pudiera averiguar la causa, había un hombre en pijama de rayas inclinándose sobre la cama junto a la ventana. A veces, un resuello proveniente de los carbones de la chimenea sonaba en mis oídos como una boqueada estrangulada de alguien. Algo estaba utilizando aquellos sonidos y visiones triviales para su propio fin, amasando mi cerebro para prepararlo y hacerlo receptivo a la revelación que se estaba preparando. Trabajaba de una manera muy inteligente, ya que a la mañana siguiente de que las cortinas se convirtieran en el hombre del pijama de rayas inclinado sobre la otra cama, Hopkins, cuando llamó para despertarme, se disculpó por su atuendo.

Se había quedado dormido y, para no retrasar más mi jornada, había bajado con un abrigo sobre su pijama de rayas. Otra noche, la brisa elevó el cobertor de cretona que yacía sobre la cama junto a la ventana, inflándolo hasta crear la forma de un cuerpo tumbado. Se movió y dio media vuelta antes de volver a desinflarse, y justo en ese momento las ascuas jadearon de asfixia.

Pero para entonces ya había terminado mi trabajo; me había propuesto no ceder al temor que me pudieran provocar aquellas extrañas y turbadoras fantasías hasta que no lo hubiera hecho, y aquella noche, ya muy tarde, garabateé una línea bajo las últimas palabras de la última página, y añadí la fecha. Me hundí en la silla, bostezando y cansado, pero contento porque ya era libre para regresar a Londres al día siguiente. Durante la última semana había pasado a ser el único huésped de la casa, y reflexioné que era natural que, aislado en mí mismo y mi trabajo durante todo el día, sin ver a nadie, hubiera creado fantasmas para que me hiciesen compañía. Perezosamente, mi mirada se desvió hacia el calendario, y vi que una vez más señalaba martes 8 de mayo... Inmediatamente, me di cuenta de que mis ojos me habían engañado; habían visualizado algo que estaba en mi cerebro, ya que un segundo vistazo me confirmó que el día indicado era de hecho martes, pero 24 de abril.

—Ciertamente ya va siendo hora de que me marche de aquí —me dije.

El fuego se había apagado y la habitación estaba bastante fría. Sintiéndome adormecido y a la vez muy contento de haber terminado mi tarea, me desnudé rápidamente, sin molestarme en abrir la ventana que había junto a la otra cama. Pero las cortinas estaban descorridas y la persiana alzada, y la última cosa que vi antes de dormirme fue un estrecho rayo de luna reflejado en el suelo. Me desperté, o por lo menos creí haberlo hecho. El rayo de luna se había ensanchado hasta abarcar oblicuamente un buen tramo de la habitación, el cual aparecía completamente iluminado. La cama, situada algo más allá, permanecía entre las sombras, pero resultaba perfectamente visible, y vi que había alguien durmiendo en ella. Y también había alguien al pie de la cama, alguien que vestía un pijama de rayas.

Atravesó en dos pasos el parche de luz lunar y después, extendiendo velozmente los brazos hacia el frente, se inclinó sobre la cama. La figura que yacía en ella se movió: se dispararon las rodillas y un brazo asomó por debajo de la colcha. La cama crujió y tembló en respuesta a la lucha que sobre ella se acababa de desatar, pero el hombre se mantuvo con fuerza sobre lo que fuera que estaba agarrando. Saltó sobre la cama, obligando a las rodillas a volver a extenderse, y sobre su hombro reconocí a la mujer que allí yacía. Durante un momento consiguió liberar su cuello del cepo que la tenía agarrada, y pude oír un agónico jadeo que reclamaba aire. Entonces, las manos del hombre volvieron a encontrar su agarradero: una vez más la cama se agitó, como lo hacen las hojas de los árboles ante un vendaval, y después todo quedó en calma.

El hombre se levantó; permaneció un momento completamente iluminado por la luna, retirándose el sudor de la cara, y pude verle con toda claridad. Entonces me di cuenta de que estaba sentado en la cama, contemplando la familiar habitación. Estaba completamente iluminada por la luz de la luna que se reflejaba en el suelo, pero vacía y silenciosa. Allí estaba la otra cama, con su cobertor de cretona impecablemente alisado. El desenlace probablemente les resulte familiar a la mayoría como El Asesinato de Farignham.

La mañana del 8 de mayo, según las declaraciones de Hopkins a la policía, bajó como siempre del ático en el que había dormido hasta las siete y media, y descubrió que la puerta principal de su casa había sido forzada, y que estaba abierta. Su esposa aún no había bajado, por lo que subió a la habitación del primer piso en la que habitualmente dormían juntos cuando no estaba siendo usada por algún huésped, y la encontró en su cama, estrangulada. Sin perder un instante llamó a la policía y al doctor, aunque estaba seguro de que había muerto, y mientras les esperaba observó que un cajón de su mesa, en el que solía guardar el dinero, también había sido descerrajado. Ella había acudido al banco el día anterior para cobrar un cheque de cincuenta libras, con las que pensaba pagar las facturas del mes, y los billetes habían desaparecido.

Él la había visto guardarlos en el cajón al regresar del banco. Al preguntársele por qué había dormido en el ático, dejando a su mujer sola en el primer piso, respondió que su habitación había sido ocupada recientemente y que volvería a serlo en un par de días, por lo que había juzgado que no merecía la pena trasladarse, aunque su mujer sí lo había hecho.

Sin embargo había dos puntos débiles en su historia. El primero era que la mujer había sido estrangulada mientras yacía en la cama, completamente cubierta con las sábanas y la manta hasta la barbilla. Pero si el supuesto ladrón la hubiera estrangulado al verse descubierto debido a que ella se hubiera despertado y quisiera dar la alarma, parecía increíble que hubiera permanecido tumbada y con la ropa de cama cubriéndola hasta la barbilla. Por otra parte, aunque efectivamente el cajón en el que ella había guardado el dinero había sido forzado, en ningún momento había estado cerrado con llave.

El ladrón sólo hubiera tenido que tirar de la manilla y se habría abierto. Hopkins fue detenido y la casa registrada, encontrándose el fajo de billetes en el forro de un viejo y enorme abrigo suyo que había en el ático. Antes de serle administrada la pena capital, confesó su crimen y relató cómo lo había cometido. Había bajado de su dormitorio, entrando en el de su mujer y estrangulándola. Posteriormente había forzado la puerta principal desde el exterior e, innecesariamente, el cajón en el que ella había guardado el dinero... Al leerlo, pensé en la teoría de Lionel Bailey, y en mi propia experiencia en la habitación en cuyo interior se había cometido el asesinato.

La cama 29. Guy de Maupassant (1850-1893)

Cuando el capitán Epivent pasaba por la calle, todas las mujeres se volvían. Era el auténtico prototipo del gallardo oficial de húsares. Por ello se exhibía pavoneándose siempre, orgulloso y atento a sus piernas, a su cintura y a su bigote. Y, verdaderamente, eran admirables su bigote, su cintura y sus piernas. El primero era rubio, muy fuerte, y le caía marcialmente sobre los labios, denso, con su bello color de trigo maduro, pero fino, cuidadosamente recortado, descendiendo a ambos lados de la boca en dos poderosas e intrépidas guías. La cintura era delgada, como si llevara corsé, y más arriba surgía un vigoroso pecho masculino, abombado y amplio. Sus piernas eran admirables, unas piernas de gimnasta, de bailarín, cuya carne musculosa dibujaba todos sus movimientos bajo la tela ajustada del pantalón rojo.

Andaba tensando las corvas y separando pies y brazos, con ese pequeño balanceo de los jinetes que tanto favorece a las piernas y al torso, y que parece airoso bajo el uniforme, pero vulgar bajo una levita.

Como muchos oficiales, el capitán Epivent no sabía llevar un traje civil. Vestido de gris o de negro, tenía aspecto de dependiente. Pero en uniforme era un ejemplar. Tenía, además, una hermosa cabeza, la nariz delgada y curva, los ojos azules, la frente estrecha. Es cierto que era calvo, sin que nunca hubiera logrado saber la causa de la caída del pelo. Se consolaba pensando que un cráneo un poco pelado no resulta mal si se tienen unos buenos bigotes.

En general, despreciaba a todo el mundo, aunque establecía muchos grados en su desprecio. Ante todo, los burgueses no existían para él. Los miraba como se mira a los animales, sin concederles mayor atención que la que se concede a los gorriones o a las gallinas. Sólo los oficiales contaban en el mundo, pero no tenía la misma estima por todos los oficiales. No respetaba más que a los gallardos, pues pensaba que la verdadera, la única cualidad del militar, debía ser la arrogancia. Un auténtico soldado, qué diablos, debía ser un temerario nacido para la guerra y el amor, un hombre de lucha, de pelo en pecho, fuerte, y nada más. Clasificaba a los generales del ejército francés según su estatura, su porte y la rudeza de su rostro. Bourbaki le parecía el mejor militar de los tiempos modernos.

Se reía de los oficiales de infantería bajos y gordos y que jadean al andar, pero, sobre todo, sentía un invencible desprecio que rayaba en repugnancia por los pobres diablos salidos de la Escuela Politécnica, esos hombrecillos flacos, con gafas, torpes y desmañados, que parecen hechos para el uniforme como un conejo para decir misa, afirmaba. Se indignaba de que en el ejército se tolerara a esos abortos de piernas frágiles que andan como cangrejos, que no beben, que comen poco y que prefieren las ecuaciones a las mujeres.

El capitán Epivent tenía éxitos constantes, triunfaba con el bello sexo. Cada vez que cenaba con una mujer se sentía seguro de acabar la noche a solas con ella, sobre el mismo colchón, y si obstáculos insuperables le impedían lograr la victoria aquella misma noche, no dudaba de que lo conseguiría al día siguiente. A sus compañeros no les gustaba presentarle a sus queridas, y los tenderos cuyas bellas mujeres estaban al mostrador de la tienda lo conocían, le temían y lo odiaban a muerte. Cuando pasaba la tendera cambiaba con él, a su pesar, una mirada a través de los cristales del escaparate, una de esas miradas que valen más que las palabras tiernas, que contienen una incitación y una respuesta, un deseo y una confesión. Y el marido, a quien una especie de instinto advertía, se volvía bruscamente y lanzaba una mirada furiosa a la silueta altiva e hinchada del oficial. Cuando el capitán había pasado, sonriente y contento de la impresión causada, el tendero, revolviendo nerviosamente los objetos que tenía delante, declaraba:

-Ahí va un pavo presumido. ¿Cuándo acabaremos de mantener a todos esos inútiles que arrastran su sable de lata por las calles? Yo prefiero a un carnicero antes que un soldado. Si tiene sangre en su delantal, al menos es sangre de animal; y sirve para algo. El cuchillo que lleva no está destinado a matar hombres. No comprendo por qué se tolera que esos asesinos públicos se paseen con sus instrumentos de muerte. Ya sé que hacen falta, pero que se los oculte, por lo menos, y que no se les vista como en una mascarada con pantalones rojos y chaquetas azules. Normalmente, los verdugos no llevan uniforme, ¿no?

La mujer, sin contestar, se encogía imperceptiblemente de hombros, mientras el marido, adivinando el gesto sin verlo, exclamaba:

-Hace falta ser imbécil para ir a ver pavonearse a esos fantasmones.

La fama de conquistador del capitán Epivent era conocida en todo el ejército francés. En 1868 su regimiento, el 102 de húsares, fue de guarnición a Rouen. Pronto fue conocido en toda la ciudad. Todas las tardes, hacia las cinco, aparecía en el paseo Boieldieu para ir a tomarse su ajenjo en el café de la Comedie, pero, antes de entrar en el establecimiento, se daba una vuelta por el paseo para lucir sus piernas, su cintura y su bigote. Los tenderos ruaneses, que también se paseaban, con las manos a la espalda, preocupados por los negocios y hablando del alza y de la baja, le lanzaban, no obstante, una mirada y murmuraban:

-¡Buen ejemplar de hombre!

Luego, cuando ya le conocieron:

-¡Mira, el capitán Epivent! Desde luego, es un buen mozo.

Las mujeres, al verlo, hacían un pequeño movimiento de cabeza, que era una especie de estremecimiento de pudor, como si se sintieran débiles o desnudas ante él. Agachaban un poco la cabeza con una sombra de sonrisa en los labios y un deseo de que las encontrara encantadoras y les concediera una mirada. Cuando se paseaba con un compañero, éste no dejaba nunca de murmurar con envidia, cada vez que se daba cuenta de este manejo:

-¡Tiene suerte, este maldito Epivent!

Entre las mantenidas de la ciudad se había establecido un combate, una carrera, a ver quién se lo llevaba. Todas acudían a las cinco, la hora de los oficiales, al paseo Boleldieu, y arrastraban sus faldas, de dos en dos, de una punta a la otra del paseo, mientras los tenientes, capitanes y comandantes, de dos en dos también, arrastraban sus sables por la acera, antes de entrar en el café. Una tarde la bella Irma, querida, según se decía, del señor Templier-Papon, el rico fabricante, mandó parar su coche enfrente de la Comedie. Bajándose, pretextó ir a comprar papel o a encargar tarjetas de visita al impresor Paulard, tan sólo para poder pasar ante las mesas de los oficiales y lanzar al capitán Epivent una mirada que quería decir: "Cuando usted quiera", tan claramente que el coronel Prune, que estaba bebiendo el líquido verde con su teniente coronel, no pudo evitar gruñir:

-¡Tiene suerte ese maldito!

Se difundió la frase del coronel; y el capitán Epivent, conmovido por aquella aprobación superior, paseó en uniforme de gala al día siguiente bajo las ventanas de Irma. Ella lo vio, se mostró, sonrió. Aquella misma noche se hizo su amante. Se mostraron en público, llamaron la atención, se comprometieron mutuamente, orgullosos ambos de su aventura. Los amores de la bella Irma con el oficial eran la comidilla de toda la ciudad. El único que los ignoraba era el señor Templier-Papon. El capitán Epivent estaba radiante de gloria. Y, a cada instante, repetía:

-Me acaba de decir Irma...
-Irma me decía anoche...
-Ayer, cenando con Irma...

Durante más de un año paseó, lució y ondeó por Rouen sus amores, como una bandera cogida al enemigo. Se sentía crecido por aquella conquista, envidiado, más seguro de alcanzar la cruz que tanto deseaba, pues todo el mundo tenía puestos los ojos en él y no hay nada mejor que ser muy conocido para que no olviden a uno.

Pero estalló la guerra, y el regimiento del capitán fue uno de los primeros en ser enviados a la frontera. La despedida fue muy triste. Duró toda una noche. El sable, los pantalones rojos, el quepis, el dormán, habían caído del respaldo de una silla al suelo; los vestidos, las enaguas, las medias de seda, estaban esparcidas, caídas también, mezcladas con las prendas del uniforme, en desorden sobre la alfombra, y toda la habitación revuelta como después de una batalla. Irma, enloquecida, con los cabellos sueltos, arrojaba sus brazos desesperados al cuello del oficial, lo estrechaba, y luego, soltándolo, se dejaba caer, arrastrando los muebles, desgarraba los sillones, le mordía los pies, mientras el capitán, muy emocionado, pero incapaz de consolarla, repetía:

-Irma, mi pequeña Irma, tranquilízate. Tengo que irme.

Y le enjugaba de cuando en cuando, con la punta de un dedo, una lágrima que le brotaba en el rincón de los ojos. Se separaron al amanecer. Ella siguió en coche a su amante durante la primera etapa. Lo besó casi delante del regimiento en el instante de la separación. A todos les pareció esto muy noble y digno, y los compañeros estrecharon la mano del capitán diciéndole:

-¡Enhorabuena! Esa pequeña tiene corazón.

Verdaderamente, veían en aquel gesto algo de patriótico.

El regimiento fue sometido a muchas pruebas durante la campaña. El capitán se comportó heroicamente y al fin fue condecorado con la cruz. Luego. terminada la guerra, volvió a Rouen de guarnición. Nada más regresar pidió noticias de Irma, pero nadie pudo decirle nada concreto. Según unos, se había divertido con todo el estado mayor prusiano. Según otros, se había retirado a vivir con sus padres, que eran labradores en las cercanías de Yvetot. Mandó incluso a su ordenanza al ayuntamiento para que mirara en el registro de defunciones. Pero el nombre de su querida no aparecía en él. Y se sintió invadido de una gran pesadumbre, de la que también hizo gala. Acusaba al enemigo de su desgracia y atribuía a los prusianos que habían ocupado Rouen la desaparición de la joven, declarando:

-¡Me las pagarán en la próxima guerra, esos miserables!

Una mañana, al entrar en el comedor de oficiales a la hora del almuerzo, un recadero, un viejo con blusón y gorra de plato, le entregó un sobre. Lo abrió y leyó: “Querido mío: Me encuentro en el hospital, muy enferma. ¿No vas a venir a verme? ¡Me darías una alegría tan grande!... Irma.”

El capitán se puso pálido y, apiadado, exclamó:

-¡Dios mío, pobrecilla! En cuanto termine de comer voy a verla...

Y a lo largo de toda la comida no paró de contar a los oficiales que Irma estaba en el hospital; pero que él la sacaría aquella misma mañana. La culpa era de esos malditos prusianos. Debía de haberse encontrado sola, sin dinero, en plena miseria, pues seguramente le robaron todos sus bienes.

-¡Ah, los muy canallas!

Todos se emocionaron al oírle. Apenas hubo metido su servilleta enrollada en el aro de madera, se levantó. Recogió el sable del perchero, abombó su pecho para poder abrocharse el cinturón, y partió a toda prisa para ir al hospital civil. Pero la entrada al edificio, contra lo que él esperaba, le fue negada terminantemente, y tuvo que ir a ver a su coronel, a quien explicó el caso, para que le diera una recomendación para el director. El cual, tras haber hecho esperar cierto tiempo al apuesto capitán en su antesala, le dio al fin una autorización, con un saludo frío y desaprobador. Ya en la puerta se sintió molesto en aquel asilo de la miseria, del sufrimiento y de la muerte. Un mozo de servicio lo guió. Iba de puntillas para no hacer ruido en los largos corredores en los que flotaba un repugnante olor a moho, enfermedad y medicamentos. De cuando en cuando un murmullo de voces turbaba el impresionante silencio del hospital.

A veces, por una puerta abierta, el capitán entreveía un dormitorio, una hilera de camas cuyas ropas estaban abultadas por la forma de los cuerpos. Mujeres convalecientes, sentadas en sillas al pie de sus camas, cosían, vestidas con un traje de uniforme en tela gris, y tocadas con un gorro blanco. De pronto, su guía se detuvo ante una de aquellas galerías llenas de enfermos. Sobre la puerta se leía en grandes letras: “Sifilíticas”. El capitán se sobresaltó; luego se puso colorado. Una enfermera estaba preparando un medicamento en una mesita de madera, a la entrada.

-Yo lo llevaré -dijo la enfermera-. Es en la cama veintinueve -y empezó a caminar delante del oficial-. Es aquélla -dijo, señalando una cama.

Sólo se veía un bulto bajo las mantas. Hasta la cabeza estaba oculta por las ropas. De todas las camas se incorporaban caras pálidas, extrañadas, que miraban el uniforme; rostros de mujeres, jóvenes y viejas, pero que parecían todas feas y vulgares con el humilde uniforme reglamentario.

El capitán, muy turbado, con el sable en una mano y el quepis en la otra, murmuró:

-Irma.

Un gran movimiento se produjo en la cama, y el rostro de su querida surgió, pero tan cambiado, tan fatigado, tan flaco, que no lo reconoció. Ella jadeaba, sofocada de emoción, y exclamó:

-¡Albert!... ¡Albert!... ¡Eres tú!... ¡Oh!... Gracias...

Y se le llenaron los ojos de lágrimas. La enfermera trajo una silla.

-Siéntese, caballero.

Se sentó, y miró la cara pálida, tan miserable, de aquella muchacha a la que había dejado tan bella y tan fresca.

Dijo:

-¡Qué tienes?

Ella, llorando, respondió:

-Ya lo has visto: está escrito en la puerta.

Ocultó sus ojos bajo el embozo de las sábanas. Y él, fuera de sí, avergonzado, siguió:

-Pero ¿cómo has cogido eso, mi pobre Irma?
-Esos cerdos prusianos -murmuró-. Me violaron y me dejaron envenenada.

No supo qué decir. La miraba y hacía girar su quepis sobre las rodillas. Las otras enfermas lo examinaban, y él creía sentir un olor a podredumbre, un olor a carne corrompida y a infamia en aquel dormitorio lleno de mujeres con aquella innoble y terrible enfermedad. Irma murmuró:

-No creo que escape de ésta. El médico dice que es muy grave -luego, al ver la cruz sobre el pecho del oficial, exclamó-: ¡Si te han condecorado! ¡Cuánto me alegro! ¡Cuánto me alegro! ¡Si pudiera besarte!

Un estremecimiento de miedo y repugnancia recorrió la piel del capitán sólo de pensar en aquel beso. Sentía ya ganas de marcharse, de estar al aire libre, de perder de vista a aquella mujer. Pero se quedaba porque no sabía qué hacer para levantarse, para despedirse. Balbució:

-Entonces, no te cuidaste.

Una llamarada pasó por los ojos de Irma:

-No. Quise vengarme, aun a riesgo de morir. Y los envenené a ellos también, a todos, todos, a todos los que pude. Mientras estuvieron en Rouen no me cuidé.

Con un tono turbado, en el que se percibía cierta alegría, el capitán declaró:

-En ese aspecto, hiciste bien.

Ella, animándose, con los pómulos encendidos, dijo:

-Puedes estar seguro de que más de uno morirá por mi causa. Te garantizo que me he vengado.

Él dijo aún:

-Muy bien.

Luego, levantándose:

-Bueno, tengo que dejarte, porque debo estar a las cuatro con el coronel.

Ella se emocionó mucho:

-¡Tan pronto! ¿Ya me dejas? ¡Si acabas de llegar...!

El capitán quería marcharse a toda costa. Dijo:

-Ya has visto que vine en seguida, pero es que tengo que estar sin falta con el coronel a las cuatro.
-¿Sigue siendo el coronel Prune? -le preguntó.
-El mismo. Fue herido dos veces.
-¿Y entre tus compañeros? -siguió ella-. ¿Hubo muertos?
-Sí. Saint-Timon, Savagnat, Poli, Sapreval, Robert, De Courson, Pasafil, Santal, Caravan y Poivrin, murieron. Sahel perdió un brazo y a Courvoisin le tuvieron que amputar una pierna; Paquet perdió el ojo derecho.

Ella escuchaba llena de interés. Luego, de pronto, balbució:

-Me besarás antes de marcharte, ¿verdad? Ahora no está la señorita Langlois.

Y, a pesar de la repugnancia que sentía, puso sus labios sobre aquella frente pálida, mientras ella, rodeándolo con sus brazos, llenaba de besos enloquecidos el paño azul de su dormán.

-¿Volverás? ¿Volverás? Prométeme que volverás.
-Sí, te lo prometo.
-¿Cuándo? ¿El jueves?
-Sí, el jueves.
-¿A las dos?
-El jueves a las dos.
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo.
-Adiós, querido mío.
-Adiós.

Y se marchó, confundido, entre las miradas de todo el dormitorio, encogiéndose un poco para pasar inadvertido. Al sentirse en la calle, respiró. Por la noche, sus compañeros le preguntaron:

-Bueno, ¿qué tal está Irma?

Él, con un tono embarazado, respondió:

-Ha tenido una pulmonía. Está muy mal.

Pero un teniente joven, oliéndose algo, pidió informes y, al día siguiente, cuando el capitán entró en el comedor de oficiales, fue acogido por una descarga de risas y bromas. Al fin se vengaban. Supieron, además, que Irma había participado en las juergas del estado mayor prusiano, que había recorrido la región a caballo con un coronel de húsares azules y con muchos otros, y que, en Rouen, no la conocían más que por la “mujer de los prusianos”.

Durante ocho días el capitán fue la víctima del regimiento. Recibía por correo frases alusivas de las ordenanzas, recetas de médicos especialistas, incluso paquetes de medicamentos cuyas indicaciones estaban escritas en el exterior. Y el coronel, puesto al corriente, declaró con un tono severo:

-Bien, bien, el capitán tenía buenas amistades. Tengo que felicitarlo.

Doce días después fue llamado por una nueva carta de Irma. La rompió, con rabia, y no la contestó. Ocho días más tarde le escribió de nuevo que se encontraba muy mal, y que quería despedirse de él. No contestó. Pasaron unos días aún, y recibió la visita del capellán del hospital. La señorita Irma Pavolin, en su lecho de muerte, le suplicaba que fuera a verla. No se atrevió a negarse a seguir al capellán, pero entró en el hospital con el corazón lleno de perverso rencor, de vanidad herida, de orgullo humillado.

Apenas la encontró cambiada y pensó que se había burlado de él.

-¿Qué quieres? -dijo.
-He querido despedirme de ti. Parece que me muero.
-Escucha: me has convertido en el hazmerreír de todo el regimiento, y esto no puede continuar.
-¿Yo? -preguntó ella-. Pero ¿qué te he hecho yo?

Él se sintió irritado de no saber qué contestarle.

-¡No pienses que voy a volver aquí para que se ría de mí todo el mundo!

Ella le miró con sus ojos apagados, en los que empezaba a encenderse la cólera, y repitió:

-¿Qué te he hecho yo? ¿Es que no me he portado bien contigo? ¿Te he pedido alguna vez algo? De no haber sido por ti, yo habría seguido con el señor Templier-Papon y hoy no me encontraría aquí. Si alguno de los dos tiene reproches que hacer, no eres tú.

Él continuó, con tono vibrante:

-No te hago reproches, pero no puedo seguir viniendo a verte, porque tu comportamiento con los prusianos ha sido la vergüenza de toda la ciudad.

En un arranque, Irma se sentó en la cama:

-¿Mi comportamiento con los prusianos? Pero si te he dicho que me violaron y que no me cuidé porque quise envenenarlos. De haber querido curarme no habría sido difícil, pero yo quería matarlos, y los he matado.

Él se mantenía de pie:

-De todas formas, es vergonzoso -dijo.

Ella tuvo una especie de ahogo, y luego continuó:

-¿Qué es lo que es vergonzoso? ¿Dejarme morir para exterminarlos? ¿Eh? ¡Di! ¡No hablabas así cuando venías a mi casa de la calle Jeanne d’Arc! ¡Vergonzoso! ¡Tú no habrías sido capaz de hacerlo, con toda tu cruz de honor! ¡Me la he merecido yo más que tú, sí, más que tú, y he matado a más prusianos que tú!

Estaba estupefacto ante ella, temblando de indignación:

-¡Cállate!... ¡Cállate!..., porque... no te consiento... que hables... de ciertas cosas...

Pero ella no lo escuchaba:

-¡Mucho daño le hicieron ustedes a los prusianos! Esto no habría ocurrido si ustedes les hubieran impedido llegar hasta Rouen. Eran ustedes quienes tenían que detenerlos, ¿me oyes? Y yo les he hecho más daño que tú, yo, sí, más daño, porque voy a morir, mientras tú sigues presumiendo y luciéndote para embaucar a las mujeres...

De cada cama se había alzado una cabeza y todas las miradas coincidían en aquel hombre de uniforme que tartamudeaba:

-¡Cállate!... ¡Cállate!...

Pero ella no se callaba. Gritaba:

-¡Sí! ¡No eres más que un guapo presumido! Te conozco, claro que te conozco. Te digo que yo les he hecho más daño que tú, sí, yo, y que he matado más que todo tu regimiento junto... ¡Anda, vete!... ¡Gallina!

Y, en efecto, se marchó, huyó, a grandes pasos, por entre las dos filas de camas donde se agitaban las sifilíticas. Y oía la voz jadeante, sibilante, de Irma, que continuaba:

-¡Más que tú, sí, he matado más prusianos que tú, más que tú...!

Bajó la escalera de cuatro en cuatro y corrió a encerrarse en su casa.

Al día siguiente se enteró de que había muerto.

La cámara de los tapices. Walter Scott (1771-1832)

Hacia finales de la guerra americana, cuando los oficiales del ejército de lord Cornwallis que se rindieron en la ciudad de York y otros, que habían sido hechos prisioneros durante la imprudente y desafortunada contienda, estaban regresando a su país, a relatar sus aventuras y reponerse de las fatigas, había entre ellos un oficial con grado de general llamado Browne. Era un oficial de mérito, así como un caballero muy considerado por sus orígenes y por sus prendas. Ciertos asuntos habían llevado al general Browne a hacer un recorrido por los condados occidentales, cuando, al concluir una jornada matinal, se encontró en las proximidades de una pequeña ciudad de provincias que presentaba una vista de incomparable belleza y unos rasgos marcadamente ingleses.

El pueblo, con su antigua y majestuosa iglesia, cuyas torres daban testimonio de la devoción de épocas muy pretéritas, se alzaba en medio de praderas y pequeños campos de cereal, rodeados y divididos por hileras de setos vivos de gran tamaño y edad. Había pocas señales de los adelantos modernos. Los alrededores del lugar no delataban ni el abandono de la decadencia ni el bullicio de la innovación; las casas eran viejas, pero estaban bien reparadas; y el hermoso riachuelo fluía libre y rumoroso por su cauce, a la izquierda del pueblo, sin una presa que lo contuviera ni ningún camino que lo bordease para remolcar. Sobre un suave promontorio, casi una milla al sur del pueblo, se distinguían, entre abundantes robles venerables y el enmarañado matorral, las torretas de un castillo tan antiguo como las guerras entre los York y los Lancaster, pero que parecía haber sufrido importantes reformas durante la ‚poca isabelina y la de los reyes siguientes. Nunca debió ser una plaza de grandes dimensiones; pero cualesquiera que fuesen los alojamientos que en otro tiempo ofreciera, cabía suponer que seguirían disponibles dentro de sus murallas; al menos eso fue lo que dedujo el general Browne observando el humo que se elevaba alegremente de algunas de las chimeneas talladas y festoneadas. La tapia del parque corría a lo largo del camino real durante doscientas o trescientas yardas; y desde los distintos puntos en que el ojo vislumbraba el aspecto del bosque interior, daba la sensación de estar muy poblado. Sucesivamente, se abrían otras perspectivas: una íntegra de la fachada del antiguo castillo y una visión lateral de sus muy especiales torres; en éstas abundaban los recargamientos del estilo isabelino, mientras la sencillez y solidez de otras partes del edificio parecían indicar que hubiera sido erigido más con ánimo defensivo que de ostentación.

Encantado con las vistas parciales del castillo que captaba entre los rboles y los claros que rodeaban la antigua fortaleza feudal, nuestro viajero castrense se decidió a preguntar si merecía la pena verlo más de cerca y si albergaba retratos de familia u otros objetos curiosos que pudieran contemplar los visitantes; y entonces, al alejarse de las inmediaciones del parque, penetró en una calle limpia y bien pavimentada, y se detuvo en la puerta de una posada muy concurrida.

Antes de solicitar los caballos con los que proseguir el viaje, el general Browne hizo preguntas sobre el propietario del palacio que tanta admiración le había despertado, y le sorprendió y complació oír por respuesta el nombre de un aristócrata a quien nosotros llamaremos lord Woodville. ¡Qué suerte la suya! Buena parte de los primeros recuerdos de Browne, tanto en el colegio como en la universidad, estaban vinculados al joven Woodville, el mismo que, como pudo cerciorarse con unas cuantas preguntas, resultaba ser el propietario de aquella hermosa finca. Woodville había ascendido a la dignidad de par al morir su padre pocos meses antes y, según supo el general por boca del posadero, habiendo concluido el tiempo de luto, ahora estaba tomando posesión de los dominios paternos, en la alegre estación del festivo otoño, acompañado por un selecto grupo de amigos con quienes disfrutaba de todo lo que ofrecía una campiña famosa por su abundante caza.

Estas noticias eran deliciosas para nuestro viajero. Frank Woodville había sido el colegial que le hizo de asistente en Eton y su íntimo amigo en el Christ Church; sus placeres y sus deberes habían sido los mismos; y el honrado corazón del militar se emocionó al encontrar al amigo de la juventud en posesión de una residencia tan encantadora y de una hacienda, según le aseguró el posadero con un movimiento de cabeza y un guiño, más que suficiente para sostener y acrecentar su dignidad. Nada más natural para este viajero que suspender el viaje, que no corría la más mínima prisa, para rendir visita al antiguo amigo en tan agradables circunstancias.

Por lo tanto, los caballos de refresco sólo tuvieron la breve tarea de acarrear el carruaje del general al castillo de Woodville. Un portero le abrió paso a una moderna logia gótica, construida en un estilo a juego con el del castillo, y al tiempo tocó una campana para advertir de la llegada del visitante. En apariencia, el sonido de la campana debió suspender la partida del grupo, dedicado a diversos entretenimientos matinales; pues, al entrar en el patio del palacio, había varios jóvenes en ropa de recreo repantigados y mirando, y criticando, los perros que los guardabosques tenían dispuestos para participar en sus pasatiempos. Al apearse el general Browne, el joven lord salió a la puerta del vestíbulo y durante un instante estuvo observando como si fuera un extraño el aspecto de su amigo, en el que la guerra, con sus penalidades y sus heridas, había producido grandes cambios. Pero la incertidumbre sólo perduró hasta que hubo hablado el visitante, y la alborozada bienvenida que siguió fue de esas que sólo se intercambian entre quienes han pasado juntos los días felices de la despreocupada infancia y la primera juventud.

—Si algún deseo hubiera podido yo tener, mi querido Browne -dijo lord Woodville-, hubiera sido el de tenerte aquí, a ti mejor que a nadie, en esta ocasión, que mis amigos están dispuestos a convertir en una especie de vacaciones. No te creas que no se te han seguido los pasos durante los años en que has estado ausente. He ido siguiendo los peligros por los que has pasado, tus triunfos e infortunios, y me ha complacido saber que, tanto en la victoria como en la derrota, el nombre de mi viejo amigo siempre ha merecido aplausos.

El general le dio la pertinente réplica y felicitó a su amigo por su nueva dignidad y por poseer una casa y una finca tan hermosas.

—Pero si todavía no has visto nada —dijo lord Woodville—; y cuento con que no pienses en dejarnos hasta haberte familiarizado con todo esto. Cierto es, lo confieso, que el grupo que ahora me acompaña es bastante numeroso y que la vieja casa, como otros lugares de este tipo, no dispone de tantos alojamientos como prometen las dimensiones de la tapia. Pero podemos proporcionarte un cómodo cuarto a la antigua; y me aventuro a suponer que tus campañas te habrán habituado a sentirte a gusto en peores condiciones.

El general se encogió de hombros y se echó a reír.

—Presumo —dijo— que el peor aposento de vuestro palacio es notablemente mejor que el viejo tonel de tabaco donde me vi obligado a alojarme por la noche cuando estuve en la Maleza, como le llaman los virginianos, con el cuerpo expedicionario. Allí me tumbaba, como el propio Diógenes, tan satisfecho de protegerme de los elementos que, aunque en vano, traté de llevarme conmigo el barril a mi siguiente acuartelamiento; pero el que a la sazón era mi comandante no consintió tal lujo y hube de decir adiós a mi querido barril con l grimas en los ojos.

—Pues muy bien. Puesto que no temes a tu alojamiento —dijo lord Woodville—, te quedarás conmigo por lo menos una semana. Tenemos montones de escopetas, perros, cañas de pescar, moscas y material para entretenernos por mar y tierra: no es fácil divertirse, pero contamos con medios para conseguirlo. Y si prefieres las escopetas y los pointers, yo mismo te acompañaré y comprobaré si has mejorado la puntería viviendo entre los indios de las lejanas colonias.

El general aceptó de buena gana todos los puntos de la amistosa invitación de su amigo. Después de una mañana de viril ejercicio, el grupo se reunió a comer y lord Woodville se complació en poner de relieve las altas cualidades de su recobrado amigo, recomendándolo de este modo a sus invitados, muchos de los cuales eran personas muy distinguidas. Hizo que el general Browne hablara de las escenas que había presenciado; y, como en cada palabra se ponía de manifiesto por igual el oficial valeroso y el hombre prudente, que sabía mantener el juicio frío frente a los más inminentes peligros, el grupo miraba al soldado con general respeto, como a quien ha demostrado ante sí mismo poseer una provisión de valor personal poco común, ese atributo que es, entre todos, el que todo mundo desea que se le reconozca.

El día concluyó en el castillo de Woodville como es habitual en tales mansiones. La hospitalidad se mantuvo dentro de los límites del orden; la música, en la que era diestro el joven lord, sucedió a las copas; las cartas y el billar estuvieron a disposición de quienes preferían estos entretenimientos; pero el ejercicio de la mañana requería madrugar, y no mucho después de las once comenzaron a retirarse los huéspedes a sus respectivas habitaciones.

El señor de la casa en persona condujo a su amigo, el general Browne, a la cámara que le había destinado, que respondía a la descripción que había hecho, pues era confortable pero a la antigua. El lecho era de esos imponentes que se utilizaban a finales del siglo XVII y las cortinas de seda descolorida estaban profusamente adornadas con oro deslustrado. En cambio, las sábanas, los almohadones y las mantas le parecieron una delicia al soldado, que recordaba su otra mansión, el barril. Había algo tenebroso en los tapices que, con los ornamentos desgastados, cubrían las paredes de la reducida cámara y se ondulaban brevemente al colarse la brisa otoñal por la vieja ventana enrejada, la cual daba golpes y silbaba al abrirse paso el aire. También el lavabo, con el espejo rematado en turbante, al estilo de principios de siglo, con su peinador de seda color morado y su centenar de estuches de formas extravagantes, previstos para tocados en desuso desde hacía cincuenta años, tenía un aspecto vetusto a la vez que melancólico. Pero nada hubiera podido dar una luz más resplandeciente y alegre que las dos grandes velas de cera; y si algo podía hacerles la competencia eran los luminosos y flamantes haces de leña de la chimenea, que irradiaban a la vez luz y calor por el acogedor cuarto. Éste, no obstante lo anticuado de su aspecto general, no carecía de ninguna de las comodidades que las costumbres modernas hacen necesarias o deseables.

—Es un dormitorio a la antigua, general —dijo el joven anfitrión—, pero espero que no encuentres motivos para echar de menos tu barril de tabaco.

—No soy yo muy exigente con las habitaciones —replicó el general—; no obstante, por mi gusto, prefiero esta cámara, con mucha diferencia, a las alcobas más modernas y vistosas de la mansión de vuestra familia. Tened la seguridad de que cuando veo unidos este ambiente de confort moderno con su venerable antigüedad, y recuerdo que pertenece a vuestra señoría, mejor alojado me siento aquí de lo que estuviera en el mejor hotel de Londres.

—Confío, y no lo dudo, en que te sentirás tan cómodo como yo te lo deseo, mi querido general —dijo el joven aristócrata; y volviendo a desearle las buenas noches a su huésped, le estrechó la mano y se retiró.

El general volvió a mirar en derredor y, congratulándose para sus adentros de su retorno a la vida pacífica, cuyas comodidades se le hacían más sensibles al recordar las privaciones y los peligros que últimamente había afrontado, se desnudó y se dispuso a pasar una noche de sibarítico descanso. Ahora, al contrario de lo que es habitual en el género de cuentos, dejaremos al general en posesión de su cuarto hasta la mañana siguiente.

Los huéspedes se reunieron para desayunar a una hora temprana, sin que compareciese el general Browne, que parecía ser, de todos lo que lo rodeaban, el invitado que más interés tenía en honrar lord Woodville. Más de una vez expresó su sorpresa por la ausencia del general y, finalmente, envió un criado a ver qué pasaba. El hombre volvió diciendo que el general había estado paseando por el exterior desde primera hora de la mañana, a despecho del tiempo, que era neblinoso y desapacible.

—Costumbres de soldado —dijo el joven aristócrata a sus amigos—; muchos de ellos se habitúan a ser vigilantes y no pueden dormir después de la temprana hora en que por regla general tienen la obligación de estar alerta.

Sin embargo, la explicación que de este modo ofreció lord Woodville a sus invitados le pareció poco satisfactoria a él mismo, y aguardó silencioso y abstraído el regreso del general. Éste se personó una hora después de haber sonado la campanilla del desayuno. Parecía fatigado y febril. Tenía el pelo —cuyo empolvamiento y arreglo constituían en aquella ‚poca una de las ocupaciones más importantes de la jornada diaria de un hombre, y decía tanto de su elegancia como en los tiempos actuales el nudo de la corbata o su ausencia— despeinado, sin rizar, falto de polvos y mojado de rocío. Llevaba las ropas desordenadas y puestas de cualquier modo, lo cual llamaba la atención en un militar, entre cuyos deberes diarios, reales o supuestos, suele incluirse el cuidado de su atavío; y tenía el semblante demacrado y hasta cierto punto cadavérico.

—Te has ido de marcha a hurtadillas esta mañana, mi querido general —dijo lord Woodville—; ¿o acaso no has encontrado el lecho tan de tu gusto como yo esperaba y tú dabas por supuesto? ¿Cómo has dormido esta noche?

—¡Oh, de mil maravillas! ¡Estupendo! No he dormido mejor en mi vida —dijo rápidamente el general Browne, pero con un aire de embarazo que era evidente para su amigo. Luego, a toda prisa, se tragó una taza de té y, desatendiendo o rechazando todo cuanto se le ofrecía, pareció sumirse en sus pensamientos.

—Hoy saldrás con la escopeta, general -dijo el amigo y anfitrión, pero hubo que repetir dos veces la propuesta antes de recibir la abrupta respuesta:

—No, milord; lo siento, pero no puedo aceptar el honor de pasar otro día en vuestra mansión; he pedido mis caballos de posta, que estarán aquí dentro de muy poco.

Todos los presentes demostraron su sorpresa y lord Woodville replicó inmediatamente:

—¡Caballos de posta, mi buen amigo! ¿Para qué vas a necesitarlos si me prometiste permanecer tranquilamente conmigo durante una semana?

—Tal vez —dijo el general, visiblemente turbado—, con la alegría del primer momento, al volverme a encontrar con vuestra señoría, tal vez dijera de permanecer aquí algunos días; pero posteriormente he caído en la cuenta de que me es imposible.

—Esto es increíble —dijo el joven aristócrata—. Ayer parecías no tener ninguna clase de compromisos y no es posible que hoy te haya convocado nadie, pues no ha venido el correo del pueblo y, por lo tanto, no has podido recibir ninguna carta.

Sin ninguna otra explicación, el general musitó algo sobre un asunto inaplazable e insistió en la absoluta necesidad de su marcha, en unos términos que acallaron toda oposición por parte de su amigo, que comprendió que había tomado una decisión y se abstuvo de ser impertinente.

—Pero, por lo menos —dijo—, permíteme, mi querido Browne, puesto que quieres o debes irte, que te muestre el panorama desde la terraza, pues la niebla se está levantando y pronto será visible.

Abrió una ventana de guillotina y salió a la terraza mientras hablaba. El general lo siguió mecánicamente, pero parecía atender poco a lo que iba diciendo su anfitrión mientras, de cara al amplio y espléndido panorama, señalaba distintos motivos dignos de contemplarse. De este modo fueron avanzando hasta que lord Woodville hubo conseguido el propósito de aislar por completo a su amigo del resto de los huéspedes; entonces, dándose media vuelta con gran solemnidad en el porte, se dirigió a él de este modo:

—Richard Browne, mi viejo y muy querido amigo, ahora estamos solos. Permíteme que te conjure a contestarme bajo palabra de amigo y por tu honor de soldado. ¿Cómo has pasado, en realidad, la noche?

—Verdaderamente, de un modo penosísimo, milord —respondió el general, con el mismo tono solemne—; tan penoso que no querría correr el riesgo de una segunda noche semejante, ni por todas las tierras que pertenecen a este castillo ni por todo el campo que estoy viendo desde este elevado mirador.

—Esto es todavía más extraordinario —dijo el joven lord como si hablara para sí—; entonces debe haber algo de verdad en los rumores sobre ese cuarto —y dirigiéndose de nuevo al general, dijo—. Por Dios, mi querido amigo, sé honrado conmigo y cuéntame cuáles han sido las molestias concretas que has padecido bajo un techo donde, por voluntad del propietario, no hubieras debido hallar más que bienestar.

El general dio la sensación de angustiarse ante el requerimiento y tardó unos momentos en contestar:

—Mi querido lord —dijo al cabo—, lo que ha sucedido la pasada noche es de una naturaleza tan peculiar y desagradable que me costaría entrar en detalles incluso con vuestra señoría, si no fuera porque, independientemente de mi deseo de complacer cualquier petición vuestra, creo que mi sinceridad puede conducir a alguna explicación sobre una circunstancia no menos dolorosa y misteriosa. Para otros, lo que voy a decir pudiera ser motivo de que se me tomara por un débil mental, un loco supersticioso que sufre a consecuencia de que su propia imaginación lo engaña y confunde; pero su señoría me conoce desde que éramos niños y jóvenes, y no sospechar que yo haya adquirido, en la madurez, sentimientos y flaquezas de que estaba libre cuando tenía menos años.

Aquí hizo una pausa y su amigo le replicó:

—No dudes de mi absoluta confianza en la veracidad de lo que me participes, por extravagante que sea; conozco muy bien tu firmeza de carácter para sospechar que pudieras ser embaucado, y se muy bien que tu sentido del honor y de la amistad te impediría asimismo exagerar en nada lo que hayas presenciado.

—Pues entonces —dijo el general— os contaré mi historia tan bien como sepa hacerlo, confiando en vuestra equidad; y eso pese a tener la convicción de que preferiría enfrentarme a una batería mejor que repasar mentalmente los odiosos recuerdos de esta noche.

Se detuvo por segunda vez y, luego, viendo que lord Woodville se mantenía en silencio y en actitud de escuchar, comenzó, bien que no sin manifiesta contrariedad, la historia de sus aventuras nocturnas en la Cámara de los Tapices.

—Me desnudé y me acosté, tan pronto vuestra señoría me dejo solo anoche; pero la leña de la chimenea, que casi estaba enfrente del lecho, ardía resplandeciente y con viveza, y esto, junto con el centenar de excitantes recuerdos de mi infancia y juventud que me había traído a la cabeza el inesperado placer de encontrarme con vuestra señoría, me impidió rendirme en seguida al sueño. Debo decir, no obstante, que las reverberaciones del fuego eran muy agradables y acogedoras, con lo que durante un rato dieron pie a la sensación de haber cambiado los trabajos, las fatigas y los peligros de mi profesión por un disfrute de una vida apacible y la reanudación de aquellos lazos amistosos y afectivos que habían despedazado las rudas exigencias de la guerra.

»Mientras me iban pasando por la cabeza estos gratos pensamientos, que poco a poco me arrullaban y adormecían, de repente me espabiló un ruido parecido al fru-fru de un vestido de seda y a los pasos de unos zapatos de tacón, como si una mujer estuviera paseando por el cuarto. Antes de que pudiese descorrer la cortina para ver que era lo que pasaba, cruzó entre la cama y el hogar la figura de una mujercita. La silueta estaba de espaldas a mí, pero puede observar, por la forma de los hombros y del cuello, que correspondía a una anciana vestida con un traje a la antigua, de esos que, creo, las damas llaman un saco; es decir, una especie de bata, completamente suelta sobre el cuerpo, pero recogida por unos grandes pliegues en el cuello y los hombros, que llega hasta el suelo y termina en una especie de cola.

»Pensé que era una intrusión bien extraña, pero ni por un momento se me ocurrió la idea de que lo que veía fuese otra cosa que la forma mortal de alguna anciana de la casa que tenía el capricho de vestirse como su abuela y que, puesto que su señoría mencionó que andaba bastante escaso de habitaciones, habiendo sido desalojada de su cuarto para mi acomodo, se había olvidado de tal circunstancia y regresaba a las doce a su sitio de costumbre. Con este convencimiento, me removí en la cama y tosí un poco, para hacer saber al intruso que yo había tomado posesión del sitio. Ella fue dándose la vuelta despacio, pero, ¡santo cielo!, milord, ¡qué semblante me mostró!

»Ya no cabía la menor duda de lo que era ni cabía pensar en absoluto que fuese una persona viva. Sobre el rostro, que presentaba las facciones rígidas de un cadáver, llevaba impresos los rasgos de la más vil y repugnante de las pasiones que la habían animado durante la vida. Parecía que hubiera salido de la tumba el cuerpo de algún atroz criminal y se le hubiera devuelto el alma desde el fuego de los condenados, para, durante un tiempo, aunarse con el viejo cómplice de su culpa. Yo me incorporé en la cama y me senté derecho, sosteniéndome sobre las palmas de las manos, mientras miraba fijamente aquel horrible espectro. Ella avanzó con una zancada r pida, o eso me pareció a mí, hacia el lecho donde yo yacía, y se acuclilló, una vez arriba, precisamente en la misma postura que yo había adoptado en el paroxismo del horror, adelantando su diabólico semblante hasta ponerlo a menos de media yarda del mío, con una mueca que parecía expresar la maldad y el escarnio de un demonio colorado.

Al llegar allí, el general Browne se detuvo y se enjugó el sudor frío que le había perlado la frente al recordar la horrible visión.

—Milord —dijo—, yo no soy cobarde. He pasado por todos los peligros de muerte propios de mi profesión y en verdad puedo presumir de que ningún hombre ha visto a Richard Browne deshonrar la espada que luce; pero, en estas horribles circunstancias, ante aquellos ojos y, por lo que parecía, casi apresado por la encarnación de un espíritu maligno, toda firmeza me abandonó, toda mi hombría se derritió dentro de mí como la cera en un horno, y sentí ponérseme de punta todos los pelos de mi cuerpo. Dejó de circularme la sangre por las venas y me hundí en un desvanecimiento, más víctima del terror y del pánico que lo haya sido nunca una moza de aldea o un niño de diez años. Me es imposible conjeturar durante cuánto tiempo estuve en ese estado.

»Pero me despertó el reloj del castillo al dar la una, con tanta fuerza que tuve la impresión de que sonaba dentro del cuarto. Transcurrió algún tiempo antes de que osara abrir los ojos, no fuesen a encontrar de nuevo la horripilante visión. No obstante, cuando reuní valor para mirar, la mujer ya no se veía. Mi primera idea fue tocar la campanilla, despertar a los criados y trasladarme a un desván o un henil, con tal de estar seguro de no recibir una segunda visita. Pero, he de confesar la verdad, mi decisión se vio alterada, no por la vergüenza de ponerme en evidencia, sino por el miedo que me daba de que, al ir hasta la chimenea, junto a la cual colgaba el cordón de la campanilla, volviera a interponérseme la diabólica mujer, que, me imaginaba yo, debía seguir al acecho en cualquier rincón de la alcoba.

»No intentaré describiros qué paroxismos de calor y de frío me atormentaron durante el resto de la noche, en medio de las cabezadas, las vigilias penosas y ese estado incierto que es la tierra de nadie que los separa. Parecía que un centenar de objetos terribles me rondaran; pero había una gran diferencia entre la visión que os he descrito y esas otras que siguieron, de modo que yo me daba cuenta de que las últimas eran supercherías de mi imaginación y de mis nervios.

»Por fin clareó el día, y me levanté de la cama, con el cuerpo enfermo y el espíritu humillado. Estaba avergonzado de mí mismo, como hombre y como soldado, más aún al percibir mis vivísimos deseos de huir del cuarto embrujado, deseos que, no obstante, se imponían sobre todas las demás consideraciones; de manera que, echándome encima las ropas a toda prisa, sin el menor cuidado, escapé de la mansión de vuestra señoría para buscar en el aire libre algún alivio a mis nervios, que estaban perturbados por el horrible encuentro con el visitante del otro mundo, pues no otra cosa creo que fuese aquella mujer. Ahora su señoría ya conoce las causas de mi desasosiego y de mi repentino deseo de abandonar vuestro hospitalario castillo. Confío en que podremos vernos a menudo en otros lugares; pero ¡Dios me libre de pasar jamás una segunda noche bajo este techo!

Aunque el relato del general era extravagante, había hablado con tal tono de profunda convicción que no daba pie a los comentarios que suelen despertar tales historias. Lord Woodville no le preguntó ni una sola vez si estaba seguro de que la aparición no fue un sueño ni propuso ninguna de las explicaciones en boga para justificar las apariciones sobrenaturales, como las excentricidades de la imaginación o los engaños de los nervios ópticos. Por el contrario, se mostró profundamente impresionado por la veracidad y autenticidad de lo que acababa de oír; y, luego de un largo silencio, se dolió, con abiertos visos de sinceridad, de que aquel amigo de la juventud lo hubiese pasado tan mal en su casa.

—Lamento tanto más tu malestar, mi querido Browne —dijo—, cuanto que la desgracia es consecuencia, aunque imprevisible, de un experimento mío. Debes saber que, al menos en los tiempos de mi padre y de mi abuelo, la habitación que te asigné anoche estuvo cerrada por los rumores de que allí ocurrían ruidos y visiones sobrenaturales. Cuando tomé posesión de la hacienda, hace pocas semanas, pensé que el castillo no ofrecía suficientes aposentos a mis invitados como para permitir que los habitantes del mundo invisible retuvieran para sí una alcoba tan confortable. Por eso hice que abrieran la Cámara de los Tapices, que es como la llamamos; y sin destruir su ambiente vetusto, hice que le agregaran el mobiliario que imponen los tiempos modernos. Pero, como la idea de que el cuarto estaba embrujado seguía firmemente arraigada entre los criados, y también era conocida en el vecindario y por muchos de mis amigos, temí que los prejuicios del primer ocupante de la Cámara de los Tapices reavivaran la mala fama de que es objeto, frustrándose así mis intenciones de convertirla en parte útil de la casa. Debo confesarte, mi querido Browne, que tu llegada de ayer, tan de mi agrado por otras mil razones, me pareció la ocasión ideal para acabar con esos desagradables cuentos sobre tal cuarto, puesto que tu valor estaba fuera de toda duda y tu entendimiento libre de todo temor preconcebido. En consecuencia, no hubiera podido elegir mejor sujeto para mi experiencia.

—Por mi vida —dijo el general Browne, con algo de precipitación—, que quedo infinitamente obligado a vuestra señoría, verdaderamente reconocido. Es muy probable que durante algún tiempo recuerde las consecuencias del experimento, según gusta de denominarlo vuestra señoría.

—No, ahora estás siendo injusto, mi querido amigo —dijo lord Woodville—. Bastará con que reflexiones un momento para convencerte de que yo no podía prever la posibilidad de exponerte a las angustias que desgraciadamente has sufrido. Ayer por la mañana yo era absolutamente escéptico en cuanto a las apariciones sobrenaturales. Pero estoy seguro de que si te hubieran hablado de la habitación, esos mismos rumores te habrían impulsado, por tu propio gusto, a elegirla como dormitorio. Ese ha sido mi revés, quizás mi error, pero que de verdad no puede calificarse de falta: haber dado lugar a que tú hayas sufrido de un modo tan increíble.

—¡Verdaderamente increíble! —dijo el general, recuperando el buen humor—. Y reconozco que no tengo derecho a estar ofendido con vuestra señoría por haberme tratado tal y como yo acostumbro a considerarme a mí mismo: un hombre firme y valiente. Pero veo que han llegado mis caballos de posta, y no quiero interrumpir las diversiones de vuestra señoría.

—Pero, viejo amigo —dijo lord Woodville—, ya que no te es posible permanecer con nosotros ni un día más, lo cual, desde luego, no tengo derecho a exigirte, concédeme al menos otra media hora. A ti te gustaban los cuadros, y yo tengo una galería de retratos, algunos de ellos de Van Dyke, que representan a los antepasados a quienes pertenecieron esta hacienda y este castillo. Creo que varios de ellos te impresionarán por su gran mérito.

El general Browne aceptó la invitación, aunque no de muy buena gana. Era evidente que no respiraría con libertad y a sus anchas hasta haber dejado a sus espaldas el castillo de Woodville. No obstante, no podía rechazar la invitación de su amigo; y mucho menos cuanto que estaba un poco avergonzado por el mal humor que había mostrado a su bienintencionado anfitrión.

Así pues, el general siguió a lord Woodville por varias salas hasta la galería donde estaban expuestos los cuadros, que este último fue señalando a su huésped, diciéndole los nombres y contándole algunas cosas sobre los sucesivos personajes cuyos retratos contemplaban. Al general Browne le interesaban muy poco los pormenores de los que se le iba informando. Los cuadros, de hecho, eran muy del estilo de todos los que se ven en las antiguas galerías familiares: un caballero que había arruinado su hacienda al servicio del rey, una hermosa dama que la había restaurado contrayendo matrimonio con un acaudalado puritano, un caballero galante que se había arriesgado a mantener correspondencia con la corte exiliada de St Germain, otro que había tomado las armas en favor de William Cromwell durante la revolución, y otro que había volcado alternativamente su peso en el platillo de los whig y en el de los tory.

Mientras lord Woodville atiborraba con estas palabras los oídos de su huésped, como se ceba a los pavos, alcanzaron el centro de la galería. De pronto, el general se sobresaltó y adoptó una actitud casi de asombro, no sin algo de temor, al recaer sus ojos, súbitamente atraídos por el cuadro, sobre el retrato de una anciana dama vestida según la usanza de la moda de finales del siglo XVII.

—¡Ésta es! —exclamó—. Ésta es, por el tipo y por los rasgos, aunque la expresión no llegue a ser tan demoníaca como la de la detestable mujer que me visitó anoche.

—Si es así —dijo el joven aristócrata—, ya no queda ninguna duda sobre la horrible realidad de la aparición. Este retrato es de una desdichada antepasada mía sobre cuyos crímenes se conserva una siniestra y espantosa relación en una historia de mi familia que guardo en mi escritorio. Enumerarlos sería demasiado horrible; baste decir que en vuestro funesto dormitorio se cometió un incesto y un asesinato perverso. Lo devolveré al aislamiento al que lo habían confinado quienes me precedieron; y nadie, mientras yo pueda impedirlo, se expondrá a que se repitan los horrores sobrenaturales capaces de hacer vacilar un valor como el vuestro.

Así que los dos amigos, que con tanto regocijo se habían encontrado, se despidieron con muy distintos ánimos: lord Woodville pensando en ordenar que la Cámara de los Tapices fuese desmantelada y cegada la puerta; el general Browne decidido a buscar, en algún paraje menos hermoso y con algún amigo menos encumbrado, el olvido de la deplorable noche que había pasado en el castillo de Woodville.

La calleja tenebrosa. Jean Ray (1887-1964)

En un muelle de Rótterdam, los cabrestantes extraían de las bodegas de un barco una carga fardos de papeles viejos. El viento los erizaba de banderas multicolores cuando, de repente, uno de ellos estalló. Los trabajadores del muelle contuvieron la avalancha voladora, pero una gran parte fue abandonada a la alegría de los niños judíos que espigan el eterno otoño de los puertos. Entre los papeles dispersos había hermosos grabados de Pearson cortados en dos por orden de la aduana; paquetes verdes y rosas de acciones y obligaciones, últimos vestigios de resonantes bancarrotas; libros estropeados cuyas páginas habían permanecido unidas como manos desesperadas.

Mi bastón merodeaba entre este inmenso residuo del pensamiento, donde ya no existía la vergüenza ni la esperanza. De toda aquella prosa inglesa y alemana retiré algunas páginas pertenecientes a Francia: números del Magazin Pittoresque, sólidamente atados y un poco chamuscados por el fuego. Fue hojeando la revista tan primorosamente ilustrada y tan lúgubremente escrita, como descubrí los dos cuadernos: uno, redactado en alemán; el otro, en francés. Sus autores, al parecer, no se conocían; sin embargo, hubiérase dicho que el manuscrito francés vertía un poco de claridad sobre la angustia negra que emanaba del primer cuaderno como humareda deletérea. ¡Para que la luz pudiese hacerse sobre este relato que parecía asediado por las peores fuerzas hostiles! La tapa del cuaderno llevaba un nombre: Alphonse Archiprête, seguido de la palabra Lehrer. Traduje las páginas alemanas:


El manuscrito alemán:

Escribo esto para cuando Hermman regrese del mar. Si no me encuentra; si, con mis desgraciadas amigas, me he hundido en el misterio feroz que nos rodea, quiero que conozca nuestros días de terror por medio de este cuadernillo. Será la prueba más sincera de mi cariño, porque es preciso en una mujer un valor real para escribir un diario en semejantes horas de locura. Lo redacto también para que rece por mí, si cree que mi alma está en peligro

Después de la muerte de mi tía Hedwige, no he querido continuar viviendo en nuestra triste mansión del Holzdamm. Las señoritas de Rückhardt me ofrecieron su casa de la Deichstrasse. Ocupan un amplio apartamento en la espaciosa mansión del consejero Hühnebein, un viejo solterón que no abandona el piso bajo, repleto de libros, de cuadros y de litografías. Lotte, Eléonore y Méta Rückhardt son unas adorables solteronas que se desviven por hacerme la vida agradable. Conmigo ha venido nuestra criada Frida, que le ha caído en gracia a la anciana Frau Pilz, la admirable cocinera de las Rückhardt, de la que se dice que ha rechazado ofertas ducales por permanecer al humilde servicio de sus amas.

Aquella noche…

Aquella noche, que introdujo en nuestra querida y tranquila vida el más horroroso de los espantos, no quisimos acudir a una fiesta en el Tempelhof porque llovía a cántaros. Frau Pilz, a quien le gusta que nos quedemos en casa, nos hizo una cena famosa: truchas asadas a fuego lento y un budín de gallina. Lotte había realizado un verdadero registro en la bodega para buscar una botella de aguardiente de El Cabo, que envejecía desde hacía veinte años. Una vez quitada la mesa, el precioso licor oscuro fue vertido en copas de cristal de Bohemia. Eléonore sirvió té de China, del Su-Chong, que nos trae de sus viajes un anciano marino de Brema. A través de las ráfagas de lluvia oímos dar las ocho en el reloj del campanario de Saint-Pierre. Frida, que estaba sentada junto al fuego, hincó la nariz en la Biblia ilustrada que no sabía leer, pero cuyos grabados le gustaba mirar, y pidió autorización para irse a acostar. Las cuatro restantes nos quedamos eligiendo sedas de colores para el bordado de Méta.

En el piso de abajo, el consejero cerró su habitación con doble vuelta de llave. Frau Pilz subió a la suya, situada al fondo, y le dimos las buenas noches, añadiendo que el mal tiempo nos impediría, seguramente, tener pescado fresco para la comida del día siguiente. De la casa vecina, el roto canalón dejaba caer una pequeña catarata que golpeaba las losas de la calle con gran ruido. Del fondo de la calle llegó la fuerte galopada del huracán. Desaparecida, el sonido de la caída del agua se hizo más sonoro, y una ventana golpeó en los pisos superiores.

—Es la de la buhardilla —dijo Lotte—. Apenas cierra.

Luego levantó la cortina de terciopelo y miró a la calle:

—Nunca hizo una noche semejante —dijo.

A lo lejos, el carro de un sereno anunció la media.

—No tengo sueño —continuó Lotte—. Pero, aunque lo tuviera, no sentiría deseo alguno de meterme en la cama. Me parecería que me seguía la oscuridad de la calle, acompañada del viento y la lluvia.

—¡Tonta! —dijo Eléonore, que no era muy expresiva—. Bueno, puesto que no nos acostamos, hagamos como los hombres: volvamos a llenar las copas.

Después, el silencio invadió la sala. Eléonore fue a poner velas que dieron fama al fundidor de cera Sieme y que lucían con una hermosa llama rosada, expandiendo un delicioso olor a flores y esencias. Me daba cuenta de que se quería dar a aquella noche, tan lúgubre en el exterior, un tono de fiesta y de alegría que no llegaba a cuajar, no sé por qué. Veía la cara enérgica de Eléonore, provista de una sombra repentina de mal humor; me parecía también que Lotte respiraba dificultosamente. Sólo el rostro de Méta se inclinaba plácidamente sobre su bordado. Sin embargo, la notaba atenta, como si tratara de detectar un ruido en el fondo del silencio. En ese preciso instante, la puerta se abrió. Entró Frida. Se acercó vacilante a la butaca colocada al lado del fuego y se dejó caer en ella, con los ojos huraños fijos, a intervalo, en cada una de nosotras.

—Frida —grité—, ¿qué pasa?

Suspiró profundamente, murmurando a continuación algunas palabras inteligibles.

—Está dormida todavía —dijo Eléonore.

Frida hizo un enérgico signo negativo. Hacía violentos esfuerzos por hablar. Le alargué una copa de aguardiente, que bebió de un trago. En cualquier otro momento nos hubiera ofendido, más o menos, aquel gesto vulgar; pero Frida tenía un aspecto tan desconsolado y, además, desde hacía algunos minutos nos desenvolvíamos en una atmósfera tan deprimente, que aquello pasó inadvertido.

—Señorita —dijo Frida—, hay…

Su mirada, calmada por un momento, volvió a recobrar su expresión huraña.

—No sé —murmuró.

Eléonore golpeó la mesa.

—No, no puedo decir eso —continuó Frida.

Eléonore lanzó una exclamación de impaciencia.

—¿Pasa algo? ¿Qué ha visto u oído usted? En fin, ¿qué le sucede, Frida?

—Hay, señorita —Frida pareció reflexionar profundamente—, no sé expresarlo como yo quisiera, pero hay un enorme miedo en mi habitación.

—¡Ah! —exclamamos las tres, tranquilizadas e inquietas a la vez.

—Ha sufrido usted una pesadilla —dijo Méta—. Conozco eso. Cuando uno se despierta de ella, esconde la cabeza debajo de las mantas.

Pero Frida negó de nuevo.

—No es eso, señorita. Yo no había soñado. Me desperté simplemente, y entonces fue… ¡Oh! ¿Cómo haría para que me comprendieran? Pues bien: había un enorme miedo en mi habitación.

—¡Dios mío, pero eso no explica nada! —dije yo a mi vez.

Frida movió la cabeza con desesperación:

—Preferiría pasarme toda la noche sentada en la puerta, soportando la lluvia, antes que volver a esa maldita habitación. ¡Oh, no volveré!

—Pues yo iré a ver qué pasa —dijo Eléonore, echándose un chal por los hombros.

Titubeó un instante delante de la vieja tizona de papá Rückhardt, colgada entre los títulos universitarios; se encogió de hombros y, tomando el candelabro de las velas rosadas, salió dejando tras sí un rastro perfumado.

—¡Oh, no la dejen ir sola! —gritó Frida, asustada.

Con lentitud nos acercamos a la escalera. El resplandor producido por las velas se perdía en el descanso de las buhardillas. Permanecimos solas en la semioscuridad de los primeros escalones. Oímos a Eléonore empujar una puerta. Hubo un minuto de silencio agobiante. Sentí que la mano de Frida se crispaba en mi cintura.

—No la dejen sola —gemía.

Al mismo tiempo estalló una risa tan horrible que preferiría morir a oírla de nuevo. Casi al mismo tiempo, Méta, alzando una mano, exclamó:

—¡Allí!... ¡Allí!... Una cara… Allí…

Inmediatamente la casa se llenó de rumores. El consejero y Frau Pilz aparecieron en medio de la aureola amarilla de velas blandidas.

—Mademoiselle Eléonore —hipó Frida—. ¡Dios mío! ¿Cómo vamos a encontrarla? Aterradora pregunta, a la cual responderé yo inmediatamente: No la encontramos jamás.

La habitación de Frida estaba vacía. El candelabro estaba colocado en el suelo y las velas continuaban ardiendo. Registramos la casa, los armarios, los tejados. Jamás volvimos a ver a Eléonore. Se comprende rápidamente por qué no hemos podido contar con la ayuda de la policía. Encontramos despachos invadidos por una muchedumbre enloquecida, muebles caídos, cristales rotos y funcionarios sacudidos como peleles. Porque aquella misma noche desaparecieron ochenta personas: unas al volver a su domicilio; otras, en sus propias casas. Con el mismo golpe, el mundo de las hipótesis corrientes se cierra, quedándonos solamente el de las aprehensiones sobrenaturales.

Han pasado algunos días de aquel drama. Vivimos una existencia triste, llena de lágrimas y terror. El consejero Hühnebein ha mandado colocar una espesa pared de madera de pino que cierra el piso de las buhardillas.

Ayer yo buscaba a Méta. Empezábamos a lamentarnos temiendo una nueva desgracia, cuando la encontramos acurrucada delante de la pared de madera, con los ojos secos y una expresión de ira en su rostro, de ordinario tan dulce. Tenía en la mano la tizona de papá Rückhardt y parecía disgustada por haber sido importunada. Hemos intentado preguntarle sobre la cara que había entrevisto, pero nos ha mirado como si no nos comprendiese. Por lo demás, permanece sumida en un mutismo absoluto, y no sólo no responde ya, sino que parece ignorar nuestra presencia a su alrededor.

Miles de historias corren por la ciudad. Se habla de una liga secreta y criminal; se acusa a la Policía de negligencia y de algo peor; los funcionarios han sido obligados a dimitir. Como es lógico, eso no ha servido para nada. Se han cometido crímenes extraños. Cadáveres destrozados con furia se descubren al despuntar la aurora. Las fieras no podrían demostrar un encarnizamiento mayor que el manifestado por los misteriosos asesinos. Si algunas de las víctimas son despojadas de sus objetos de valor, la mayoría de ellas no lo son, y eso extraña a todo el mundo. Pero yo no quiero ocuparme de lo que pasa en la ciudad. Se encontrará mucha gente que lo cuente de viva voz. Quiero ceñirme al cuadro de nuestra casa y de nuestra vida, que, para ser tan reducido, no está rodeado de mucho menos terror y desesperación.

Los días pasan. Abril ha llegado, más frío, más ventoso que el peor mes invernal. Permanecemos agazapadas cerca del fuego. A veces, el consejero Hühnebein sube a hacernos compañía y a darnos lo que él llama valor. Consiste eso para él en temblar por todos sus miembros, con las manos extendidas hacia la lumbre; en beberse enormes jarros de ponche; en sobresaltarse a cada ruido y en exclamar, cinco o seis veces a la hora:

—¿Han oído ustedes? ¿Han escuchado ustedes?

Frida ha destrozado su Biblia, y en cada puerta, en cada cortina, en el rincón más absurdo, hemos encontrado páginas de ella pegadas o sujetas con alfileres. Ella espera, de tal forma, conjurar los espíritus del mal. La dejamos hacer, y como han pasado algunos días en paz, no dejamos de encontrar buena la idea. De esa forma, toda imagen santa está expuesta ahora a la luz del sol… ¡Ay! Nuestro desencanto debía de ser terrible. La jornada había sido tan sombría, las nubes tan bajas, que la noche cayó muy temprano. Yo salía del salón para poner una lámpara en el enorme descansillo, porque desde la noche terrorífica cubrimos la casa entera de luminarias y los vestíbulos y las escaleras permanecen alumbrados hasta la aurora, cuando oí un murmullo en el piso alto. Aún no era completamente de noche. Subí valerosamente y me encontré ante las caras espantadas de Frida y de Frau Pilz, que me hicieron señas de que me callase, señalándome la pared recientemente construida. Me puse al lado de ellas, adoptando su silencio y su atención. Entonces oí un ruido indefinible al otro lado de la pared de madera, como si caracolas gigantes hiciesen alternar sus tumultos de muchedumbres lejanas.

—Mademoiselle Eléonore —gimió Frida.

La respuesta llegó en seguida, arrojándonos, aullando, escaleras abajo. Un prolongado grito de terror se dejó oír, pero que no llegaba del otro lado de la pared de madera, sino de abajo, de las habitaciones del consejero. Al mismo tiempo le oímos pedir socorro con todas sus fuerzas. Lotte y Méta corrían ya por el descansillo.

—Tenemos que acudir —dije, valerosa.

No habíamos dado tres pasos cuando se oyó un nuevo grito de angustia, esta vez por encima de nuestras cabezas.

—¡Socorro! ¡Socorro!

Estábamos rodeadas de llamadas de pavor: abajo, las de Herr Hühnebein; en el piso y de arriba, las de Frau Pilz, ya que habíamos reconocido su voz.

—¡Socorro! —oímos gritar más débilmente.

Méta había cogido la bujía que yo había colocado en el descansillo. A medio camino de la escalera encontramos a Frida sola. Frau Pilz había desaparecido.

Al llegar a este punto de mi relato debo expresar mi admiración por el tranquilo valor de Méta Rückhardt.

—Ya no podemos hacer nada aquí —dijo, rompiendo un silencio obstinado de varios días—. Vamos abajo.

Llevaba en la mano la tizona paterna y no hacía grotesco. Se notaba que ella se serviría de la espada como un hombre. La seguimos subyugadas por su fuerza y valentía. El gabinete de trabajo del consejero estaba iluminado como para una kermesse de feria. El pobre hombre no había dejado a la oscuridad ningún lugar donde introducirse. Dos enormes lámparas de globos de porcelana blanca flanqueaban la chimenea como dos lunas. Una pequeña araña, estilo Luis XV, colgaba del techo, arrojando los reflejos de sus prismas como si fueran puñados de piedras preciosas. En cada rincón, en el suelo, un candelabro de cobre o de gres portaba una vela encendida. Sobre la mesa, una hilera de velas largas parecía velar un catafalco invisible. Nos paramos deslumbradas, pero fue en vano que buscásemos al consejero.

—¡Oh! —exclamó de pronto Frida en voz baja—. Miren. Está allí. Escondido detrás de la cortina de la ventana.

Con ademán brusco, Lotte descorrió la pesada cortina. Herr Hühnebein estaba allí, inmóvil, inclinado fuera de la ventana abierta. Lotte se acercó. Inmediatamente retrocedió lanzando una exclamación de espanto:

—No miren, no miren… ¡Por amor de Dios, no miren! ¡Él… no tiene… ya… cabeza!

Vi a Frida vacilar, a punto de desvanecerse y caerse, cuando la voz de Méta nos volvió a todas a la razón.

—¡Atención! ¡Aquí hay peligro!

Nos apretamos junto a ella, sintiéndonos protegidas por su presencia de ánimo. De pronto, algo guiñó en el techo y vimos, llenas de terror, que la sombra había invadido los dos rincones opuestos de la habitación, donde las luces acababan de apagarse súbitamente.

—¡Rápido! —exclamó Meta—. ¡Proteged las luces!.. ¡Oh!.. Allí… allí está…

Al mismo tiempo, las lunas de la chimenea estallaron, escupieron un chorro de llama humosa y se desvanecieron. Méta permanecía inmóvil, pero su mirada recorría la habitación con rabia. Soplaron a las velas de la mesa. Sólo la araña continuaba despidiendo una luz tranquila. Vi que Méta no le quitaba ojos. Y, de repente, su tizona cortó el aire y, en un movimiento impetuoso de furor, lanzó una estocada al vacío.

—¡Proteged la luz! —gritó—. Le veo, te tengo ya… ¡Ah!

Entonces vimos cómo la tizona hacía unos movimientos extraños en la mano de Méta, como si una fuerza invisible tratara de arrancársela. La inspiración feliz y extraña que nos salvó aquella noche procedió de Frida. De pronto, lanzó un grito y, agarrando uno de los pesados candelabros de bronce, saltó al lado de Méta y se puso a golpear el vacío con su reluciente mazo. La tizona quedó inerte, algo muy ligero pareció arrastrarse por el suelo; luego, la puerta se abrió sola y un clamor desgarrador se elevó.

—Uno —dijo Méta.

Se me podría preguntar: ¿Por qué se obstinaban ustedes en habitar una casa embrujada? Más de cien casas se hallan en el mismo caso. Ya no se cuentan los crímenes ni las desapariciones. Apenas si se comentan. La ciudad está entristecida. Las personas se suicidan por docenas, prefiriendo esta muerte a la que dan los verdugos fantasmas. Y, además, Méta quiere vengarse. Es ella, ahora, quien acecha a los invisibles. Ha vuelto a caer en su obstinado mutismo; solamente nos ha ordenado que, una vez caída la noche, cerremos puertas y contraventanas. En cuanto oscurece, las cuatro ocupamos el salón, convertido en dormitorio y en comedor. De allí no salimos hasta por la mañana. He preguntado a Frida sobre su curiosa intervención armada; pero sólo me ha dado una respuesta confusa.

—No sé —dijo—. De repente me pareció haber visto una cosa, una cara. Se detuvo apurada.

—No encuentro palabras para expresar lo que es —continuó—. Pero sí: es el gran miedo que, durante la primera noche, estaba metido en mi habitación.

Es todo cuanto obtuve de ella. Pero nuestros corazones debían conocer hasta el fin todos los sufrimientos. A mediados de abril, una noche en que Lotte y Frida tardaban en volver de la cocina, Méta abrió la puerta del salón y les gritó que se dieran prisa. Vi que las sombras habían invadido ya el descansillo y el vestíbulo.

—¡Ya vamos! —respondieron ambas—. ¡Ya vamos, sí!

Meta entró y cerró la puerta. Se hallaba atrozmente pálida. De abajo no llegaba ningún ruido. Esperé en vano el de los pasos de las dos mujeres. El silencio pesaba como agua amenazadora contra la puerta. Méta la cerró con llave.

—¿Qué haces? —le pregunté—. ¿Y Lotte y Frida?

—Es inútil esperarlas —respondió con voz sorda.

Sus ojos fijaron la mirada sobre la espada, inmóviles y terribles. La noche llegó, siniestra. Fue así como Lotte y Frida desaparecieron a su vez en el misterio.

¡Dios mío! ¿Qué es esto? Existe una presencia en la casa, pero una presencia sufriente y herida, que trata de que le presten ayuda. ¿Duda Méta de ella? Está más taciturna que nunca, pero atranca puertas y ventanas de una forma que más bien me produce la impresión de que quiere evitar una fuga que una intrusión. Mi vida se ha convertido en una soledad espantosa. La propia Méta tiene la apariencia de un espectro irónico. Durante el día, me encuentro a veces con ella en corredores inesperados. Siempre lleva la espada en la mano derecha; en la otra, una potente linterna eléctrica cuyo rayo de luz introduce en todos los rincones oscuros. Una vez, después de uno de estos encuentros, me dijo con bastante mal humor que sería mejor que me fuese al salón, y como yo obedeciese a pasos lentos, me gritó con voz furiosa, a mi espalda, que no me metiese jamás en sus proyectos… ¿Conocería Méta mi secreto?

Ya no era el rostro plácido que se inclinaba, apenas hacía unos días, sobre el bordado de sedas brillantes, sino un rostro salvaje donde ardía una doble llama de odio que a veces lanzaba sobre mí. Porque yo poseía un secreto. ¿Fue la curiosidad, la perversidad o la piedad lo que me hizo actuar? ¡Oh! Ruego a Dios con todo mi corazón que sea un sentimiento de caridad el que me haya animado; bondad, lástima, y nada más.

Acababa de echar agua limpia en el lavadero cuando una queja ensordecida llegó a mis oídos.

—¡Ay! ¡Ay!

No pensé más que en nuestras desaparecidas y miré a mi alrededor. Había allí una puerta bastante bien disimulada que conducía a un reducto en donde el infortunado Hühnebein amontonaba cuadros y libros, entre el polvo y las telarañas.

—¡Ay, ay!

Ese lamento procedía del interior. Entreabrí la puerta y sondeé con la mirada la penumbra grisácea del lugar. Todo allí era normal y tranquilo. El lamento había cesado. Di algunos pasos… y, de repente, me sentí agarrada por el vestido. Di un grito. Inmediatamente, el lamento se produjo más cerca de mí, doloroso, suplicante:

—¡Ay, ay!..

Y en el cántaro que yo llevaba propinaron algunos golpecitos. Lo dejé en el suelo. Oí un ligero chapoteo, como si un perro bebiese tranquilamente, y, en efecto, el líquido del cántaro disminuía. ¡La Cosa, el Ser, bebía!

—¡Ay, ay!..

En mi cabello sentí una caricia; un roce más suave que un hálito.

—¡Ay, ay!..

Entonces el lamento se convirtió en llanto humano, en sollozos de niño, y sentí piedad por el monstruo invisible que sufría. Pero sonaron pasos en el vestíbulo. Me puse las manos en los labios y el Ser se calló. »Sin ruido, cerré la puerta del reducto secreto. Méta avanzaba por el pasillo.

—¿Has gritado? —preguntó.

—Se me escurrió el pie…

Me había convertido en cómplice de un fantasma.

Llevé leche, vino y manzanas. Nada se produjo. Cuando regresé, se habían bebido la leche hasta la última gota; pero el vino y la fruta continuaban intactos. Luego, una especie de brisa me rodeó y pasó largamente sobre mis cabellos… Volví una y otra vez, llevando siempre leche fresca. La dulce voz no lloraba ya; pero el roce de la brisa era más intenso, más ardiente hubiérase dicho.

Méta me mira, al parecer, sospechosa; ronda alrededor del reducto de los libro. He elegido un refugio más seguro para mi enigmático protegido. Se lo he explicado por signos. ¡Qué raro parece eso de hacer gestos en el vacío! Pero me comprendió. Me seguía como un soplo a lo largo de los pasillos cuando, bruscamente, tuve que esconderme en una rinconera. Una débil luz de fotóforo yacía sobre las losas. Vi a Méta bajando una escalera de caracol situada al fondo de un pasillo. Andaba a pasos de lobo, ocultando a medias la luz de su proyector. La espada relucía. Entonces sentí que el Ser, que estaba a mi lado, tenía miedo. La brisa se movió alrededor de mí, febril, nerviosa, y escuché de nuevo la queja:

—¡Ay, ay!..

Los pasos de Méta se perdieron en resonancias lejanas. Hice un gesto tranquilizador y gané el nuevo refugio: una especie de gabinete que creo casi desconocido y, sobre todo, jamás visitado. El soplo se posó durante un minuto en mi boca y sentí una extraña vergüenza. Llegó el mes de mayo. Los seis metros cuadrados de jardincillo, que el pobre y querido Hühnebein empapó con su sangre, están cuajados de florecillas blancas. Bajo el magnífico cielo azul, la ciudad apenas bulle. Sólo un paciente rumor de puertas que se cierran, de cerrojos que se corren y de llaves que se echan, responden a los chillidos de las golondrinas.

El Ser se ha vuelto imprudente. Trata de verme; de repente lo noto a mi alrededor. No puedo describir eso: es una sensación de enorme ternura la que me rodea. Intento hacerle comprender que temo a Méta, y lo siento desaparecer como una brisa que cesa. Soporto mal la mirada inflamada de Méta.

Día 4 de mayo. Fue el fin brutal.

Nos hallábamos en el salón con las lámparas encendidas. Yo cerraba las contraventanas. De repente, noté su presencia. Hice un gesto desesperado y, al volverme, me encontré con la mirada de Méta terriblemente reflejada en el espejo.

—¡Traidora! —gritó.

Y cerró la puerta con rapidez. Él estaba prisionero con nosotras.

—Lo sabía —silbó Méta—. Te vi salir con cuencos llenos de leche, hija del diablo. Tú le has dado fuerza mientras se moría de la herida que yo le inferí la noche de la muerte de Hühnebein. ¡Porque tu fantasma es vulnerable! Va a morir ahora mismo, y creo que, para él, morir es tan atroz como para nosotras. ¡Después te llegará a ti el turno, desastrada! ¿Me oyes?

Había gritado eso en frases entrecortadas. Inesperadamente, desenvolvió su fotóforo. El rayo de luz blanca atravesó la habitación y vi evolucionar dentro de él un ligero humo gris. La espada golpeó este humo con toda su fuerza.

—¡Ay, ay! —exclamó la voz desgarradora.

Y, de pronto, sin habilidad, pero con acento de ternura, se oyó pronunciar mi nombre. Avancé y, de un puñetazo, arrojé la linterna al suelo. El rayo de luz desapareció.

—¡Méta! —supliqué— Escúchame... Ten piedad.

La cara de Méta se convulsionó en una máscara de furor demoníaco.

—¡Traidora! —rugió.

La espada dibujó una letra fulgurante ante mis ojos. Recibí una estocada encima del seno izquierdo y caí de rodillas. Alguien lloró a mi lado, suplicando extrañamente a Méta. De nuevo se alzó la hoja. Traté de encontrar las palabras de contrición suprema que nos reconcilian para siempre con Dios; pero vi congelarse súbitamente la cara de Méta y de sus manos caer la espada. Algo susurró cerca de nosotros, y vi una débil llama desenrollarse como una cinta y prender vorazmente en las tapicerías.

—¡Ardemos! —gritó Meta—. Todos juntos... ¡Malditos!

Entonces, en ese segundo donde todo iba a sumergirse en la muerte, se abrió la puerta y entró una anciana, descomunal, inmensa, de la que sólo veía los terribles ojos verdes brillando en una cara inaudita. Una mordedura de fuego atravesó mi mano izquierda. Mientras mis fuerzas me lo permitieron, retrocedí. Vi aún a Méta en pie, inmóvil, con una extraña mueca en la cara, y comprendí que su alma también había volado.

Luego, los ojos sin pupilas de la monstruosa anciana registraron, lentamente, la habitación, que invadía el fuego, y su mirada se posó en mí.

Termino de escribir este relato en una casita desconocida. ¿Dónde estoy? Sola. Sin embargo, todo esto está lleno de ruidos; una presencia invisible, aunque desenfrenada, está en todas partes. Él ha vuelto. He oído pronunciar de nuevo mi nombre de esta forma inhábil y dulce...

(Así termina, como cortado a cuchillo, el manuscrito alemán)